EL MISMO LOCO AFAN por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
El marxismo, el comunismo, y el socialismo siglo XXI fingen demencia de quienes fueron los pragmáticos que aplicaron hasta sus últimas consecuencias la “dictadura del proletariado”.
Pero ello explica con impudicia por qué resulta imposible conciliar pensamiento humano con quienes degeneraron tal condición.
“Desde el punto de vista del humanismo y de la libertad, la historia no ha conocido un déspota tan brutal y cínico como él. Metódico, como los criminales que lo subordinan todo a la realización de una pasión delictuosa, era uno de esos dogmáticos extraños y terribles, que son capaces de destruir al noventa y nueve por ciento de los seres humanos para dar la ‘felicidad’ al uno por ciento restante”.
Así describió a Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, mejor conocido como Stalin, un idealista que lo admiraba.
Se reunió cuatro veces cara a cara con el monstruo y terminó repudiándolo, incluso en letra impresa, lo que le valió más años de cárcel, no en la Unión Soviética, sino en otra dictadura roja, la del croata Josip Broz Tito.
El autor de la cita anterior es el escritor y revolucionario Milovan Djilas, uno de los cuatro dirigentes más poderosos de la Yugoslavia comunista que emergió de la Segunda Guerra Mundial, pero una década más tarde cayó en desgracia por haber denunciado los vicios del sistema, en particular la llamada “nomenklatura”, condenada con toda razón y justicia en un libro que dio vuelta al mundo a partir de 1957: “La nueva clase”.
Dardo Gasparré ha demostrado que las filosas denuncias de Djilas respecto a la nueva casta gobernante que se había enseñoreado detrás de la Cortina de Hierro podrían aplicarse perfectamente a la Argentina de nuestro tiempo; y por consecuencia, a todo aquel recóndito lugar de la tierra en el que asentara sus posaderas un tirano y su corte de serviles.
“La nueva clase” ofendió a los bolcheviques que se vengaron extendiendo los años de cárcel de Djilas.
En 1961, el régimen de Tito liberó al pensador montenegrino (al fin y al cabo era uno de los suyos), quien aprovechó la ocasión para escribir Conversaciones con Stalin con el propósito de ilustrar a los investigadores, “y en especial a los que luchan por una existencia humana más libre”.
El libro ofrece información de primera mano sobre el monstruo, con quien el vicario de Tito compartió no sólo discusiones políticas y estratégicas en el Kremlin, sino también esas cenas grotescas de más de seis horas con que se relajaban Stalin, el glotón, y su camarilla, árbitros de la vida o la muerte de millones de personas:
“En estas cenas se decidía la suerte del gran imperio ruso, la de los nuevos territorios adquiridos, y hasta cierto punto, la de la raza humana. Lo más seguro es que aquellas cenas no les inspirarán a aquellos ‘ingenieros del espíritu’ grandes empresas, pero allí, probablemente, se enterraron muchas”.
Los retratos de los serviles colaboradores del tirano son interesantísimos: Dimitrov, Molotov, Beria, Zhdánov, Malenkov, Jruschev.
El libro parece una novela de aprendizaje. Djilas va de la fe del carbonero al escepticismo. “En aquella época creía aun que era posible ser comunista sin dejar de ser hombre libre”.
La descripción desde la internalidad de este conjunto diabólico que se cargó con la impunidad del poder millones de seres humanos debiera haber dejado un aprendizaje marcado a sangre y fuego en los que siguen apostando a estos sistemas para saciar sus ansias de mandar tiránicamente.
No ha sido así.
Seguimos soportando la intransigencia de quienes se sienten dueños de la verdad absoluta y quieren imponerla a cualquier costo.