CARAMBA LÁSTIMA
El Libro de Mario Benedetti Montevideanos es un autorretrato de un empleado público, sus frustraciones, sus devaneos, sus envidias, sus claudicaciones como ser humano fermental.
“El Presupuesto” es una sátira tan real que sucede. Veamos algunos párrafos.
“En nuestra oficina regía el mismo presupuesto desde el año mil novecientos veintitantos, o sea desde una época en que la mayoría de nosotros estábamos luchando con la geografía y con los quebrados.
Sin embargo, el jefe se acordaba del acontecimiento y a veces, cuando el trabajo disminuía, se sentaba familiarmente sobre uno de nuestros escritorios, y así, con las piernas colgantes que mostraban después del pantalón unos inmaculados calcetines blancos, nos relataba con su vieja emoción y las quinientas noventa y ocho palabras de costumbre, el lejano y magnífico día en que su Jefe -él era entonces Oficial Primero- le había palmeado el hombro y le había dicho: “Muchacho, tenemos presupuesto nuevo”, con la sonrisa amplia y satisfecha del que ya ha calculado cuántas camisas podrá comprar con el aumento.
Un nuevo presupuesto es la ambición máxima de una oficina pública.
Nosotros sabíamos que otras dependencias de personal más numeroso que la nuestra, habían obtenido presupuesto cada dos o tres años.
Y las mirábamos desde nuestra pequeña isla administrativa con la misma desesperada resignación con que Robinson veía desfilar los barcos por el horizonte, sabiendo que era tan inútil hacer señales como sentir envidia.
Nuestra envidia o nuestras señales hubieran servido de poco, pues ni en los mejores tiempos pasamos de nueve empleados, y era lógico que nadie se preocupara de una oficina así de reducida.
Como sabíamos que nada ni nadie en el mundo mejoraría nuestros gajes, limitábamos nuestra esperanza a una progresiva reducción de las salidas, y, en base a un cooperativismo harto elemental, lo habíamos logrado en buena parte.
Yo, por ejemplo, pagaba la yerba; el Auxiliar Primero, el té de la tarde; el Auxiliar Segundo, el azúcar; las tostadas el Oficial Primero, y el Oficial Segundo la manteca.
Las dos dactilógrafas y el portero estaban exonerados, pero el Jefe, como ganaba un poco más, pagaba el diario que leíamos todos.”
El masoquismo nunca termina bien.
Vamos en dirección a un país mediocre, berreta, populachero.
Que no despegue, carnavalero de todo el año, triste, entregado, promiscuo en el gasto, lleno de los funcionarios amargados, descontrolado en la reacción violenta, farandulero a la uruguaya, viviendo la vida de otros.
Acrítico con quienes los manejan, convencidos de que siempre se puede estar peor.
Un espacio en el mundo depresivo y deprimente.
De clase media baja.
Como aspiración general ser funcionario público.
Ajenos a la esclavitud de un escritorio y las mil formas de tratar de zafar al principio y entregarse en el medio.
Aumentando la diferencia al extremo entre ricos y pobres económicos y mentales.
Cultos en serio o de cultura “popular.
Ignorantes.
Alejados de emprendedores y creativos, salvo para leer en el diario que otro se hizo millonario simplemente creyendo que lo lograría y superando fracasos.
Un ser que únicamente apuesta a dormir la siesta.
A pervivir sin sobresaltos en el mundo ajeno.
Otro más celeste en la cancha, pero apátrida entre los países mal gobernados.
Que ni siquiera protesta, salvo que lo impulse la bronca; porque sabe que tiene miedo de cambiar.
No quiere mejorar.
Caramba, lástima de no ser más que otro fichero, con manos para dar expedientes.
El sueño pesadilla del burócrata estancado; oculto detrás de un escritorio que odia, al que está encadenado por toda la eternidad, salvo cuando viene la vendedora en cuotas.
Apostamos a la viveza por sobre la virtud.
A la pereza sobre el mérito.
A la cobardía por sobre el riesgo emprender.
Al estancamiento de la condición humana en un salario público miserable.
Es el comunismo siglo XXI.
La pobreza indigna.
Es propia.
La envidia está legalizada por el superior gobierno.
Plenamente justificada porque nunca, jamás, podrás salir de esa cárcel que es la oficina.
El rencor hacia el otro los hace votar como arma de lucha política individual.
En los próximos cinco años el burócrata logrará su venganza.
Todos dejaremos un poco de existir, de valer para el mundo como colectivo inteligente e inteligible.
Nos sentiremos todos víctimas y victimarios.
Suicidas, para no sentirnos culpables del desatino.
Una bronca sale de la boca del estómago, porque ni siquiera nos lo impusieron; lo eligieron por abrumadora mayoría por nosotros que no supimos evitarlo, una pléyade de desesperados que no supimos oir.
Caramba, lástima, dijo Benedetti, y esta vez tuvo razón.