LA CULTURA DE LA POBREZA - Parte II por el Dr. Jorge Nelson Mosco Castellano

La pobreza es la contracara de la riqueza, del buen pasar, de la calidad de vida promedio de la sociedad.

Juan Bautista Alberdi insistía en preguntarse y responderse: “¿Qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía de Alejandro: que no le haga sombra.”

Los postulados de los Padres Fundadores en Estados Unidos consideraban fundamental el derecho de propiedad, de responsabilidad individual y de desconfianza del poder gubernamental.

James Madison –el padre de la Constitución cuyos principios fundantes se recogen en 1830, escribió en 1792: “El gobierno ha sido instituido para proteger la propiedad de todo tipo [...] Éste es el fin del gobierno, solo un gobierno es justo cuando imparcialmente asegura a todo hombre lo que es suyo

Cuando los aparatos estatales para satisfacer presupuestos, estrambóticos se inmiscuyen en la propiedad, interviniendo en los precios, inexorablemente desdibujan las únicas señales con que cuentan los operadores económicos para asignar los siempre escasos factores productivos.

Ese derroche contrae los salarios y demás ingresos en términos reales; y reproduce pobreza.

La errónea interpretación del “dogma de Montaigne”: “…el beneficio de unos es perjuicio de otros”, trajo como corolario la maniquea distinción entre países ricos y pobres, hombres ricos y pobres, donde los primeros “son culpables” de la lamentable situación de los segundos.

La retórica que sostienen los “redistribuidores” que enancados en el “realismo mágico” presentan lo irreal como algo cotidiano y posible. Y que han causado holocaustos, y aún causan enorme daño a la humanidad.

Se dice que alguien «es» rico o pobre como si tal condición fuera inherente a la persona, lo que se corresponde con una sociedad de castas, donde, la movilidad social está vedada o apenas existe.

Lo apropiado es decir que alguien «está» rico o pobre, pues la sociedad de productores y consumidores de bienes y servicios no garantiza las posiciones patrimoniales de los individuos.

Tampoco es cierto que «el rico es cada vez más rico y el pobre cada vez más pobre».

El rico puede convertirse en pobre y viceversa, todo depende del acierto o desacierto en la conducta económica.

Abundan casos de ricos, que consumen su capital con la misma rapidez con que lo reciben: herederos, agraciados en el juego, artistas, deportistas.

Habitualmente, quienes no han construido la riqueza con esfuerzo desde la base, y se encuentran de golpe con la riqueza que no saben manejar.

Como dice Israel Kirzner: “El beneficio es un fenómeno esencialmente dinámico”. El desequilibrio de ganadores y perdedores es producto de la ignorancia inconsciente en que se encuentran los decisores; nadie puede manejar en un momento dado todas las variables para acertar las decisiones.

La primera revolución industrial y la aparición de la burguesía dieron paso a una incipiente movilidad social y la pobreza dejó de ser el destino inexorable de la mayoría.

El aumento de la capacidad de ahorro dio paso a la inversión. Multiplicó la producción de bienes, el comercio, y mejoraron las oportunidades de empleo y los salarios.

La llegada del capitalismo aplicado ensanchó y profundizó la movilidad social. El hecho de haber nacido pobre dejó de ser una condición definitiva para morir pobre. Por ello no puede generalizarse que la pobreza se hereda.

La pobreza no es genética: de padres pobres nacen hijos “provisionalmente” pobres.

La riqueza también es “provisional”. No se traslada necesariamente al heredero garantizando mantener el valor económico.

Un afortunado descendiente no hereda las cualidades que hicieron ricos a sus antepasados. Lo que hereda es una específica cantidad de capital —dinero, bienes, propiedades— que lo convierte “provisionalmente” en alguien rico. El capital no se mantiene de forma automática, señala Von Mises: “es necesariamente fruto de una acción deliberada”.

El rico heredero, si quiere conservar su fortuna, está obligado a actuar de forma económica cuidadosa, demostrando condiciones para mantenerla.

En cuanto a la igualdad de oportunidades se ha generado otra falacia cuya supuesta intencionalidad provoca toda clase de abusos políticos y corrupción de Estado.

No hay ni puede haber dos personas con las mismas oportunidades y la principal razón es la diversidad natural: genética (sexo, fenotipo, inteligencia), cultural, geográfica, social, familiar, psicológica, etc.

Los individuos tienen diferentes capacidades —vigor intelectual, fuerza de voluntad, capacidad de trabajo— que no pueden igualarse mediante la coacción política.

Sólo es el fruto de todas esas capacidades aplicadas exitosamente. Y aún, la propiedad, puede ser confiscada y repartida como botín de maleantes.

Además, las capacidades y circunstancias que hacen a unos ricos y a otros pobres son cambiantes de acuerdo con circunstancias aleatorias incontrolables.

A partir de esta constatación es un slogan la propuesta política “crear oportunidades”, porque éstas son preexistentes, alternativas, imprevisibles, y dependen de la creatividad humana para detectarlas y aprovecharlas.

Nadie condena al rico sin esfuerzo que gana la lotería porque es el azar el que lo beneficia genéricamente; pero muchos se escandalizan y claman en contra de quien se hace rico, honradamente, con su trabajo, creatividad y esfuerzo emprendedor.

El elenco de lamentos y agravios comparativos de esos envidiosos tildan de “excesiva” la ganancia de quienes la consiguen satisfaciendo necesidades de entretenimiento, con relación a otras actividades laborales que exigen tiempo de estudio y atienden necesidades relevantes y permanentes.

Es sobre todo a la incapacidad para entender cómo se retribuye el trabajo. Von Mises señala: “La democracia del mercado no premia a las gentes en razón a sus ‘verdaderos’ méritos, virtudes personales o excelsitud moral. Es el consumidor el que lo asigna premiando o deprimiendo los ingresos de cada individuo”.

El ingreso monetario no depende de nuestras filias, fobias o de una particular concepción del mérito, sino de la productividad del trabajo. Es decir, de la personal contribución a la satisfacción de las necesidades y deseos de los consumidores.

Para ser rico hay que ofrecer algo por lo que muchos estén dispuestos a pagar.

Seguiremos analizando estereotipos de la percepción estanco de la pobreza y sus alternativas.

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