EL HOMBRE ES UN BICHO JODIDO
El ex Fiscal penal, hoy Senador de la República Gustavo Zubía, señaló y sostiene: “…el hombre es un bicho jodido”.
Se refiere al delincuente con el que se cruzó tantas veces.
Y para ampliar su concepto políticamente señaló: “Propongo dar un paso en la evolución de la especie: Aceptemos que la maldad no es ni de izquierda ni de derecha. Que la frase "si es de izquierda no es corrupto" es irracional. Que todos podemos errarle y feo. TODOS...lo que no significa ser irresponsable. Somos de ESTA especie…”
En un texto inédito que leyó por radio durante la Segunda Guerra Mundial titulado “Todos somos Macbeth”, George Orwell decía: “Esto se funda sobre la ilusoria convicción humana de que una acción pueda permanecer aislada, que uno pueda decirse a sí mismo: "Cometeré sólo este crimen para lograr mi fin e inmediatamente me haré respetable".
Pero en la práctica, como descubre Macbeth, de un crimen nace otro, aunque no crezca la maldad de quien lo comete.
Su primer asesinato lo realizó para mejorar su status; los siguientes, mucho peores, los cometió en defensa propia”.
El político, bicho humano de esta especie, ha sido capaz de cumplir excelsos servicios, pero, en la mayoría de los casos, desde el poder, exhibió el lado oscuro del hombre.
El 29 de noviembre de 2023 murió el exsecretario de Estado norteamericano Henry Kissinger.
Y en las crónicas sobre su vida no hubo matices, tenía defensores y detractores.
Desde “un genio de la geopolítica” hasta “un hombre malvado”.
Se lo reconoció como un personaje central en la lucha contra el comunismo en el contexto de la Guerra Fría.
Se lo
presentó como
encarnación de la excepcionalidad americana en
todo sentido: como manifestación del hegemón.
De los Estados Unidos como faro y policía del mundo, y, como una muestra de la hipocresía contenida en que los estándares exigidos a otros no apliquen a ellos.
Su vida y obra volvieron a poner sobre la palestra un tema recurrente, especialmente en la negociación política: el dilema entre “Pragmatismo vs Principios”.
¿Hasta qué punto la persecución de un determinado bien puede implicar resignar valores en el camino?
¿Qué costos son aceptables?
¿Qué debe mantenerse a toda costa y cuando se convierte en inflexibilidad cuyos costos asumen otros?
Asistimos a un cambio de paradigma en ciencia política, ya no se elige a los dirigentes políticos por ser primus entre pares, se ha puesto de moda venir de fuera, ser crítico acérrimo y querer enmendarla para volverla al quicio.
Se elige al diferente porque se trata de un outsider que no pertenece a “la casta”.
Por eso, viene con la propuesta de poder defender lo bueno, y cambiar lo que los políticos no defenderían ni cambiarían.
Al mismo tiempo, subirse al podio contra el statu quo, la corrupción, las prebendas y los intereses corporativos, hace que el sistema lo rechace o lo relegue, que le reste fuerza para cambiar positivamente las cosas.
El dilema pragmatismo vs principios se juega en las batallas que decide pelear y las que relega.
Pero, cuando estos personajes rupturistas asumen con el apoyo económico del poder, “alea iacta est” la suerte está echada.
Igual que Julio César cuando pasó el río Rubicón y se erigió dictador. El outsider cambia o cambia.
Su fortaleza está en “aplicar la motosierra”.
En corregir fallas que el sistema tolera o prohíja. En “jugársela”, sin miramientos.
Sus opositores están esperándolo con el teorema del diputado argentino Baglini: cuanto menores son las posibilidades de un partido o dirigente político de acceder al poder, más irresponsables tienden a ser sus propuestas.
E inversamente, acercarse lo hace reconocer la realidad.
Vivimos en un mundo en que, de los partidos tradicionales quedan escombros.
Los sustituyen coaliciones.
Colchas de retazos para recuperar parcelas de poder, contra otra para negociar cargos y prebendas.
Acuerdan para no trancar las acciones de gobierno, o, sostienen la contienda para sacar beneficios.
En democracia posmoderna la política se ha convertido en una guerra de supervivencia.
Más que un adversario circunstancial, la minoría es un enemigo.
La inoperancia desencanta al votante y lo convierte en enemigo del sistema estático, intrascendente, anómico.
Ceder en algunas vigas puede hacer caer todo el techo y la idea de que uno debe meterse en el barro para sacar al sistema del barro probablemente haya dejado más personas embarradas que sistemas transformados.
Al mismo tiempo la efectividad requiere flexibilidad y concesiones.
Particularmente cuando la minoría mayor se radicaliza por compromisos electorales que sabe son irrealizables, contradictorios, abusadores.
El idealismo es caro.
Uno no elige de quién tener dependencia para lograr objetivos.
La inflexibilidad se transforma en inoperancia.
Gritarle a la gente desde un montículo de superioridad moral sin cambiar la realidad es una forma de irresponsabilidad.
Decir “hay que hacer ambas cosas” no resuelve el dilema, y es terreno fértil al outsider.
La vida no es como en las películas antiguas que diferenciaban nítidamente los buenos de los malos.
Es positivo negociar sosteniendo los principios; ser efectivo sosteniendo integridad.
Eso implica un nivel de creatividad mayor.
Hacer algo superador de lo que se viene haciendo, no implica hacer algo que no se debe hacer, o no hacer nada.
Pensar en cómo atravesar este dilema se hace entonces necesario.
Particularmente en tiempo en que los outsiders se plantean como la alternativa a una “casta” ineficaz, ineficiente, corrupta, autoritaria, opuesta a la libertad, la responsabilidad, la ética y la moral de occidente.
Veremos lo que Kissinger aconsejaba para una negociación que unió sólidamente a las dos potencias más antagónicas del mundo.