LA INEXORABLE CORRUPCIÓN IDEOLÓGICA por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
Se conoce como dictum de Acton a una célebre frase acuñada por el historiador católico británico John Emerich Edward Dalkberg Acton, más conocido como Lord Acton, en 1887.
En su redacción original decía: “Power tends to corrupt, and absolute power corrupts absolutely”.
En realidad, el hombre que tiene poder tiende naturalmente a ser corrupto, en virtud de que dispone de bienes ajenos y puede utilizarlos para su propio beneficio.
En el poder expone la faceta de maldad encubierta en sensibilidad social, que aprovecha en su propio beneficio, o en el de sus compañeros ideológicos.
Las ideologías, a diferencia del pensamiento libre, imponen, necesariamente pensar sometido a estructura de ideas predeterminadas.
Por lo cual, salirse del libreto, criticarla, actuar con pensamiento propio, implica directamente cambiarla, inviabilizarla, destruir su estructura preformateada de conceptos irreductibles.
Mientras una persona liberal puede realizar críticas sin tapujos, tener como premisas valores éticos construidos por milenios de cotejarlos como valiosos, una persona ideologizada no dispone de tal libertad.
No puede criticar lo que aceptó a rajatabla.
La persona con poder es la única que está eximida de cumplir, o no, los preceptos armados previamente.
Por eso podemos escuchar conceptos tales como: “Si es de izquierda no es corrupto”, dicho por un condenado por corrupción.
En el entendido de que quien lo expresa, se siente partícipe de una especie de personas exentas de cumplir las normas tal como los que piensan diferente a ellos a los que se les exige sin miramiento.
Él y sus amanuenses tendrán que defender su actuación como pulcra siempre; independientemente de las ilicitudes penalmente relevantes que denuncie para otros.
La ideología no admite imputaciones siempre que se esté dentro del elenco de quienes la comparten.
Los otros son enemigos, no comparten el pensamiento, son pasibles de incurrir en actos corruptos y de ser castigados porque aceptaron las reglas de juego de la sociedad en la que viven, a diferencia de los ideologizados.
Imputar de corrupción a las ideologizadas es derrumbar el arquetipo que conforma la ideología militante, es atentar directamente contra la revolución.
Salvaguardarla exige pasar por encima de lo legal que existe para otros, de la moral, la ética, y la honorabilidad, si se ponen en peligro acciones amparadas por el manual ideológico, o que van en sentido a destruir lo opuesto.
Los “compañeros” nunca serán ladrones, nunca cometerán actos de corrupción, nunca estarán fuera de la ley.
Si atentan contra el establishment, están actuando consecuentes con su convicción, lo otro, las personas perjudicadas, es daño colateral para cumplir el fin perseguido.
“Podremos meter la pata, pero nunca la mano en la lata”, otra de las frases premonitorias de hechos con relevancia penal que se encajonaron por quienes debieron juzgarlos.
Eso conduce necesariamente a pensar que hubo acuerdos ideológicos que salvaron a los denunciados con pruebas, sin recibir igualitariamente la sanción penal.
A nivel internacional todos los días encontramos denuncias contra personalidades con poder, familiares, socios, afinidades.
El poder corrompe también a las autoridades judiciales y fiscales ideologizadas, sea para retardar una definición, o para exonerar formalizar, sin pasar por instancias a las que se somete a cualquier otro.
La ideología sirve a causas horrorosas, holocaustos, hambrunas, ejecuciones masivas, y pese a ello, consigue superar condenas históricas; reivindicarse operando una suerte de expiación automática.
Cargan con la culpa los decapitados titulares, pero, renuevan sus cuadros, vuelven a la vida exactamente con la misma estructura ideológica.
Los ejemplos siguen siendo innumerables.
Básicamente tienen en común personas que, perteneciendo originariamente a un colectivo marginal, surgen como exponentes ideológicos de “sensibilidad” para con ellos.
Consiguen escalar así, hasta posiciones que jamás hubieran conseguido por méritos propios.
La libreta de cuentas pendientes con el fisco, con el Estado, con la ley, que se supone igualitaria, se rompió cuando se considera “compañeros”.
Están exonerados de tributar, de rendir cuentas, de seguir las reglas, de responsabilidad por incumplimiento o daño, de evitar utilizar al poder para su beneficio.
La trampa ideológica también ha servido a miríadas de inescrupulosos para actuar amparados por esa impunidad ficta por sus actos indebidos.
La ideología debe ser flexible con aquellos que sirven bien a sus fines.
Castiga únicamente desvíos ideológicos.
Cobijar a sus militantes genera poder, ampararlos, encubrirlos, los hace impunes.
Eso ha determinado que una cantidad de delincuentes, o simplemente acomodados, cambien de posición ideológica para beneficiarse de estas estructuras amorales.
“El fin justifica los medios”, y a quienes los emplean en cumplimiento de intereses ideológicos.
Lo que la libertad de pensamiento, la responsabilidad de cuidar lo ajeno, el sentido común y la razón, imputan como actos de corrupción o indebido aprovechamiento del poder, quedan radicalmente inhibidos al actuar “compañeros” ideológicos.
La ideología suspende las obligaciones del “compañero” con toda la sociedad.
Ni siquiera permite sujetarlo a la virtud de la ética, la moral, la legalidad y la meritocracia.
Es una supina ingenuidad creer que el superior hará cumplir las reglas fuera de lo ideológico.
Ante el público el relato y las excusas justificarán incumplimientos, desvíos, abuso de poder, actos de corrupción.
La ideología corrompe esféricamente; por todos lados.
Impone condiciones similares de corrupción encubierta a todo el sistema político para evitar abusos de confrontación con lo ideológico, que juega sin reglas, y lo que fue adversarios políticos.
Lo ideológico en el poder bloquea la razón y la crítica.
No puede juzgarse al líder o sus paniaguados, conforman una especie de religión laica.
El dogma no se confronta y tampoco la actuación de los sacerdotes.
La ideología genera un daño adicional a la sociedad, toda gira en torno a su objetivo cualquiera sea.
En la izquierda o la derecha la finalidad está por encima de la realidad, confunde lo bueno y lo malo, obliga a competir salvajemente por espacios de poder, obnubila la comunión en una sociedad integrada por iguales.
Veremos ejemplos prácticos de la ideología en el poder, la corrupción impune, enancada originariamente en sentimientos nobles, distorsionados adrede con intencionalidad ideológica.