L'ÉTAT, C'EST MOI, ET EUX SONT RUINÉS

Otto Eduard Leopold von Bismarck-Schönhausen, príncipe de Bismarck, explicó sin ambages que creó el sistema público de jubilaciones para volver a la población trabajadora dependiente del Estado. Para domesticar a los trabajadores y que no se insubordinen contra el Estado que era de él.

El primer sistema previsional que creó detraía los recursos de los trabajadores, a sabiendas de que la esperanza de vida hacía imposible que su esfuerzo, absorbido por Bismarck, llegara a devolverles algo.

Esto fue el comienzo de una experiencia salvaje de apropiación de recursos privados por la política para hacerse indispensable. Promoviendo ser indispensable por el riesgo de que, si el sistema político afecta o reduce el gasto público, perderemos sus prestaciones, por impresentables que sean.

La independencia que nos da poder disponer de nuestros propios recursos se perdió en ese instante. Ahora, nadie se anima a cambiar o a ordenar el sistema decadente, regresando a sus legítimos dueños un dinero que no cumple ninguna de las finalidades de los supuestos por el que se nos quita. Y dejar que el reparto intergeneracional deje colgado a los que aportaron.

Según el economista Juan Ramón Rallo, el Estado pesa entre el 40 y el 50 % del PIB. Alrededor de la mitad de todo lo que produce una sociedad cada año es absorbido, redistribuido, o consumido, por decisión de la clase política y burocrática del Estado.

Este desborde del peso económico del Estado, que en nada se justifica, abusa del soporte de quienes lo sustentan penosamente y los esclaviza.

Durante la mayor parte del siglo XIX y hasta la primera guerra mundial, época de la primera revolución industrial, el crecimiento económico productivo estalla, el peso promedio del Estado en las economías más desarrolladas y prósperas, rondaba entre el 5 y el 10% del PIB.

En 200 años se multiplicó por 10 veces el porcentaje de incidencia del gasto público con relación al PIB, aunque el Estado es más abúlico y está menos presente, consume más gasto.

El desarrollo del “Estado de Bienestar” es el multiplicador exponencial de esta explosión del gasto público sobre la producción total de cada sociedad, asumiendo la provisión como los de servicios de salud, seguridad social en sentido amplio, y educación. Funciones que antes desempeñaba la sociedad civil a su costo y riesgo, acompañando el crecimiento de las necesidades del mercado, absorbiendo, incluso, presiones de demanda contra el propio Estado.

Esto que pudo ser en principio de un equilibrio para que el Estado llegara a los sectores en ascenso económico, en realidad se transformó en una esclavitud de pagar mucho para no recibir casi nada ajustado al gasto.

El gasto social sustrae recursos para conformar esa dependencia, que paulatinamente sustituyó a los sistemas individuales sin rendir cuentas de la relación costo-beneficio, e incorporando la corrupción de Estado como factor adicional a soportar.

Lo que antes era propiedad de quien producía los recursos, pasó a ser detraido y manejado por el Estado, bajo el relato, “en favor del colectivo”. La mayoría pasó a tener un crecimiento exponencial de impuestos, y una expectativa de recibir a cambio del amanuense público las prestaciones a su voluntad.

El recorte del gasto público, o su drástica disminución, crean una profunda angustia en quien necesita los servicios públicos, garantizada únicamente por la hipocresía del político que sabe que no tiene plata, pero se asegura la continuidad de la exacción y engaña con la “redistribución”.

Así el sistema de seguridad social que incluye la previsión social es un seguro contra contingencias que debieran ser previstas individualmente pues salen de su esfuerzo. La contingencia de desempleo, vejez, invalidez, o muerte, se convirtió en un albur del incontrolable sistema público. Aumentó el gasto y la incertidumbre de la prestación.

Como vemos en muchos países, incluso en el nuestro, desarmar, corregir, y adecuar a la realidad estos sistemas genera una preocupación generalizada. Usada con argucia política para exigir ampliar el abuso a cualquier costo, aunque el colapso de la economía esté científicamente probado.

Las posaderas políticas están montadas sobre la capacidad de ahorro de miles o millones de trabajadores. La sociedad entera ha estado privada de ahorrar durante su etapa productiva, confiando en estos petimetres ocultos en el Estado e infiltrados en sindicatos.

El trabajador y los empleadores dejaron en manos de políticos y burócratas más del 50% de sus recursos, salarios y renta de inversión, para garantizar prestaciones que se destruyen por décadas.

Los sistemas públicos colapsaron, en la previsión social equivale a dejar sin ingresos a los pasivos, que confiaron en que el Estado no quiebra. Lo mismo quienes están aportando hoy; saben que el sistema no es sustentable.

Lo mismo pasa con otras actividades que el Estado asumió detrayendo recursos a los privados, abusó o administró mal, desbordando impiadosamente el gasto público sobre sus esclavos.

Está en riesgo cierto de declararse fundido: la salud pública, la educación, la seguridad, y la justicia están devastadas. Acopia en sus arcas más de la mitad de los recursos que el recaudador saca a la gente.

L'ÉTAT C'EST MOI. Ustedes dependen de mí. Yo manejo todo el dinero que les quito a ustedes, les doy lo que se me antoja.

Cuando antes reconozca: ET EUX SONT RUINÉS, como ocurrió tantas veces en la historia dejará expuesta la verdad: no puede cumplir. Miente lo que ofrece pidiendo más recursos.

En la próxima, el Estado en estado catatónico, sin un amortiguador para devolver sus abusos al sector privado.






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