EL CAMINO DEL INFIERNO - Parte III por el Dr. Jorge Nelson Mosco Castellano

El estado del bienestar de Bismarck no fue fruto de la generosidad del Estado y la empatía para con los trabajadores, sino, una medida ante la amenaza de que las demandas socialistas avanzaran violentamente. 

El engaño de prometer a largo plazo sin responsabilizarse de las consecuencias, sirvió a Bismarck, pero creó un sistema de contribución de impuestos a trabajadores y empleadores, e indirectamente a todos los consumidores, que no cumplía la finalidad por imposibilidad de facto.

Ese “sistema de reparto”, alabado por los socialistas, sigue siendo una hipocresía y un dolor de cabeza presupuestal para los políticos. 

La realidad dejó expuesto el engaño; el invento mató a los sucesores. 

Lo que empieza mal, acaba mal, y los políticos deben enfrentar el costo de un sistema perverso, que no resuelve las contingencias de vejez, invalidez, y muerte, sino que desfinancia sin límite todo lo que el socialismo sigue agregando. 

Le llama Seguridad Social. 

En realidad, son excusas para avanzar sobre el derecho a la propiedad privada.  

Suman falacias al sistema insostenible, mentiroso, de Bismarck sobre el presupuesto público, un lastre insoportable al crecimiento económico presente, y una carga de deuda a futuro.

La Seguridad Social es un sistema inabarcable propio del mundo socialista. 

Agregan un sistema de cuidados, prestaciones de salud, licencias especiales, atención a discapacitados, etc., todo apunta a que la esfera pública crezca a costa del que la soporta. 

Esa imposibilidad de cobertura pública deja dos posibilidades: prestaciones inexistentes, deficientes, torturantes o, avanzar confiscando cada resquicio de recursos privados. 

No queda espacio fiscal para cumplir obligaciones esenciales del Estado.

Paga el que aguanta, hasta que aguanta; las prestaciones cada vez peores. 

Las reformas al sistema dejan el tendal de reclamantes. 

En general son parches timoratos incapaces de llegar al fondo del problema. 

Los socialistas defienden a ultranza su criatura para ampliar su intervención desde el Estado. 

Va en contra de los trabajadores, desocupados, informales, empleadores, consumidores, y marginados que sufren el costo de un sistema elefantiásico decadente, que sigue ilusionando como solución utópica, con calidad desastrosa que imputan siempre a falta de recursos a requisar.

El engaño de Bismarck era idéntico, quitarle recursos a trabajadores y empleadores, que apenas les servía. 

El resto se lo quedaba la casta de Bismarck.

Por estas medidas el canciller fue tachado de “socialista”, al igual que a Roosevelt, cuando, en 1935, aprobara la ley de Seguridad Social. 

La finalidad, siempre la misma: trataban de conseguir votos en una época de gran turbulencia social. 

El sistema de pensiones de Bismarck serviría de modelo para los gobiernos de Francia en 1894 y de Inglaterra en 1908.

Esta “solución” política a circunstancias personales, anestesió la iniciativa privada de ahorrar para atender estas contingencias. 

Y demagógicamente abarca también a los que no necesitan la asistencia, pero se suben al carro del amiguismo. 

El "pero" siempre es la intervención de la política. 

El Estado está narcotizado con una recaudación que se convirtió en deuda; atrapado entre sostener un sistema perverso; reconocer que no se soporta; o planear una transición complejísima: volver al pasado.

Dejar que el trabajador reciba su salario íntegro, resuelva su presente y su futuro con libertad responsable; y atender únicamente a los que imprescindiblemente lo requieran.

Dejar sin efecto la detracción salarial y empresarial, implica que haya un intermedio de personas que ya pagaron que habría que cubrirlas. 

Quedaría únicamente un pequeño grupo que deba ser subsidiado por necesidad extrema.

Hoy estamos ante el dilema de sostener la cuenta personal del trabajador o regresar al sistema integral de reparto. 

No es necesario aclarar quiénes están de cada lado.  

Pero, como el Estado se quitó el lastre del sistema previsional del presupuesto, aunque sea parcialmente, no pueden darse el lujo de retrotraerlo. 

Los más extremos, los comunistas, insisten en que no haya lucro en quienes administran el ahorro, lo invierten, y trasladan junto con los intereses a la renta vitalicia para el retiro del trabajador. 

Quitarle el beneficio a las Administradoras de estos Fondos es pretender que trabajen gratis, liquidar el sistema.

La irracionalidad de la izquierda les impide razonar que la asistencia focalizada en los más vulnerables es la efectiva, lo otro es una carga para la sociedad insoportable. 

Insisten en que el Estado domine todo, consecuente con que mejor todos pobres y mal atendidos. 

Les permite abusar de los recursos de todos en perjuicio directo de los más miserables.

No es el amor lo que los une ideológicamente, sino el espanto. 

Reconocer que llevan 80 años equivocados. 

Ponen por delante destruir el sistema económico y social para reconstruirlo a imagen y semejanza de donde impera la dictadura.

La sociedad vive el desquicio de congelar las necesidades de los que requieren ser asistidos, y además obligaciones esenciales que el Estado debe atender.

La sustentabilidad económica del presupuesto público obeso mató a la creatividad de los privados para arreglar esas necesidades, y les quitó su capacidad de ahorro. 

Los socialistas siguen acrecentando demandas demagógicamente, destruyendo la economía. 

Prometen que crearán más recursos desde el Estado para aplicar en resolver las demandas de los usuarios del sistema.

El camino del infierno está empedrado de buenas intenciones incumplidas. 

Estas, no las tienen. 

Por el contrario, las colocan los abusadores.

Veremos en el próximo artículo causas y consecuencias de su posición inflexible a la indexación de salarios a la inflación pasada y no a la futura.

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