NUESTRO SÍNDROME DE ESTOCOLMO

En la ciudad de Estocolmo, dos ladrones tomaron de rehenes a las personas que trabajaban en un banco. Cuando todo acabó, una rehén se negaba a salir del lugar. Al preguntarle el motivo, dijo que se sentía más segura dentro, con los ladrones, que afuera.


Ese síndrome afecta a las víctimas de los abusadores, quienes sienten que están mejor dentro de esa relación que fuera. Esto sucede a las personas en situación de sujeción, mentalmente imposibilitadas de salir de esa cárcel después de haber vivido prisioneras, porque la prisión les produce cierta seguridad.


El estatista político nos hace creer que soportar un Estado obeso, inútil y corrupto es inevitable. Sentimos miedo de que, sin su control, quedemos expuestos a nuestra propia responsabilidad.


No se puede hacer nada para ponerlo a dieta porque estamos convencidos de que sería como dispararnos en el pie.


Las corporaciones le piden más privilegios y los obtienen siempre del mismo cuero: el nuestro.


Nos han convencido de que tener saldos rojos eternos es normal. Conseguir financiamiento para cubrir sus exabruptos presupuestales es considerado razonable para satisfacer al operador político.


Creemos que, si les pedimos cuentas del desastre que nos obligan a soportar —pagando por ello—, somos responsables de matar de hambre a, al menos, la mitad de la sociedad. Nos imponen la idea de que no es el gasto del Estado el que nunca tiene recursos para atender sus demandas; creen que es nuestra culpa por pagar poco.


No se puede pedir explicaciones sobre el efecto tétrico del gasto descontrolado porque "interferimos con la ingeniería tributaria", que se afana en encontrar el sistema ideal para que paguemos cada vez más y soñemos que eso nos hará vivir mejor colectivamente, aunque nunca suceda.


Manifestar dudas sobre corrupción o denunciarla "in fraganti" es un acto que “judicializa la política”. Esto pone en riesgo que la Justicia abuse de su posición dominante respecto del político o la utilice para perseguir corruptos idénticos que, previamente, crearon el precedente válido de quedar impunes.


Tener orden en las cuentas es para los tontos de siempre que pagan la fiesta del Estado. Si algo hay que ajustar, será nuestro bolsillo, nunca el de ellos.


Pedir que no hagan nepotismo, amiguismo sexual, compañerismo ideológico o reparto de prebendas a nuestra costa es, según ellos, una supina imbecilidad.


El Estado “es nuestro”. Sus soportes humanos son “nuestros representantes”. Dudar de que hacen lo mejor por nosotros, y que les salga mal, es culpa nuestra.


Para competir en el saqueo estatal, doblegan al sector privado haciéndole imposible la existencia. El cohecho "aceita" trámites difíciles y ayuda a proveerles recursos "non sanctos" para gastos personales. Para coimear se necesitan dos, como para el tango, pero es de iniciativa estatal.


Para defendernos del abuso del Ejecutivo, les pagamos a los parlamentarios, cuyos obscenos salarios y privilegios acuerdan con quienes deberían controlar.


Somos una sucesión infame de la que somos el jamón del sándwich.


Es una percepción nuestra que no vivimos bien en relación con lo que les pagamos. Mejor es imposible. Peor, en la próxima elección.


Ser burócrata político es para pocos. Se alternan en los cargos entre opositores y gobernantes para hacer justicia social... entre ellos.


Nos solucionan casi todo: el tipo de cambio, la tasa de interés, e incluso nos dan cuotas y descuentos para pagarles el óbolo.


Los precios públicos y el endeudamiento del Estado hacen más fácil que nuestra descendencia pague sólo los intereses.


Cada vez que inventamos un resquicio de libertad, te encajan un nuevo impuesto. La recaudación es lo primero; después, la patria, el cuadro del corazón y todo el barullo.


En tiempo electoral no hay deuda que les impida hacer regalitos. La cuenta, como en el tango, la pagan los otarios.


Casi todos asumen el cargo político, recibido por mandato popular, como una oportunidad para salir de la pobreza o la mediocridad debida a su falta de preparación. Por ello, tratan de eternizarse a cualquier precio, conscientes de que perderlo significa retrotraerse a la incómoda posición inicial. Algunos se aseguran de que el aterrizaje sea placentero.


Creo que algunos dictadores se mantienen en el poder para amenazarnos con que podemos estar peor y hacernos conformar con que todavía no estamos tan mal.


Se va a acabar. Desde el cargo público, robar.

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