ESTADO DE MALESTAR

“Estado del bienestar” corresponde al término inglés Welfare State, acuñado a partir de 1945. Una expresión de William Temple, arzobispo de Canterbury, que contraponía la política económica al Warfare State “Estado de guerra” de la Alemania nazi.

Estado del bienestarEstado benefactorEstado providencial o sociedad del bienestar designa a un modelo general del Estado y organización social, según el cual el Estado provee servicios en cumplimiento de “derechos sociales”. A partir de la realidad de postguerra, se generalizó cubrir aspectos básicos de atención excepcional.

Después la guerra y la “Gran Depresión” surge el “Estado benefactor”. El comienzo de expansiones abusivas del gasto para el supuesto estado de bienestar. Una forma de intervencionismo estatal con la excusa de abordar la pobreza, el desempleo, la pérdida de ingresos, y el colapso del sistema financiero. Todos factores, que desbarrancaron por la intervención del sistema político.

Keynes le dio patente de validez económica a esta expansión del gasto público cuando propuso que el Estado se endeudara y emitiera sin respaldo para resolverle el problema a los gobernantes responsables del estado de malestar. Darle libertad a la emisión para impulsar transitoriamente la economía estancada, basado en que el Estado “no quiebra”.

Lo transitorio se convirtió en permanente. Una licencia para robar con el argumento de que el desorden en el gasto puede agravar el desastre público. En lugar de atacar las causas, narcotizarlas.

Mantener a la gente en la pobreza fue el prerrequisito para confiscar el valor del esfuerzo productivo y el salario. Robar con legitimidad de “justicia social”.

Una rapiña a los representados por mano de quien los representa, inmoral, penalmente relevante e injusta. Avasallar lo ajeno por imperio de su poder delegado.

El político operando desde el Estado desborda los límites constitucionales a que está obligado en democracia. Pasa a ser groseramente interventor de lo privado, excusándose en esa patraña, para avanzar con la impunidad de prebendas, nepotismo, amiguismo, demagogia, electoralismo, politiquería.

Se transmuta el deber de responsabilidad con los más infelices fundado en el concepto de bien común, que es voluntariamente solidario.

Esa detracción de recursos, además de incumplir sus obligaciones naturales, hace siempre insuficiente correr detrás de infinitos gastos. Malos, caros, ineficientes, ineficaces, esos objetivos adicionales dan lugar a corrupción. Esos costos agregados pasan al sector privado, agravando aún más la situación de los pobres.

El Estado es un mal necesario. No debe ser un costo que pagamos por no cumplir ni sus funciones esenciales, al socaire de las que los políticos inventan, las usemos o no. Sumarlas a sus precios monopólicos caros y a servicios deficientes. El castigo económico es doble para los que pueden pagar adicionalmente buenos servicios privados; mientras los demás soportan la conjura política de vivir en un engaño, el “Estado de bienestar”.

Nuevos “derechos” dan pie a ampliar su espacio político: la burocracia. Amplifica los problemas que nunca corrige, sin asumir su responsabilidad en el fracaso. Traslada el costo de su insuficiencia de recursos a los demás.

La pobreza sirve de excusa política. La solución a ella es dinámica y personal. Aprovechar una buena educación (la pública es un fracaso). Buscar oportunidades laborales fuera de la burocracia pública (que castiga el ahorro, la inversión, la creatividad, y el afán de lucro, impulso básico para apostar realmente a vivir mejor).

Pagamos por el malestar de nuestros conciudadanos. La anomia estatal impulsa el crecimiento del delito, esa forma desviada de superar la pobreza. Soportamos la excusa perfecta para abusar de nuestro bienestar. El sistema político multiplica la pobreza abusando de nuestros recursos, y nos carga con el despilfarro del gasto público.

Los pobres no pueden recibir buena formación educativa para prepararse mejor y ascender económica y socialmente. En lugar de subsidiar a los que realmente lo necesitan se sostiene una cleptocracia educativa. No pueden acceder a un empleo de calidad y a un buen salario porque no adquieren una buena preparación. Se subsidia para ser menesterosos, mendicantes de asistencia de por vida y a hacer hereditaria su miseria.

Tenemos que subsidiar genéricamente pobres que no quieren dejar de serlo. Haraganes contumaces reclaman subsidios de los que trabajan.

Nos obligan a pagar educación, salud, previsión social, y seguridad social a abusadores que nada aportan. Disfrutan cargárselo a otros.

El Estado fracasó con una reforma educativa que retoque un deficiente sistema educativo, y obliga a una currícula obsoleta. No permite competir al sistema público con el privado, subsidiando al que realmente lo necesita para que elija y reciba una educación de calidad.

En el sistema previsional se sostiene un sistema de reparto que sufrimos ricos y pobres aumentando la carga tributaria. Atentan contra el trabajador que aporta a su ahorro individual, para incluir a quienes nunca aportaron, porque el sistema los tiró a la informalidad, porque siempre fueron subsidiados, o porque son amigos del poder.

En la seguridad pública es evidente la anomia en zonas liberadas. No llega la policía, no alcanzan los esfuerzos económicos, no se atiende la guerra desatada del narco.

Subsidios inútiles, incompetencia, corrupción, costo político, cargos innecesarios, pago de abultados salarios a embajadores y organismos multinacionales que nada hacen por nosotros. Deuda política generada en oprobios, soportar monopolios públicos carísimos, aranceles que castigan el consumo de pobres y ricos. Sostener una educación pública decadente, frustrante, repudiada en la asistencia por inservible.

Soportamos también la animadversión del recaudador. Mantenemos estructuras burocráticas para controlarnos y castigarnos estatizando nuestro dinero.

Un Estado anómico, inoperante, inexistente para el que recibe malos servicios.

El ejemplo argentino es el camino a seguir. Reducir significativamente el Estado produjo en un año la reducción de la pobreza para 10 millones de personas.

Robar es inmoral. Es peor hacerlo con alevosía, robarnos desde el poder del Estado con la excusa de la justicia social. Usar a los pobres para enriquecer a políticos causantes del “Estado de malestar”.

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