LA MAQUINA DE IMPEDIR - Parte 3 por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano

La revista TIME, tituló. “Cómo Javier Milei está impactando al mundo”.

El mayor aporte que Milei está haciendo a la libertad individual, es retomar el análisis de la descomposición del sistema democrático hacia formas espurias de abuso autoritario.

Una máquina de impedir la primacía de la libertad individual.

Uno de los rasgos que distingue a la Democracia de todos los demás regímenes políticos, es que la primera es un régimen público (Polis) mientras que los demás, en un grado mayor o menor, son todos sistemas de poder privado.

La división de poderes no garantiza automáticamente democracias, ya que pueden estar al servicio de clientelas familiares, económicas, corporativas de afinidad de intereses, etc.

Transformar el aparato del Estado en lo contrario de lo que Constitucionalmente debiera ser.

De hecho, cuando la corrupción ocurre en alto grado (violencia «legal», corrupción institucional, impunidad), dichos regímenes pasan «naturalmente» de un pluripartidismo formal a una dictadura con parlamento.

El autoritarismo nace dentro del propio sistema, como un proceso de avasallamiento paulatino de la Democracia, constituyéndola de hecho en su opuesto.

Una degeneración que se advierte en el sistema de partidos que representan una guerra de poder por cargos y sueldos públicos. Acumular recursos públicos para competir nuevamente por tener poder.

Transadas estas instancias, desnaturalizan la función de la mayoría y minoría conformando una corporación política de autoservicio.

Si bien externamente esta degeneración no ha alcanzado todavía el estadio de dictadura plena, ha dado el salto hacia un régimen de poder privado.

Ya no defiende el interés general.

Definir y distinguir lo privado de lo público es complejo, pero, una organización es tanto más pública cuanto más dirigida está a servir a quienes representa, y está sujeta a los autocontroles morales y éticos supra jurídicos.

Los Partidos políticos dejan de debatir ideas, prospectiva, gestión, para convertirse en una maquinaria electoral.

Sus líderes, se alejan del control partidario, multiplican sectores autocráticos sujetos a su interés personal.

Estamos asistiendo a un proceso de feudalización que, en nuestras sociedades es perfectamente compatible con cualquier tipo de totalitarismo.

Nuestro dilema actual es régimen parlamentario como matriz de una dictadura, más o menos encubierta, en la que un sector va corrompiendo a los demás, procurando el poder total de decidir sobre la libertad de los individuos.

La oclocracia o gobierno de la muchedumbre (del griego ‘poder de la turba’) es una de las formas de degeneración de la democracia. ​

A veces se confunde con la tiranía de la mayoría, que puede conformarse transando corrupción con grupúsculos menores.

El término, acuñado por Polibio en el 200 a. C. se basó en las tres formas de gobierno aristotélicas y sus correspondientes formas impuras; sustituyendo la demagogia, como forma degenerada de la democracia, por este nuevo concepto de oclocracia.

Mientras que democracia es el 'gobierno del pueblo', el poder estatal legitimado por la voluntad general, la oclocracia es el “gobierno de la muchedumbremasa o gentío”.

Un agente de producción política que, a la hora de abordar asuntos políticos, presenta una voluntad viciada, propensa a la evicción, confundida, irracional, violenta, manipulable, que desvirtúa hacia cualquier lado sus decisiones.

Carece de capacidad de autogobierno porque no conserva los requisitos para ser considerada como “voluntad del pueblo”.

Polibio llamó «oclocracia» al fruto de la acción demagógica: «Cuando la democracia, a su vez, se mancha de ilegalidad y violencias, con el pasar del tiempo se constituye la oclocracia».

Polibio describe que en oclocracia no queda más que a esperar al hombre providencial que los reconduzca.

En la anaciclosis —teoría cíclica de la sucesión de los sistemas políticos, a la que alude Maquiavelo—, la oclocracia se presenta como el peor de todos los sistemas políticos; el último estado de la degeneración del poder.

Aristóteles, distinguía distintas formas de democracia; las que prescindían del estado de derecho derivaban en oclocracia.

El origen de esta degeneración es una desnaturalización de la voluntad, que deja de ser general tan pronto comienza a presentar vicios en sí misma, encarnando los intereses de algunos.

Una «voluntad de la mayoría» ajena a la sociedad en general.

En 1837, Abraham Lincoln escribió sobre el creciente desprecio por la ley que invade el país; la creciente disposición a sustituir las pasiones salvajes y furiosas en lugar del sobrio juicio de los tribunales, y las turbas peores que salvajes por los ministros ejecutivos de la justicia.  ​

Peter Mair en su libro “Gobernar en el vacío” sostiene que en las democracias occidentales la participación electoral está en caída libre; igual que la afiliación voluntaria a los partidos.

Síntoma de una inevitable erosión de todo el tejido de solidaridad grupal; una crisis de los cuerpos intermedios.

Estamos avanzando hacia unas élites políticas cada vez más “profesionalizadas”, las cuales quedan siempre al albur de un votante cada vez más caprichoso, desinformado, y alejado del sistema.

Un sistema en el que el poder está en otra parte. Esa masa privada de poder de autogobierno, garantiza, apenas, al ciudadano su capacidad mínima de consumir.

Esta obsesión fatal se expresó por uno de los padres del republicanismo liberal, Alexis de Tocqueville en “La democracia en América”.

“Hay una inevitable tendencia hacia un mundo en el que la pasión por la igualdad estará para siempre en el centro de todas las cosas.

Esa pasión nos arrastra inevitablemente a un tiránico egoísmo individualista; o la democracia podrá tener redención que nos haga ser a todos ciudadanos libres.

Definir la igualdad de condiciones como base de la estructura de deseos del ser humano democrático, mistifica, porque esa igualdad no es un estado real de las cosas, es una percepción.

Lo nuevo no es tanto la movilidad social, como que las personas que viven en condiciones desigualitarias se sientan iguales.

Ello genera la tensión inquieta derivada de las expectativas sociales creadas por la democracia y la posibilidad real de cumplirlas”.

Dice de Tocqueville: “…en América hay muchas personas ambiciosas y ninguna gran ambición”.

Se cuestiona que en los pueblos democráticos el amor por la igualdad es más ardiente que el gusto por la libertad.

Tal inclinación se debe a que, mientras que la igualdad aparece como un don gratuito, la libertad es un bien por el que es preciso luchar.

Asimismo, los encantos de la libertad se descubren a largo plazo, mientras que la igualdad ofrece bienes que pueden disfrutarse rápidamente.

He ahí la conocida «enfermedad infantil de la democracia». Lo cómodo es enemigo de lo libre.

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