LA CULTURA DE LA POBREZA - Parte I por el Dr. Jorge Nelson Mosco Castellano

Muchos de nosotros en América somos tributarios de generaciones de inmigrantes obligados por circunstanciales empobrecimientos, que formaron redes de contención privada, las colectividades.

Las mismas dieron apoyo a sus descendientes trasladándoles la cultura de resistirse a la pobreza, el esfuerzo incansable, el ahorro con sacrificio, la formación como herramienta para tener oportunidades.

Las colectividades dieron cobijo a los recién llegados, atendieron necesidades básicas compartiendo solidariamente la escasez, pero, además, y lo más importante, no se resignaron a vivir miserablemente.

Es frecuente sostener que si unos tienen “demasiado” no queda para otros; es un error, la riqueza no es algo estático.

Michel Montaigne, un hombre del Renacimiento, de la ruptura con el espíritu medieval de aplastamiento a las libertades individuales, expuso sus conceptos para subrayar la renovación, el fortalecimiento de los valores, la importancia de la persona frente al poder.

Concluyó en su tiempo que 'en las relaciones sociales no se saca provecho para alguno sin perjuicio para otro'.

Montaigne confiesa: “Mis conceptos y mi juicio avanzan a tientas, bamboleantes, tropezando y vacilando”.

Fue amigo de Étienne de La Boétie, quien escribió: “Discurso de la servidumbre voluntaria” en el que remarca: “Son pues los propios pueblos los que se dejan, o, mejor dicho, se hacen encadenar ya que con sólo dejar de servir romperían sus cadenas.”

La interpretación generalizada de lo que Montaigne explicaba para relaciones de poder violentas, ha dado pie para lo que, probablemente, sea la equivocación mayor de nuestra época: considerar que la pobreza de unos es debida a la riqueza de otros.

A que en toda transacción lo que uno gana es porque otro lo pierde. Lo que a uno le falta es porque a otro le sobra.

Ludwig von Mises en su tratado de economía de 1949 lo bautizó como “el dogma Montaigne”, que en la moderna teoría de los juegos se denomina suma cero.

Pero en libertad, toda transacción voluntaria en relaciones de mercado libre, inexorablemente, se da lo contrario.

Ambas partes ganan, por ello es que en el comercio las dos partes se agradecen luego de la transacción.

Tal vez la razón central de esta distorsión de la visión que Montaigne planteó entre señor y vasallo, esté alimentada por el resentimiento y la envidia.

Mirar con desconfianza y enojo al exitoso en el mercado libre del comercio.

De allí la contradicción de alabar la pobreza, por un lado; y por, otro condenarla a ser una cultura eterna.

En última instancia, todos somos pobres o ricos según con quién nos comparemos.

En el mercado abierto y competitivo de la creación de oferta de bienes y servicios la situación es de suma positiva.

En cambio, cuando tiene lugar la intervención violenta del que tiene el poder, en el marco de presiones corporativas, intimidación sindical, mercados cautivos a empresarios prebendarios, producción planificada ajena al interés de la gente, restricciones al comercio y al trabajo, hay suma cero.

Los que tienen el poder (la casta) se enriquecen a costa de todos los otros.

Lo que gana el que manda lo pierde otro al que se lo quita.

Del mismo modo que ocurre cuando se roba a otras personas.

La riqueza no es algo estático.

Los recursos naturales de hace siglos eran iguales o mayores aun que los actuales y, sin embargo, en la actualidad la gente en general vive mejor respecto de la época de Montaigne, en la que la condición natural eran las hambrunas, las pestes y la miseria; incluso los reyes morían por una infección de muelas.

Esta mejora se debe a marcos institucionales que respetan derechos de propiedad, protegen la energía creadora que multiplica y extiende la riqueza, que permite que el obrero se forme, compita en calidad y consiga mejor salario.

Se pueda ascender económicamente, vivir mejor, y por más tiempo que un señor feudal o un monarca absoluto de la antigüedad.

Lo relevante para el aumento de la riqueza no es el incremento de lo material, sino su valor agregado creativo.

Un teléfono antiguo contiene más materiales que un celular moderno pero el servicio y su precio son sustancialmente distintos.

La creatividad, la tecnología, el trabajo productivo crean valor.

La creación de riqueza es creación de valor, suma recursos en el contexto de un proceso dinámico.

En la medida en que el empresario ofrece bienes y servicios en el mercado que la gente prefiere, incrementará su patrimonio; y en la medida en que no acierte lo disminuirá.

Solo hay dos maneras de enriquecerse: sirviendo a los demás o robando a los demás.

El primer método es el de la sociedad abierta y los mercados libres; el segundo es el de los regímenes socialistas, estatistas, intervencionistas, en los que el favor oficial acrece los patrimonios de los coaligados y condena al resto a la miseria.

Los menos eficientes deben su prosperidad a las tasas de capitalización que generan los más productivos.

O sea, el emprendedor exitoso multiplica sus recursos de base, y también mejoran su condición los recursos humanos que requiere para producir.

Una consecuencia derivada pero inexorable que se expresa en las condiciones de trabajo de las empresas tecnológicas exitosas, razón y causa de la suba de salarios.

Los ingresos de Alemania son más elevados que los de Uganda, no porque los empresarios alemanes sean más generosos y los ugandeses más avaros, sino por la diferente inversión per cápita para obtener un mejor resultado comercial.

No es reclamando que se lesione el derecho de quienes crearon riqueza lícitamente la forma de prosperar, sino contribuyendo a crear el propio patrimonio sirviendo a otros.

Hoy personas creativas sin mayor riqueza, la consigue con una nueva aplicación, una mejora en bienes, otro diseño.

Los que están anclados en manifiestos obsoletos reinciden en errores gruesos de tiempo inmemorial que han empobrecido a los pueblos.

Veamos por qué unos pobres superan esa condición y otros no pueden hacerlo.

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