LA CULTURA DE LA POBREZA - Parte III por el Dr. Jorge Nelson Mosco Castellano

Bajo los estándares de vida actuales la humanidad estuvo siempre en una trampa de la pobreza, y recién hace dos siglos que ha salido de ella.

Por lo tanto, es claro que se puede salir sin intervención externa.

Salir de la pobreza extrema nunca ha sido tan fácil como ahora.

El efecto multiplicador de oportunidades en la sociedad comercial abierta es extremadamente beneficioso.

No se reduce a un debate de “condiciones vs. esfuerzo”, sino a la comprensión de la compleja relación entre el mercado, los incentivos, las instituciones y las consecuencias de las funestas intervenciones políticas.

Bastardos intereses políticos, diarrea legislativa y regulatoria contra los derechos del individuo, conducen a una obesa ampliación del Estado.

Con el pretexto de garantizar el empleo lo destruyen con burocracia pública.

Fijan el salario mínimo para asegurar el ingreso básico del trabajador; aumentan las partidas presupuestales; intervienen desordenadamente en salud, educación, vivienda, asistencialismo, becas, subsidios, etc.

La demagogia lo presenta como algo propositivo; como “inversión” social sobre el contribuyente pudiente.

Esta mentira es tan antigua, que ya Marx declaraba: “el paraíso proletario será fácil de alcanzar, y solo requerirá el sacrificio de una minoría de indeseables”.

Pero la realidad desmintió la hipócrita utopía.

El sistema político multiplica cantidades insólitas de regulaciones absolutamente “imprescindibles”.

Luego, el sistema político se plantea reducirlas para permitir que la gente trabaje.

La burocracia clientelista de la política conforma un sector público ineficaz, ineficiente, que lastra recursos a la inversión y a la creación de empleo genuino.

Impide emprender, comerciar, el Estado se queda sin recursos.

El propio sistema reconoce que necesita inversión y concede “graciosamente” exoneraciones.

Luego en su voracidad fiscal se arrepiente y quiere revertirlas.

El salario mínimo, otra intervención indeseable, genera un coto cerrado de trabajadores “amparados”.

Impidiendo que otros accedan al empleo compitiendo en capacidad y productividad.

Esos aspirantes quedan relegados; pasan al empleo informal sin ninguna “protección”.

El empleador evita ingresar nuevos trabajadores por el costo y el que no trabaja necesita el asistencialismo político.

La sociedad asiste inerme a la paradoja del sistema político: defiende intereses corporativos, y desplaza desempleados, jóvenes y veteranos.

Se alarma por los informales, pero crea más burocracia carísima y corrupta para corregir su criatura.

Los empleados estancados en el salario mínimo es un lastre que los condena a la inmovilidad salarial.

Para algunas empresas un alto costo por lo que no toman empleados; para otras, es el máximo pueden pagar impedidas de crecer.

El alto costo social de cumplir con el sindicato mantiene estancados los salarios y cancela empleo.

La fijación de precios de bienes y servicios monopólicos públicos atenta contra la competencia.

Impide mejorar la prestación del comerciante, bajar el precio al público, invertir, crecer.

La incidencia de los impuestos es absolutamente distorsiva.

A veces, más altos que el costo.

Una forma de recaudación obligatoria sobre el consumidor, distorsiva de toda la actividad económica.

Costos públicos que superan la capacidad de pago de los pobres, que se trasladan a subsidios que pesan sobre el emprendedor, alterando los precios de los productos, también para los pobres.

Todo el asistencialismo es una maquinaria burocrática probada al servicio de la casta política.

Más asistentes sociales, compras públicas de bienes inutilizados, evaluaciones y controles inoperantes, viviendas “regaladas”, cuestan más que lo que llega como asistencia a los necesitados.

El sistema político clientelista contrata a privados seleccionados.

Esas ONGs viven de asistir, si desaparece el asistido no cobran.

Cuanto más gasto público, más pobreza; requecheros de basura, tirados en la calle, o, a comedores y refugios.

El intervencionismo político asume que la desigualdad es un efecto perverso, no una consecuencia de la prosperidad.

La desigualdad es positiva, impulsa espacios económicos que generan trabajo y recursos para la formación.

Las únicas oportunidades para los pobres.

Una frase típica socialista: “el 1% del mundo controla el 87% de la riqueza” y “si las diez personas más ricas del mundo entregaran su riqueza no habría pobreza”.

Cada cinco minutos unas seiscientas personas de todo el mundo salen de la pobreza.

En 1990, el 35% de la población mundial vivía en la pobreza extrema.

Hoy no llegan al 10,7% según el Banco Mundial.

En 1987, en China había 660 millones de pobres.

Tras la apertura económica, esa cifra ha caído hasta solo 25 millones.

En India, la cifra de pobres desde ese año se ha reducido en más de cien millones de personas.

140 millones de personas se incorporan al sector económico medio cada año.

Sin embargo, estamos viviendo la época en la que se ignoran estas magníficas noticias, para centrarse en mensajes intervencionistas, socialistas, estatistas, sobre la riqueza.

635 millones de chinos que han abandonado la pobreza en los últimos treinta años gracias al comercio libre no están de acuerdo.

Están encantados de que China sea el país donde más millonarios se crean cada año y donde más crece el sector económico medio.

Gracias a esa prosperidad se da una “desigualdad creciente” positiva.

Millones de pobres que dejan de serlo, pasan al sector económico medio y unos cuantos, gracias a la libertad de trabajo y comercio, son millonarios.

En vez de fijarnos en los modelos de éxito que han llevado a la caída sin precedentes de la pobreza, los intervencionistas, la izquierda, se preocupan por aumentar el gasto público.

Obvio, si se acaba la pobreza, se acaba su sueldo; incapaces de ganárselo de otra forma.

El capitalismo está encantado con la caída de la pobreza y la mejora del sector medio.

Significa más y mejores consumidores, mejores productos, más sostenibles y mayor desarrollo; más beneficios.

Mayores recursos para que el Estado los gaste adecuadamente.

Los redistribuidores de lo ajeno sufren ante la caída de la pobreza.

Menos recursos de otros pasan por sus manos porosas.

Quieren tanto a los pobres que multiplican su público objetivo.

Confiscar la riqueza no acaba la pobreza.

Todas las recetas socialistas terminaron en holocaustos, hambrunas, exilios.

Su “especialidad”, la idea comunista del expolio al exitoso fue un fracaso épico en la historia.

Sus ejemplos recientes son interminables: Cuba, Argentina, Zimbabue, Venezuela, Nicaragua, etc.

Expropiar a los más productivos, a lo Chávez, además de destruir el empleo de millones de personas, multiplica pobreza y miseria; salvo para los dictadores.

La pobreza disminuye con la cultura del trabajo.

La evidencia empírica irrefutable es que, si penalizas el éxito, nada repartes salvo el fracaso.

Entradas populares de este blog

POR LA RAZÓN O LA FUERZA

CRISIS O DECADENCIA DE UN IMPERIO

UN NEGRO PORVENIR