LO QUE REALMENTE ESTÁ EN CRISIS
El 25 de enero se cumplirán 60 años de la desaparición física de Sir Winston Churchill.
A lo largo de su vida Churchill sufrió diversas enfermedades: bronquitis, neumonías, ictérica, accidentes cerebrovasculares y tuvo una angina de pecho, a la vez que fumaba miles de habanos y bebía hectolitros de alcohol.
Sin embargo, sostenía a sus 90 años que el tabaco y el whisky le habían dado a su vida más de lo que le habían quitado.
Había ganado una guerra muy violenta con un imperio que no estaba preparado para defenderse, a pesar de haber sido uno de los pocos que advirtió el peligro del nazismo, y luego del salinismo.
Fue laureado con el Premio Nobel de Literatura por sus escritos, que abarcaban la historia de Inglaterra y la última contienda.
Aún así, perdió las elecciones de 1946 ante los laboristas.
Su médico y confidente, el Dr. Charles McMoran Wilson, en una charla privada con el entonces ex primer ministro, se quejó de la ingratitud del pueblo inglés hacia Churchill, a quien Moran creía el mejor ministro desde los tiempos de Lord Chatham (dos siglos antes).
Churchill le contestó: “Pues no lo veo así, les hemos pedido demasiado. La política es más peligrosa que la guerra porque en esta mueres una vez, en política mueres muchas veces...”.
Sir Winston perseveró y ganó las elecciones de 1951, permaneciendo en el poder por cuatro años más, hasta 1955, cuando renunció a su carrera política.
Merecía gozar de un descanso, aunque no era un hombre para quedarse tranquilo en su casa.
Pintó, escribió y viajó por Europa.
El magnate Aristóteles Onassis lo invitaba a navegar en su yate “Christina”, y cada vez que pasaba frente a Galípoli pedía que lo hicieran de noche para no recordar lo que fue su gran derrota como Lord del almirantazgo en la Primera Guerra.
Ya casi no leía y hablaba poco. Se estaba hundiendo en lo que llamaba sus “perros negros”.
Pasaba horas sentado entre almohadones en los que parecía cada vez más pequeño mientras miraba el fuego que ardía en la chimenea.
Solo él, sus recuerdos, y esos “perros negros” que lo hundían en una melancolía que llevaba a cuestas desde hacía años.
El 30 de noviembre de 1964 fue la última vez que salió a saludar a una multitud que se había reunido para homenajearlo por su cumpleaños número 90 frente a su hogar en el 27 Hyde Park Gate.
Apenas saludó a la multitud, entre emocionado e intimidado.
Después, guardó silencio.
Casi no abandonaba su cama donde había escrito sus mejores textos.
Poco antes de Navidad, Churchill se resfrió, pero su fragilidad era tal que Lord Moran acudió a ver a su paciente desde 1940.
Durante la guerra lo había acompañado en todos los viajes durante el conflicto, compartiendo el mismo cuarto, donde hablaban de temas concernientes a la contienda y las negociaciones entre aliados.
Lord Moran estaba cuando Churchill caía en esos pozos depresivos que lo acompañaban desde la juventud, pero que cada día se hacían más frecuentes.
Esos “perros negros” lo mordían cuando se sucedían las derrotas, los bombardeos de Londres, cuando se emocionaba diciendo que, ”nunca antes tantos le debieron tanto a tan pocos”, refiriéndose a los pilotos ingleses durante la Batalla de Inglaterra, o cuando los japoneses derrotaban a las fuerzas del imperio, o cuando leía las interminables listas de bajas.
Entonces sentía los dientes de esos perros negros que laceraban su mente.
Solo en su momento más dramáticos, cuando debía dar los discursos para elevar el ánimo de una nación, “Lucharemos en las calles, en las playas, en las montañas”, o cuando solo tenía “sangre, polvo, sudor y lágrimas” para ofrecer, Lord Moran le administraba una anfetamina para levantar el ánimo; y así el espíritu del imperio.
El mismo Winston Churchill reconocía al médico como un buen amigo, “al que probablemente le deba la vida”.
En 1964, Churchill comenzó a mostrar signos de deterioro mental.
Sus dos médicos asistentes, Moran y Brain, comunicaron al público que sir Winston acababa de sufrir un accidente cerebrovascular.
Poco antes, Churchill le había dicho a su yerno: “Estoy aburrido de todo”.
Después se hundió en un estupor que auguraba un pronto desenlace.
Fue el mismo Moran quien se encargó de comunicar a la multitud que se agolpaba fuera de la casa del ex primer ministro que estaba atravesando sus momentos finales.
La familia fue convocada.
El mayordomo de Churchill, Roy Howell, fue el encargado de avisar a los que esperaban en la recepción de la casa que era el momento de despedirse.
Lady Churchill y su hija se arrodillaron frente a la cama de Sir Winston.
De a poco, todos los presentes las imitaron.
Pocos en este siglo XXI entienden la dimensión humana de un prócer al que TODOS les debemos decisiones políticas determinantes para la LIBERTAD del mundo.
Un hombre, nada más ni nada menos; simplemente eso, al que todos creían de bronce, pero era de carne y hueso, con su fragilidad, sus defectos y virtudes.
Por este ejemplo de vida entregada sin retaceo al quehacer político, podemos decir hoy que lo que está realmente en crisis para defender al individuo, su derecho a la vida, a la propiedad y a la libertad, no es la política, mucho menos la democracia, o el republicanismo.
Esas son las formas de las instituciones que Churchill definiera certeramente: "La democracia es la peor forma de gobierno, exceptuando a todas las demás".
Lo que realmente está en crisis es la condición humana de quienes ejercen la política, que siendo personas, fracasan en valores e ideales.
No pueden estar a la altura de las circunstancias, ni de los zapatos del dignísimo Lord inglés.