SENTIDO COMÚN

Se suele decir que el sentido común es el menos común de los sentidos. Y a la vista está.

En un momento de la economía como el que está viviendo nuestro país, miles de familias no pueden llenar el refrigerador (si lo tienen) o encender la calefacción (aunque sea una maceta con un primus dentro).

La presión fiscal está por encima de 31 % del PIB. Los egresos aumentaron en casi 1 punto porcentual del PIB, es 800 millones de dólares. O sea, tenemos más gastos que los que había. Y el resultado fiscal, grosso modo, es esencialmente el mismo. La conclusión: una deuda pública que creció casi 10 puntos.

Según Oddone, eso no nos lleva a una situación dramática, porque no tenemos una presión en el calendario de vencimientos de deuda. Supone, que el gasto político, la situación fiscal, se puede enjugar con crecimiento rápidamente. Siempre se refiere a financiar al Estado, nunca a aliviar al que lo banca, vos.

En el 2019 teníamos los peores resultados en términos de riesgos financieros. Hoy no, porque todos esos países empeoraron durante la pandemia, algo que Uruguay no hizo de manera dramática.

El sentido común indica que el ajuste es en el gasto público. Adecuarlo a la recaudación posible, sustentable. Prever pagar además de los intereses de la deuda que contrajeron los políticos, eufemísticamente: deuda pública, debería decrecer reduciéndola. Si creciera la economía, por esfuerzo del sector privado productivo, debieran dejar que el sector privado reinvierta, creara empleo genuino y de calidad, bajara el desempleo, la informalidad y…la pobreza.

Lejos del sentido común, el ministro entrante lo va a encarar, “apostando a que la economía pase a consolidar una tasa de crecimiento en torno a 2-2,5 % durante el quinquenio, de manera tal que la recaudación les permita (a los políticos) tener mayores ingresos. De forma que el resultado fiscal mejore de modo tendencial”.

Seguiremos en el dislate de hacer crecer un gasto público insostenible, pero, apostamos a que el sector privado lo soporte creciendo.

Oddone dixit: “Eso nos tiene que llevar a ser muy cuidadosos en materia de gasto, no tenemos una canilla abierta para aumentar gasto, pero como tenemos muchas obligaciones y muchas demandas legítimas provenientes de la sociedad y de nuestros compañeros del Poder Ejecutivo, vamos a tener que ingeniárnosla…”

Se ingeniarán, para cargárnosla a nosotros.

Vamos a aumentar el gasto público demagógicamente, aunque recaiga sobre la producción, el empleo, y la pobreza; que como crecerá, dará motivo para perseverar en ese círculo perverso, que “alguien” atenderá.

“… ese es el trabajo del MEF, encontrar “los espacios” para conciliar esta necesidad de más gasto con la falta de recursos”. Un entierro de lujo al sentido común.

Va a suponer redistribuciones de recursos, cuando debería suprimir gastos. “Vamos a tener que identificar muy bien dónde estamos haciendo gastos redundantes, innecesarios, revisarlos, (en lugar de suprimirlos); y dónde tenemos que poner el foco” … aumentarlos.

“Vamos a tener que decidir políticamente qué es prioritario para esta administración, cuyo mandato es claramente la matriz de protección social, los niños como elemento central, y a partir de eso diseñar las prioridades del espacio fiscal que vamos a tener que establecer de cara al presupuesto”

Otra vez la “novedosa” excusa de atender a los niños pobres, aunque hayan crecido y sean adultos, pobres.

Las excusas de siempre: …tenemos un gasto público insustentable para los que pagan impuestos. Nos endeudamos y pagamos únicamente intereses, el calendario no nos mata, y, si la economía crece, zafamos.

La consolidación fiscal supone siempre que cierren los números del presupuesto de gastos públicos.

Para ello maneja tres alternativas: traspasar partidas (manteniendo el mismo gasto exorbitante) amentar impuestos (el despilfarro presupuestal lo pagará el que aún los paga), endeudarnos (cargar con un impuesto a los nonatos).

La hipótesis del “crecimiento de la economía” lleva ochenta años justificando más gastos políticos. Es un abuso doble: si crece la economía ya lo tenemos gastado, y “consolida” el déficit. Si no crece la economía, fajamos al “nabo de siempre”.

El sentido común no les hace caer la ficha de que la economía no puede crecer si le sumamos más anclas. La opción de bajar el gasto público, el endeudamiento, y devolver parte de lo que se confisca, no es opción.

Se le pide al sector privado que crezca, mande más recursos, recorte gastos. para pagar más impuestos. Lo que es imposible por la presión fiscal que todos sostienen es insoportable con costos internos públicos asfixiantes.

La tarjeta corporativa de los políticos no tiene límite. Gastan el esfuerzo de otros para financiar el agujero que ellos votan.

La absurda dicotomía ricos-pobres, va bajando el listón de ser “rico” a medida que el gobierno te quita más, hasta que el sector medio acabe siendo pobre.

Un gobernante siempre piensa que él gasta poco y tú ganas mucho. Gravan activos por los que ya se han pagado impuestos para sostenerlos.

La última gran excusa a la que se aferran, es que alguna entidad supranacional defiende subir los impuestos. Como si no fuésemos capaces de ver el conflicto de intereses que supone que sus abultados sueldos se financien vía erario público.

Lo que indica el sentido común es la separación familias-Estado, y aquí es donde nunca paga el Estado. Son las familias las que han de ajustarse el cinturón, mientras el gobierno no para de gastar y endeudarnos.

Los políticos nunca dicen vamos a gastar menos para que quienes representamos tengan más. A más sector público, menos privado, el cálculo es sencillo.

El único rico que existe de verdad, es el gobierno. Nunca se funde. Nos funde a nosotros.

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