LA CULTURA DE LA CANCELACIÓN - Parte 2

Muchos dicen que no tenemos una democracia plena. Otros, comparan la realidad de la mayoría de los países particularmente de Hispanoamérica, y consideran que nuestra democracia es plena y ejemplar.

Los números de estancamiento económico y social, uno consecuencia del otro, se retroalimentan, marcando que el ejercicio pleno de una democracia que funcione como gobierno de TODO el pueblo, debe ser inclusivo de la mayoría mayor y la minoría. Eso, aquí, no estaría funcionando.

El estancamiento económico fue el escenario en el cual se desenvolvió la sociedad uruguaya desde mediados del siglo XX hasta principios del actual.

Como surge de las estadísticas económicas, desde que se llevan de forma sistemática, el principal problema económico del país ha sido el muy magro desempeño en materia de crecimiento. Eso desencadenó la decadencia educativa y de seguridad públicas.

Estamos hablando de tasas de crecimiento muy bajas: en el período 1955-2004. Niveles de crecimiento per cápita fueron del orden del 1 % acumulativo anual.

Esto significa que un uruguayo debía de esperar 70 años para duplicar la cantidad de bienes y servicios a su disposición. Es decir que había que esperar 3 generaciones de uruguayos para duplicar la disponibilidad de bienes y servicios por habitante. De bisabuelo a bisnieto, ese era el período vital en el cual los uruguayos podíamos aspirar a duplicar nuestras condiciones de vida, si ellas fueran medidas a partir de la disponibilidad de bienes y servicios y en términos promedio.

Si se toma como referencia un ámbito más amplio, el de los países de América Latina y el Caribe, Uruguay tuvo de los peores desempeños y, en el período de 50 años citado, perdió posiciones en materia económica.

Si se compara nuestro desempeño con países con los cuales compartíamos posiciones (Australia y Nueva Zelanda) se observa que experimentamos un alejamiento progresivo.

Los reiterados planteos acerca de la “viabilidad” del país que tan frecuentemente se escuchaban en el pasado no tan lejano eran una de las expresiones de deseo en el estado de ánimo de la ciudadanía dado el estancamiento económico.

Hemos jugado al empate en lo económico y perdemos por goleada en lo social.

No se puede definir que gobierna todo el pueblo cuando el juego es cancelar al otro, o mostrarse autocancelado para dejar expuestas pseudo diferencias, que no operan en el momento de proponer cambios electorales. Particularmente porque el espacio fiscal sin crecimiento es muy estrecho.

Nuestra violada democracia ha intentado con exitoso fracaso superar la cultura de la cancelación; legado insuperable la contradicción violenta de la “guerra fría”. 

Dos posiciones antagónicas de concebir la organización social en pugna, confrontaban en todos los terrenos. En el político, en el educativo, en el económico, en el laboral, obviamente, con repercusión social.

Cual partícipe de una justa deportiva la sociedad se fue dividiendo en buenos y malos, justos y pecadores, amigos-enemigos.

Hacer un análisis con cabeza abierta sobre decisiones gubernamentales imprescindibles exponía a una parte a ser defenestrada por la otra, odiada, y deturpada, aunque en el fondo hubiera coincidencia técnica en las pocas alternativas de cambio y mejora en comunidad.

Una nube de imbecilidad intencional sobrevolaba la cabeza del contradictor, absolutamente incapaz de aceptar la tozuda realidad, en oposición a su objetivo. Primó, hasta la clase social a la que pertenecía como hincha para rechazar el ordenamiento imprescindible, hasta el límite de morir de hambre peleando. 

Como dijo Ismael Serrano: “la única lucha que se pierde es la que se abandona. Nadie dijo que fuera fácil. ¡A seguir peleándola!”. Y mientras tanto, el estancamiento reproducía los argumentos para luchar como un virus.

No hay tiempo en reanalizar la validez de sus objetivos. Los ideales predefinidos hacen imposible que pueda pensar diferente, con honestidad intelectual y de procederes.

La utopía es prefabricada. Adoctrina. Toda acción, por inmoral o inhumana que sea, es un costo marginal imprescindible para cambiar el sistema por algo indefinido en construcción.

El viejo espíritu haragán convalida lo absurdo, lo contradictorio para mejorar la condición deplorable de personas sufriendo. El tránsito se utiliza como excusa. Ya alguien pensó; nos dio el manual del buen militante, o del traidor. 

El objetivo es sensacional: terminar con la pobreza en que se está inmerso, o, con la riqueza de otros. Compartir la pobreza para muchos es épico. Qué importa que la teoría puesta en práctica haya recogido únicamente fracasos anti humanos estrepitosos.

La racionalidad, la moral, la ética, y la razón sustituida por la épica. La orden de cancelar al enemigo que piensa distinto, partícipe de una horda bestial. Unidos y adelante hacia el exterminio de los demás, fueren familia o amigos.

En este último período de gobierno, como en oportunidades anteriores, el gobierno promovió el diálogo con la izquierda. Se intentó armar mesas de análisis y discusión de temas que requerían políticas de Estado: educación, seguridad, previsión social. Consensuar bases de acción que se extendieran por más de un período. Los batieron en derrota.

La minoría con representación parlamentaria hizo gala de intransigencia; la mayoría merecía un agravio ad hominen, había exhibido actos contrarios al pensamiento único in totum.

Fracasada en formalidad democrática la negociación, movilizó las huestes sindicales o los “movimientos sociales” para asegurar el statu quo. Dejar las cosas sin solución, apelando al plebiscito como forma de impedir.

Un daño autoinfligido. Por encima del padecimiento nacional en tantas áreas sensibles, urgencia de personas infelices, sometidas al objetivo supremo, derrotar a otros uruguayos, morir todos en el intento de alcanzar el poder.

Consensuar con quien piensa distinto es renegar principios innegociables de lucha. No está permitido por la estructura superior internacional que controla. Alianza que promueve destruir este sistema para reconstruir otro indeterminado. ¿Para qué, cómo, vale la pena socavar tantos valores?

Una utopía difuminada en la niebla de anteriores fracasos inhumanos, inexcusables, con un costo fatal de seres humanos sacrificados en el altar de la intransigencia.

La cultura de la cancelación de la democracia plena, la única y real, nos condena.

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