NEOSOCIALISMO EN LA CIUDAD
Es indescriptible en detalle el avance sobre el dinero de la gente que el Estado ha socializado para crear recónditos sectores de la Administración en ataque contra los propios administrados.
Tienen mil y una excusas para justificar su inacción, multiplican trámites innecesarios, paralizan cualquier acción privada con argumentos fútiles y están de descanso eterno antes de resolver las gestiones que tendrían la obligación de facilitarle al ciudadano.
Tienen una reacción violenta cuando se les increpa que son inútiles. Siempre tienen una excusa imperfecta para justificar que no pueden hacer lo que deben: faltan recursos humanos y materiales, faltan otros trámites que impiden concretar el que se desea, "venga después", "no moleste, que estamos atendiendo a un vendedor".
Los que pagamos sus sueldos somos sus esclavos; les pagamos para que nos maltraten.
Las administraciones departamentales abren quioscos con la falsa descentralización. Una división política, en el sentido de abandono, de medio país les ha dado la condición de empleadores de primer orden, y se prevalecen de eso para constituirse en virreyes.
La paradoja de la descentralización es que no sueltan los recursos centralizados; minga van a darles plata a los descentralizados opositores. Unos cumplen con quejarse, los otros con hacer oídos sordos a sus lamentos.
Estamos pagando impuestos, pseudo tasas y contribuciones para soportarlos, sin recibir piedad de una pléyade al servicio de ellos mismos.
La excusa siempre es el mal salario que les pagamos, en lugar de buscarle la vuelta, como los demás, a satisfacer sus ampliadas necesidades con más horas de trabajo en otro lado.
Es formidable la ocultación que realizan los intendentes de sus cuentas en rojo.
Amplían el endeudamiento con formas creativas magníficas: fideicomisos (usan la misma plata que deben varias veces), encomiendan obras a privados, que suman el seguro incumplimiento de pago al precio que pagamos los nabos de siempre.
Es tan inmenso el universo creativo de “nuevas tareas” innecesarias. Para cultura o “desarrollo económico-social” tienen más funcionarios públicos que para recolección de residuos, reparación de calles y veredas, iluminación, ordenamiento del tránsito o darle forma funcional al transporte público, un verdadero desastre que hace penar justamente a los que trabajan, estudian o pasean.
La variedad de actividades que repiten del gobierno central es increíble: hacen música clásica y carnavalesca, atienden temas médicos, promueven cursos variados, emiten documentos cívicos y son muy sociales.
Todas excusas perfectas para cumplir mal, ineficientemente o, directamente, omitir el cumplimiento de obligaciones básicas constitucionales.
El artículo 262 de la Constitución dispone:
"La ley establecerá la materia departamental y la municipal, de modo de delimitar los cometidos respectivos de las autoridades departamentales y locales."
Los gobiernos demagógicos y populistas requieren electoralmente que en los departamentos haya una colectora de votos. Eso explica, sin mayores justificaciones, el dislate de funciones que han asumido los gobiernos departamentales y locales, que llega al infinito. Por lo cual, permanentemente reclaman más “asistencia”, que no llega, e indefectiblemente cargan sobre “nosotros”.
Esa cercanía de los gobiernos locales con el público ávido de que le arreglen la vida los ha hecho absolutamente inoperantes, salvo para multiplicar el clientelismo.
Un cambio de signo político en una Intendencia es un caos: exige realinearse políticamente para mantener prebendas. Implica nada menos que revisar las actividades inservibles, no para mejorarlas, sino para colocar a una persona que colaboró en la campaña electoral, un edil o familiar, para asegurarse los votos. La mayoría automática que le concede la Constitución de 16 votos en 30 al ganador sufre presiones intestinas para que la familia y amigos del edil en cuestión no tengan que vivir las privaciones normales de otro ser humano.
Ni hablemos de los mil vericuetos que tienen que hacer los ediles por la malhadada disposición constitucional que los obliga a ser “honorarios” para violarla sistemáticamente: el pago abultado de servicios de secretaría, gastos de traslado o nafta sin control por recorrer el departamento.
La odisea del ciudadano que quiera hacer una gestión, tramitar uno de los mil permisos inventados o sacar un documento se verá interrumpida por medidas sindicales aperiódicas, eventos simpáticos en la puerta o, simplemente, por burocracia: trámites interminables, sitios telemáticos que no atienden, saturados o directamente colapsados.
Ni hablemos de la circulación vehicular, folclórica y ambientalista. La exintendenta de Montevideo ha llenado las calles de peñascos y artefactos que hacen tortuosa la circulación de ómnibus y automóviles con la excusa de que los ciclistas son preferidos, dándoles mejores chances de no morir en el intento.
En realidad, todo ha empeorado: los ciclistas cruzan olímpicamente donde no hay semáforos, o incluso donde los hay, confiados en la visión periférica ampliada de los conductores de vehículos más pesados. Y estos juegan a la ruleta rusa de no atropellar a un ciclista cuando doblan, de llevarse puesto un cono cilíndrico o un palito que “protege” del tránsito. Ese tránsito que antes no tenía ningún inconveniente para hacer la misma operación.
En tiempo electoral se multiplican las referencias a un transporte rápido y eficaz, que por suerte nunca se concreta, ya que sería otro desastre público a nuestra cuenta.
Las empresas colapsadas cuentan con choferes que manejan dormidos, sin asistencia georreferenciada. Promueven el encuentro cercano del tipo incómodo a los pasajeros y generan un intercambio de epítetos soeces en el tumulto que espera el bus en horas “pico”. Como todas tienen déficit, la Intendencia lo oculta dándoles préstamos a cargo nuestro en la banca pública, que sistemáticamente renuevan sin cancelarlos.
El administrado cuenta con garantía de no exacción, ya que nunca se pondrán de acuerdo para pagar adicionalmente un servicio rápido, eficiente y de costo adecuado.
La red de circulación vial es una calamidad pública. Circular requiere paciencia, muy buena visión y habilidad en el giro para esquivar pozos, reparaciones inconclusas y conos de una empresa privada eternizados sin solución de continuidad.
Vivir en la otrora hermosa ciudad de Montevideo se ha convertido en un interesante juego de apuestas: ¿cuántos coliformes por centímetro cuadrado marca la Intendencia o el Ministerio de Ambiente? Convirtiendo sus bonitas playas en un acertijo de enfermedades en caso de bañarse.
Aquel Montevideo del arquitecto Fabini, que engalanó la ciudad con una rambla orgullo de propios y visitantes, caducó, liquidado por el neosocialismo.