LA CULTURA DE LA POBREZA - Parte IV por el Dr. Jorge Nelson Mosco Castellano
El desbordante abuso del poder intrusivo del Estado en la vida y obra de los individuos lo hace incumplir sus funciones básicas.
Friedrich Hölderlin lo define así: “Lo que siempre ha convertido al Estado en un infierno en la tierra es justamente el intento del hombre de transformarlo en su paraíso”.
Por otra parte, el falso “estado de bienestar” ha destruido la solidaridad, y ha construido la convicción de que los sectores más pauperizados son responsabilidad exclusiva de la política.
Wilhelm von Humboldt al respecto señala: “En la medida en que cada individuo descansa en el asistencialismo del Estado, abandona su responsabilidad sobre la suerte y el bienestar de sus semejantes”.
Los socialistas, con la momificada excusa de erradicar la pobreza avanzan sobre los derechos ajenos.
Autoritarismo que viene de lejos destruyendo la humanidad, con la hipocresía de un mundo sin pobreza.
Señaló Lancing Pollock: “Aquellos que buscan en el gobierno la solución a la pobreza, se enfrentan con el problema básico de proponer un sistema que simultáneamente no afecte conductas que producen pobreza.
Lamentablemente esta política es como la cuadratura del círculo”.
El sistema político estatista ha inflado al Poder Ejecutivo inventando espacios para su autosatisfacción.
Abusan del sistema, provocando la desaparición de las instituciones privadas que asistieron siempre a los sectores económicamente más débiles.
Van desapareciendo mutualistas, colectividades y voluntariado solidario.
Además, la succión de recursos para estas aventuras políticas, detraídos a la inversión productiva, convierten al Estado en una fábrica de pobres.
El desborde destruye recursos para las herramientas de ascenso social: educación y trabajo.
La misma fábrica, perfeccionada, multiplica marginales.
A partir de esa constatación, parte del sistema político, asumió, que estar rodeados de marginales puede ser un gran negocio económico y electoral.
En este sentido, Milton Friedman denunció: “Los programas estatales de asistencia a los pobres son un fracaso, a los que se agrega el fraude y la corrupción”.
Las políticas asistencialistas, aún las bien intencionadas, fracasan por abandonar principios éticos de respeto a la propiedad privada y a la solidaridad por vocación.
Es necesario reducir la apropiación abusadora impuesta por el sistema político para permitir que la economía crezca y produzca oportunidades.
Reconocer que el estado de bienestar global no existe.
Que los recursos los producen los privados, y expoliarlos genera pobreza.
Michael Novak lo resume: “Las personas quieren pan. También quieren libertad. No sólo es posible contar con las dos cosas: la segunda resulta esencial para la primera”.
Y Theodore Zeldin lo expresa así: “Existen dos mundos que corren lado a lado. El primero consiste en la lucha por el poder que continúa como siempre. En el otro, no es el poder lo que cuenta sino el respeto”.
Los gobiernos se ocupan de su supervivencia, ocultan sus desfalcos, y en consecuencia, la creciente demanda de asistencialismo.
Este se ha convertido en un “negocio” que el sistema político ha prohijado, distorsionado y finalmente, al que se ha asociado.
Georges Balandier, por su parte, expuso: “Lo imaginario oficial enmascara la realidad y la metamorfosea”.
Asistimos a una grave deformación de la democracia, el republicanismo, y la libertad responsable: la democracia en anarquía, el republicanismo en acomodo, y la libertad responsable en un cheque en blanco.
Mientras el sector privado soporta impuestos, regulaciones, coimas, dilapidaciones, para sostener políticos, burócratas y capitostes prebendarios, declara siempre insuficientes los recursos que le quita.
La multiplicada marginalidad es imposible de acotarse si siempre hacemos mal lo mismo.
Los ciudadanos soportan al gobierno, y además, gastan para defenderse de las consecuencias que el multiplica.
Mientras roba y mata a los más infelices, los que tienen que vivir entre malandras, y callarlos para evitar represalias.
El soberano ya no manda.
Sus representantes incumplen las obligaciones.
Lo castran con impuestos y multiplican la desintegración social.
Lo que era la principal función del Estado, cuidar a sus ciudadanos, se convirtió en anarquía; la anarquía se naturaliza “inevitable” en el imaginario colectivo.
Se traduce en “ausencia de apriorismo”, “inaplicabilidad de normas”, “ausencia de jerarquía”, “ausencia de autoridad”, “ausencia de gobierno”.
Un vacío de obligaciones del Estado que llena la delincuencia.
Las zonas liberadas que se expanden son un negocio delictivo, asociado al político clientelista.
Se potencian marginales fuera de la ley, atentando contra la seguridad pública, destruyendo impunemente servicios públicos, haciendo inservible la educación, cambiando las prioridades: sobrevivir cada día es lo primero, como en la noche de la humanidad.
Esa “zona liberada” constituye un complejo patrón de comportamiento delictivo estatal.
Aunque suele asociarse a inacción o corrupción policial, es un mecanismo informal de gobierno de interés político.
Se trata de espacios sociales en los que las autoridades políticas y estatales comercian la suspensión de la aplicación de la ley, a cambio de recursos materiales o inmateriales.
En estos espacios “liberados” del Estado de derecho, las autoridades construyen una nueva relación de poder al servicio de la resolución de problemas políticos, económicos propios o intereses sectoriales.
Los gerentes de la pobreza, con conexiones “oficiales” políticas y policiales, hacen difuso el límite entre el “Estado” y las “autoridades” de esa “nueva sociedad”, dando forma a un complejo espacio social regido por otras jerarquías, normas, recompensas y beneficios extralegales.
Las regulaciones oficiales solo son aplicadas selectivamente, sujetas a correctivos de “normas” y costumbres informales.
Agentes gubernamentales y estatales extraen recursos de diverso tipo del submundo, y conceden, como contrapartida, la posibilidad de violar la ley, y que se les respete por su condición de marginados.
Actúan en tándem con personajes a los que conocen bien; alguno de los cuales pasan a integrar el cuadro político liderando esa zona.
Son “amigos pobres”, “barras que controlan el espacio”.
Trafican la suspensión de la aplicación de la ley a cambio de beneficios.
La pobreza convertida en marginalidad va ganando espacio de poder político a través de quienes los usan.
El espacio ampliado por anomia y violencia exige negociar, quitando libertad y derechos al resto de la sociedad.
O, directamente les hacen la vida imposible.
Los dueños de los marginales están en el poder.