LOS IMPUESTOS COMO CASTIGO UNIVERSAL
Justo antes del periodo sumerio de Ur III (entre los años 2065 a.C y 1995 a.C.), hubo una serie de tribus llamadas gutis (procedentes de los montes Zagros) que invadieron el imperio sumerio-arcadio.
Hacia el año 2065 a.C., el príncipe sumerio Ur-Nammu consiguió expulsar a los gutis de su territorio.
Ur-Nammu fue llamado por su pueblo “el príncipe salvador”. Las historias lo describen como un buen gobernante y guerrero. Fue capaz de acabar con la anarquía generada por los gutis, impulsar la economía e iniciar construcciones como grandes canales. Las epopeyas lo ensalzan como un héroe y cuentan que gozó de gran fama.
Tras vencer a los enemigos, Ur-Nammu se dedicó a restaurar la paz ausente durante todo el gobierno de los gutis. Los conquistadores extranjeros, según las crónicas, habían provocado la anomía de la producción.
Ur-Nammu, el poderoso, el rey de Sumer y Accad, bajo el poder de Nanna, implantó el derecho en el país y utilizó la fuerza de las armas contra la maldad y la violencia.
Entre todas las medidas que tomó el nuevo rey se encuentra una bastante llamativa: la supresión de los impuestos. Quitó de en medio al “Gran Naviero” y a todos los que confiscaban bueyes, ovejas y onagros -asnos- en Sumer y Accad.
Una demostración de la relación de los impuestos con el sometimiento de los pueblos y la conquista. Este tipo de tributos estaban vinculados a la extracción de la riqueza de las personas que estaban bajo dominio extranjero. La confiscación de los bienes, tomarlos sin pagar por el daño, vendría a ser algo similar.
Los sumerios narran la importancia que tuvo el establecimiento de puntos de referencia tanto en las medidas como en la forma de pago a través del dinero:
Reguló las siete unidades de medida y fijó la sila de bronce, la mina, el sekel de plata y de piedra. Aseguró las riberas del Tigris, las orillas del Éufrates, cuidó de que el presuntuoso encontrase su maestro; la huérfana no se entregue al rico, ni la viuda al potentado. Quien no poseía más que un “sekel” no era entregado a quien tenía toda una “mina”.
Los sumerios se congratulaban de haber conseguido rescatar la importancia de la dignidad humana.
Lo relevante del contenido de esta tablilla es la visión que se tenía de los impuestos, como la importancia que tenían las medidas económicas para que el gobernante fuese ensalzado.
Tras la extracción de riqueza provocada por los gutis, en forma de impuestos y confiscaciones, y la despreocupación por el bienestar material del pueblo sumerio. Ur-Nammu logró, además de vencerlos, restaurar la paz, la estabilidad y la prosperidad. De esta manera el héroe, se convierte en el mito fundacional del periodo de Ur III.
Los impuestos nacen cuando el Estado comienza a expandirse en sus funciones y a tener gastos recurrentes para conquista o defensa.
Las sociedades que vivían del pillaje provocaron la necesidad de establecer una serie de partidas regulares que se requisaban para evitar ser conquistados y que se apropiaran del sacrificio ajeno.
En vez de planear unos gastos y recolectar dinero para cubrirlos, se recaudaba por una necesidad concreta asumida por la sociedad.
De ahí pasamos a que, cuando hablamos de impuestos, estos no tengan una contrapartida en un beneficio concreto para quien sufre la exacción.
Antiguamente, los tributos sí la tenían: cuando se pagaban iban destinados para cosas concretas preestablecidas, conocidas: defensa y conquista.
Un largo camino recorrió la carga que se imponía sobre las personas para que los gobernantes dispusieran a su antojo de los bienes ajenos.
Hoy, se asume la carga tributaria como una necesidad pública, no como lo que es, un retaceo de recursos privados ganados en buena ley, cuyo derecho natural de disposición es de quien los produjo.
Detraerlos sin un destino productivo para el confiscado y para toda la sociedad, es un castigo global. Impide que crezcan más recursos, que se creen condiciones de comercio y producción a la que se integren otras personas, que se apliquen los recursos privados únicamente a acciones beneficiosas, y que la solidaridad se ejerza directamente, sin intermediarios, por quien dispone libre y voluntariamente de sus recursos, para atender necesidades urgentes de sus conciudadanos.
El Estado (los políticos), en nombre de un pseudo interés general, ha desvirtuado a los impuestos, convirtiéndolos en una obligación a su favor sin límite ni racionalidad. Impone gastos que nadie aprobó, abusivos, privilegiados, prebendarios, que generan una carga tributaria que paraliza la creación de más recursos. Dicho estancamiento no se asume como una exageración del político, sino como una responsabilidad egoísta de quien no reparte más, y a quien se le debe imponer obligatoriamente.
Hoy, un tipo de impuestos, los aranceles, son las armas por las que un imperio intenta ordenar la tropa política. Dejando en evidencia el uso bárbaro de los impuestos y el desvarío de una deuda política que es la nueva bomba atómica.
Las experiencias económicas que han reducido la carga tributaria han sido altamente beneficiosas para todos.
Alivia al contribuyente que los impuestos sean sustentables y permitan crear mayores recursos. Gastos innecesarios detraen recursos productivos. Si se libera lo que se obligó a pagar por decisión política, más personas puedan pagarlos sin que le confiscan salario, pasividad, reinversión productiva.
Reducir la carga impositiva ha devuelto al Estado más recursos, alentando la inversión. Una recaudación que priorice al contribuyente evita evadir o estar en la informalidad.
La cobardía de ordenar el presupuesto público desquiciado impide esa adecuación sensata. Alienta a otros políticos con mayor poder de imposición a plantear un impuesto universal a los que ordenan la carga tributaria y promueven inversiones externas que huyen del recaudador abusivo, alienta a arriesgarse.
Los socialistas del siglo XXI son los NUEVOS GUTIS. No tienen límite para requisar lo ajeno.
“Confísquese”, “exprópiese” es la forma posmoderna de conquista, rapiña y asalto sobre su propio pueblo.
Esos, dicen que los liberan.