CRONICA DE FRACASOS ANUNCIADOS - II
José Batlle y Ordóñez fue, para el Uruguay, el constructor de la institucionalidad moderna.
Finalizó los enfrentamientos violentos, consecuencia de los bandos anárquicos luego de la independencia.
Después de su primera presidencia, Batlle viaja a la Ciudad Luz. Sigue a los krausistas españoles interpretando a Ahrens.
Plantean la reforma del sistema liberal “sin modificar la vigencia de la libertad en su mayor extensión posible”.
Las cuestiones y problemas del Estado liberal marcan el surgimiento y desarrollo de soluciones socialistas o comunistas.
Ahrens y Batlle deciden atacar esos problemas sobre la base de reformar la sociedad liberal, dando un papel muy importante al Estado.
Para Ahrens:
“El Estado no es una institución de simple policía, de seguridad y de protección. Sin extralimitarse de su propio objeto, puede y debe ayudar al desarrollo social, puede y debe facilitar con medidas legales la constitución y la acción de todo género de asociaciones.”
La justificación del intervencionismo estatal en distintos campos de la realidad social tiene su fundamento en la unidad y organicidad de la vida, la importancia del Estado asistencialista o benefactor y, finalmente, en la legitimación de las empresas públicas.
Si eso no es socialismo, ¿el socialismo dónde está?
La justificación de la intervención del Estado en actividades propias del emprendedor privado, asumiendo riesgo y beneficios, transmutó el pensamiento liberal de Don Pepe en intervencionista.
Esto tuvo cosas positivas y negativas.
Retrasó cincuenta años la llegada del socialismo real a esta esquina del Río de la Plata, pero no evitó la del comunismo.
Ser medio socialista no alcanza para un comunista.
Ser batllista hoy es lo mismo que ser frentista.
Los primeros siguen sin saber qué son: se dicen liberales, pero socialdemócratas.
A los otros les complace una avant-première de su ideología, únicamente diferenciada en el abrazo por un equívoco: el terrorismo.
Los monopolios públicos estatizaron el pensamiento liberal. "¡Son nuestros!", gritan algunos, como si sacaran dividendos del negocio.
Es políticamente incorrecto vituperar el costo que nos generan estas “maravillosas empresas” socialistas y sus “inversiones”.
Dicho sea de paso, SON AJENAS.
Son de los políticos, de los gerentes muy bien pagos, de los funcionarios atornillados y de los sindicalistas prebendarios.
A ninguno le importa si ganan o pierden; la suya está asegurada.
El presupuesto nacional es un galimatías de prebendas, una alienación en guerra contra la realidad.
Como decía Lord Acton: "El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente."
Nosotros creemos que podemos domeñarlo.
Supina ingenuidad, por decir lo menos.
Lo que hemos aprendido a lo largo de la historia es que el sistema político va construyendo su propia tumba, en la medida en que multiplica organismos para “corregir” las inequidades que él mismo produce.
El paroxismo de encontrarnos con una economía pública fuera de control inhibe al más corajudo de ordenarla.
Orsi soltó al Rottweiler de quienes están redactando esa carta a la utopía.
El presidente del sindicato público pide más funcionarios porque el “nefasto” gobierno anterior redujo la cantidad de cotizantes al sindicato.
El ministro del Interior reclama 2.500 policías, sumar tecnología y cárceles primorosas.
El ministro de Relaciones Exteriores cumple con la cuota de inservibles al servicio de su corporación, asignando premios consuelo a quienes regresan suplicantes.
El de Cultura reclama más dinero para el teatro independiente, una pléyade de momo sapiens que construye o destruye obras intelectualmente ininteligibles, carentes de público.
Y así seguiremos este variopinto soliloquio de diletantes que chocarán de frente con la realidad.
O contra viejos y nuevos muertos de hambre que llenarán el MIDES de mendicantes.
Un Estado anómico, inoperante y abúlico para el que paga sus servicios esenciales y socialistas.
Mientras tanto, el encargado de la seguridad interior dice que se perdió la guerra contra el narco, alentando a esta cofradía de delincuentes que copan los barrios de sus acólitos y clientes.
La encargada de Educación Primaria, que se supone es obligatoria, advierte que, si los chicos no van a clase, no puede hacer nada.
El ministro del área económica quiere luchar contra la inflación desindexando los salarios, ajustándolos por productividad, apuntando a la estabilización de los precios, y desde la presidencia bicéfala, el Ministerio de Trabajo y el sindicalismo le dicen que eso no se hace.
La política exterior no define si ingresaremos a los BRICS con los "malos de la clase" o si sacaremos del CTI al MERCOSUR, pese a condenarnos a aranceles imposibles para comerciar.
No reconoce que Maduro y su barakutanga son una dictadura, ni acepta que el pueblo venezolano fue violentado por ellos. Cree que eso ayudará a remover a la barra caribeña enquistada en el poder.
Repartir cargos por cuota ballotage o por cuota de las primarias les parece urgente.
Obligar a la oposición a que haga oposición cerril a los dislates y a que aporte la creatividad gerencial que el gobierno carece.
Multiplican comisiones multisectoriales, que ya se habían convocado en el gobierno anterior y a las que se negaron a asistir, o de las que se retiraron sin aportar nada.
Una excusa para darles una intervención de poder a los sindicatos, que pondrá a la izquierda por encima del resto de las decisiones del soberano, retrotrayéndonos a tiempos periclitados y laudados.
La izquierda tiene ideas viejas, caducas, perimidas, positivamente fracasadas, no por quien las aplica, sino por su contenido, que contradice el desarrollo de una sociedad moderna y pujante.
Después de tantos fracasos, al menos deberían reconocer que sus gobernados no podemos, con la misma plata, pagar impuestos, consumir lo básico, ahorrar, invertir, generar empleo, pagar salarios extravagantes a 300.000 funcionarios, solventar precios públicos exorbitantes y, al mismo tiempo, reducir la pobreza y la indigencia.
Nada cambiará si no cambia el Estado.
Un gasto público exorbitante no permite el crecimiento; y sin crecimiento, redistribuir lo que vaya quedando es el camino directo a Uruzuela.