LIBERTAD Y SUS REVENDEDORES
Dictum de Acton, es una célebre frase acuñada por el historiador católico británico John Emerich Edward Dalberg-Acton , Lord Acton en 1887. Señala que la responsabilidad histórica tiene que completarse con la búsqueda de la responsabilidad legal. “Todo poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente.
Los grandes hombres son casi siempre hombres malos, incluso cuando ejercen influencia y no autoridad: más aún cuando sancionas la tendencia o la certeza de la corrupción con la autoridad”.
Winston Churchill nos recuerda, “La democracia es la peor forma de gobierno, excepto por todas las demás que se han intentado.”
Sigue siendo mejor que el fascismo, el nacional-socialismo, el comunismo o las dictaduras.
Tiene por ahora la ventaja de la alternancia. Una efímera ilusión de cambio que, cada vez más, es únicamente eso.
Después del “fin de la Historia” que muchos expertos predecían posterior a la caída del Muro de Berlín en 1989 y el fin del comunismo, con la victoria del liberalismo democrático se pensaba que el mundo entero sería una gran democracia feliz y prospera.
Actualmente hay más países retrocediendo y cayendo en fuertes autoritarismos; gobiernos que siendo electos desvían su representación hacia la autocracia.
Con democracia se elige el gobierno; no garantiza vivir mejor.
Cada vez sentimos más que las elecciones vienen a reafirmar lo mismo: nuestras vidas no mejoran, más bien, se acentúan los problemas.
Con los años, esa sensación de que las cosas no cambian nos lleva a perder interés, dejamos de participar, no nos sentimos escuchados, optamos por ir a las redes sociales a insultar, o simplemente irnos del país.
Una retorcida interpretación de la democracia actual sigue haciendo de las suyas en el mundo.
Se está trasmutando en Oclocracia o gobierno de la muchedumbre, ‘poder de la turba’; la tiranía de la mayoría.
La oclocracia de la corporación política viene por más, y en algunos sitios, su soberbia les permite decir, sin pudor, que vienen por todo.
Los populismos contemporáneos contraponen su perseverante e hipócrita discurso sobre el “Estado del bienestar”, inútiles esféricos (lo son por todos lados para servir a la sociedad) vienen trabajando duro, hace mucho, en quitar libertades en pos de una utopía paradójicamente liberadora.
La oposición, generalmente una licuada versión liberal, propone apenas aliviar el gasto público sin reformas estructurales del Estado.
La consecuencia política novedosa, es que aparecen opciones que dejan expuestas las inconsistencias, de los primeros para mejorar la calidad de vida colectiva, y la de los otros, en evitar el regreso de los primeros por la misma razón.
Se están produciendo reacciones violentas de outsiders que recogen el desastre acumulado de tantos años de estupro inalterado al productor de los recursos.
Mientras tanto, la pobreza eclosiona.
Alguno, encubre intenciones non sanctas de llegar al mismo lugar, por el camino opuesto: detentar el poder sin restricciones.
Bajo la influencia de Antonio Gramsci, algunos comprendieron que la lucha es cultural: “La conquista del poder cultural es previa a la del poder político y esto se logra mediante la acción concertada de los intelectuales infiltrados en todos los medios de comunicación, controlando la libertad de expresión, especialmente en centros universitarios”.
Buena parte de los que detentan el poder intentan ese camino.
Se han adueñado del lenguaje, de las ideas, del género autopercibido, instalando nuevos paradigmas para garantizarse contar con un constante apoyo popular.
Afirman desear democracia, libertad, prosperidad, diversidad.
Hablan de amor, de luchar contra la pobreza; la evidencia demuestra todo lo contrario.
Bajo el paraguas de esta parodia democrática van buscando aliados.
Por un lado, están sus seguidores más leales, esos que comparten el objetivo político que admite cualquier tipo de manipulación, coinciden en el proyecto, y lo conocen en detalle.
Se suman los intelectuales, que diseñan el relato, para construir la estructura argumental que sostiene el esquema político.
Luego, tratan de globalizarlo.
El componente clientelar aporta masa crítica y electoral.
En este grupo no solo están los que menos tienen que reciben dádivas del asistencialismo, sino también una inmensa lista de personas de baja autoestima y excesivo resentimiento.
Finalmente, un grupo de los que hacen negocio con el régimen.
Pseudo empresarios, que pretenden obtener ventajas económicas, constituyéndose en colaboracionistas.
Dicen en privado que se dan cuenta de lo que está sucediendo, pero su codicia e incapacidad de cambio evidente les impide valorar vivir en una sociedad libre e integrada; eligen el camino de enriquecerse a costa de todos.
La libertad siempre tiene un alto costo para los que creen en ella para vivir en una sociedad armónica.
Es por no custodiar la libertad que se llega a este estado de descomposición.
La negligencia y distracción de su momento, priorizar el presente por sobre el futuro, la cobardía en corregir asimetrías y abusos insoportables, hizo creer a tantos que todo estaba bien, y validar cada avance negativo.
Esto que está pasando es el precio de hacer oídos sordos.
Corregir tantos desvíos acumulados de corrupción convertidos en la forma de vida de una cantidad de personas es una tarea casi imposible.
Al menos, requiere un liderazgo no comprometido con la política, firme y decidido,
Ser claro en el discurso al exponer medidas restrictivas.
Enunciar claramente quiénes van a sufrir y por qué.
Tener autoridad moral para asumir semejante empresa.
Ser consciente de que únicamente puede realizarse dentro del marco democrático-republicano, la libertad individual, el derecho como instrumento de justicia, y la verdad como forma de responsabilidad de errores humanos.
Tener la virtud de negociar con la dignidad del equilibrio, sin abusar del poder circunstancial que genera odios.
Liderar el cambio cultural que invite a continuar mantener el orden, y hacer sustentable vivir con libertad responsable.
Ser libre tiene un costo.
Hoy, como siempre, la frase atribuida a Thomas Jefferson tiene más vigencia que nunca, “el precio de la libertad es su eterna vigilancia”.