UN FRACASO GARANTIZADO
¿Por qué fracasan todos los gobiernos?
Recurrentemente vemos decisiones ridículas que adoptan los primeros mandatarios, ministros, intendentes, etc., denunciadas por cientos de youtubers que sarcásticamente exponen los bestialismos impresentables de sus gobernantes actuales o futuros.
Lo mismo la intrascendencia de sus decisiones, absolutamente atemporales con las necesidades de solución y las prioridades de quienes los padecen.
El fracaso es universal, y se profundiza a medida que se eternizan los mismos integrantes en el elenco gubernamental. La alternancia da un refreshing que alienta falsamente una acción política más eficaz y eficiente, pero que vuelve a fracasar, o no llega nunca a colmar las expectativas prometidas.
El rechazo es mayor cuanto más inoperante es el encargado del Ejecutivo en domeñar las veleidades de sus subalternos y familiares; y en particular, cuando el gobernante los selecciona con un sesgo ideológico o por confianza política.
La división de poderes se ha convertido además en un zoológico humano, en el que la coherencia, la eficacia, y las prioridades de los más postergados se analiza con la velocidad de tortuga embarazada.
Las promesas fáciles de copiar obras faraónicas sin evaluación mínima de riesgo, costo-beneficio, o prioridad social, es alarmante.
Países con altísimo grado de pobreza tienen paradójicamente los peores gobernantes.
Pueden prometer con impudicia un tren bala para recorrer trayectos que marcan a dedo en un plano, o desarrollar satélites interestelares de gestión pública.
Los gobernantes actúan de espaldas a la sociedad civil.
Saben más de precios que el consumidor, pueden comprometer la función empresarial mucho mejor que el sector privado.
Ellos, sus ministros y asesores, sí saben cubrir necesidades básicas confiscando recursos de otros, priorizando la de ellos.
Generar empleo por decreto, proporcionar educación con tecnología actualizada que ellos desconocen, construir infraestructura y vivienda a pérdida de otros, arbitrar justicia imparcialmente para los demás, dejando a salvo el abuso de funciones.
El fracaso está inevitablemente garantizado.
Nunca tomarían las mismas decisiones en su empresa propia.
No harían semejantes dislates arriesgando recursos propios, ni mantendría un minuto elenco de bastarda calidad si los sueldos los pagara de su propio peculio.
Sin embargo, impuesto en un cargo político, nos hacen soportar la insensatez de poner nuestros recursos en manos porosas, con el argumento de que ellos saben lo que la sociedad entera necesita.
Están a cargo de las más disímiles áreas de una empresa colosal, manejan un país talenteando, absolutamente independientes de la realidad.
Hacen y deshacen “a piacere”, asignando prioridades según compromisos políticos previos que argumentan para sus barbaridades.
Ya a finales del siglo XVIII algunos pensadores eran conscientes de la desconexión del político con esa sociedad civil, la asimetría de los impuestos que estorbaban el desarrollo económico, las regulaciones absurdas dictadas por incapaces para regodearse de su poder públicamente, y las decisiones políticas en la economía que hacían insustentables al resto de la actividad productiva de recursos, que ya estaban gastados.
Jovellanos, pensador asturiano, que deberían conocer TODOS nuestros políticos, en 1795 escribió su famoso Informe de Ley Agraria, en la que trataba de concretar los principales males que aquejaban a la agricultura de finales del S. XVIII.
Los estorbos morales o derivados de la opinión, según Gaspar de Jovellanos.
Veremos esta réplica prístina de la demagogia, estulticia y procrastinación que mereció el informe final por El Sr. D. Gaspar Melchor de Jovellanos, a nombre de la Junta encargada de su formación, y con arreglo a sus opiniones”.
Un resumen histórico de trámite procaz en el que la política expone su incapacidad de decidir, que se prolonga con mayor énfasis en nuestra época cibernética con efectos devastadores, para repasar después, de manera esquemática, los males tradicionales, insuperables, de la praxeología política en el siglo XXI.