TRUMP Y TUCIDIDES

La historia vuelve a repetirse, o al menos, sirve para explicar el tiempo presente.

En las Guerras del Peloponeso, Tucídides, historiador griego del siglo V a. C. narra cómo Esparta, la ciudad-Estado griega más poderosa del momento, vio amenazado su poder por el rápido ascenso de Atenas, que aspiraba a convertirse en la potencia hegemónica.

El comercio en Atenas fue creciente, requirió una marina mercante, una marina de guerra para protegerla, y finalmente, un ejército para cuidar sus riquezas.

El temor a que el poder ateniense siguiera creciendo llevó a Esparta a declarar la guerra a Atenas.

Los atenienses perdieron la guerra del Peloponeso, poniendo fin a su ascenso.

El concepto de la trampa de Tucídides se está usando para explicar la tensión entre Estados Unidos y China, que tiene implicaciones con Rusia y Europa.

El profesor Allison acuñó el término 'trampa de Tucídides' en un artículo de The Atlantic en 2015 y amplió su tesis en un libro publicado en 2017.

Allison ofrece dieciséis ejemplos históricos de esta trampa en la que se ven involucradas dos potencias, una en declive y otra en ascenso.

Entre los dieciséis, destacan la relación entre Portugal y España a finales del siglo XV, entre el Imperio británico y Estados Unidos a principios del siglo pasado, entre Estados Unidos y la Unión Soviética durante la Guerra Fría.

De los dieciséis casos que Allison ofrece, doce de ellos dieron paso a una guerra entre las dos potencias, que resolvió el conflicto de poder afianzando a la gran potencia dando paso a la hegemonía de la aspirante.

Según Allison, el escenario actual parece similar: con su crecimiento sin precedentes, China le está disputando la hegemonía a la potencia actual, Estados Unidos, en numerosos ámbitos, incluyendo el económico, el militar o el tecnológico.

Así, una nueva Atenas representada por China desafía al poder en declive de la nueva Esparta, Estados Unidos.

No obstante, la trampa de Tucídides no siempre aboca a las potencias a la guerra abierta, y está por verse si China y Estados Unidos resolverán sus tensiones de esa forma.

Para evitarlo, Allison defiende que Estados Unidos debe hacer ver a China que no puede ganar una guerra contra los estadounidenses.

De esta manera, es posible que China y Estados Unidos disipen la tensión pacíficamente y consigan escapar de la trampa.

El declive estadounidense en lo económico, en lo político, en lo tecnológico y en lo social, ha conducido a quienes hoy detentan el poder económico a cambiar radicalmente el rumbo de la elección americana.

En pocos días, de un seguro triunfo de Kamala Harris, se pasó al empate, y perdió por 4 millones de votos con Trump.

Obviamente, quienes colocaron a Trump en el podio, son conscientes del declive que está sufriendo EEUU. Saben perfectamente que ya no es la potencia hegemónica.

Su endeudamiento en relación con el PBI es fenomenal. China avanza a pasos agigantados su desarrollo tecnológico, y se escuda en que aún está “en desarrollo”, para ser favorecida con préstamos y condiciones internacionales.

Asume fácilmente conquistar países debilitados con metales estratégicos para la nueva economía y ocupa zonas que le permiten aumentar su capacidad comercial. .

Se presenta como una alternativa a empresas que han desplazado a Europa y han liquidado la capacidad automotriz estadounidense.

Avanzan con gobernantes autoritarios en Hispanoamérica, cooptando su desesperación económica.

Y ha quedado claro que la inmigración a EEUU no es de calidad productiva, sino que va copando el sector servicios, y el narcotráfico se ha convertido en una pandemia.

Tan claro como el deterioro social de una sociedad sin rumbo ni valores es su socavamiento por el debilitamiento, la inoperancia, el atraso creativo y la dependencia financiera de sus competidores potenciales.

La guerra de Ucrania y Rusia puso en desnivel la cercanía de esta con EE. UU. La OTAN ya no sirve a los intereses armamentísticos americanos, si el dinero lo aporta EEUU.

La crisis exige revertir el relacionamiento con liderazgos endémicos en Europa, que fácilmente se someten a condiciones de poder hegemónico, en razón de que también perdieron el poder militar, económico, productivo, y en consecuencia están sufriendo el avance descontrolado de la inmigración que no se integra a los antiguos conceptos sociales, sino que disgrega, aparta, combate.

Las autoridades chinas, no obstante, están conformes con que se considere a su país una economía en desarrollo y reiteran esa clasificación en sus declaraciones. Otorga ventajas, como períodos más largos para cumplir acuerdos, asistencia técnica y eliminación o reducción de aranceles.

Donald Trump afirmó en 2019 que China es una economía desarrollada y acusó al país de abusar de su clasificación como economía en desarrollo.

Trump también presionó a la OMC para que revocase el trato preferencial a China, pero muchas disposiciones de tratamiento favorable en la OMC no son vinculantes, pues cada Estado miembro tiene libertad para reconocer o no el estatus del resto y otorgar ventajas.

Con todo, el Gobierno chino ha esgrimido su condición de país en desarrollo para evadir obligaciones internacionales, como la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero.

Conforme China siga creciendo en términos de renta per cápita, dejará de recibir préstamos y demás ayudas financieras.

El Banco Mundial ya le ha recortado el crédito desde los 1.800 millones de dólares cada cinco años a entre 1.000 y 1.150 millones.

Pero esto entra en los planes del presidente Xi Jinping, quien se comprometió en 2017 a convertir a China en una gran potencia para 2050, con infraestructuras de calidad y alta calidad de vida.

En esta ambición a largo plazo se enmarcan proyectos como la Nueva Ruta de la Seda, la diplomacia de las vacunas o el desarrollo tecnológico.

Quienes no reconocen el pasado están condenados a repetirlo, advirtió el filósofo George Santayana.

¿Y dónde queda Hispanoamérica?

Seguirá siendo el “patio trasero” por voluntad propia.

Trump no tiene tiempo de ocuparse de sus veleidades.

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