EL PROGRESISMO CONSERVADOR - Parte 2

Atlas, en la mitología griega, era el titán condenado por Zeus a sostener la bóveda celeste sobre sus hombros.

En La rebelión de Atlas, monumental novela de Ayn Rand, este titán se utiliza como metáfora que representa a los individuos productivos de la sociedad: empresarios visionarios y trabajadores competentes que, mediante su dedicación, sacrificio y buen hacer, sostienen el mundo. 

¿Qué pasaría si Atlas, cansado de cargar con el peso de los cielos, harto de ser maltratado y humillado, decidiera rebelarse y sacudirse los hombros?

Ese proceso está avanzando en Occidente, y en Uruguay está inmerso en ese agotamiento.

Tuvo intentos en algunos gobiernos que musitaban ser liberales desde el año 1985, que no pudieron con un país gris. Un sistema político extractivo de recursos que ha colapsado y quieren conservar a prepo.

Los gobiernos progre, han abortado todos los intentos de ordenar el gasto público. Su objetivo declarado es que el Estado concentre todo. O sea, que el sistema reviente dejando únicamente dos alternativas.

Un proceso urgente de desmantelamiento del Estado obeso, insoportable, devolver sus vitaminas a Atlas agotado, a punto del colapso, que sacuda el peso creciente de mantener parásitos. O persistir conservadoramente en este camino, por el que únicamente el autoritarismo conseguirá extraer el último aliento de Atlas; pero, que según los progresistas nos evita el sacrificio de cambiar.

Han llevado a la degeneración del expolio a Atlas. Les ha sido sencillo convencer culturalmente a la enorme mayoría de que cambiar es imposible. Es menos sacrificado persistir en el estancamiento productivo, el retroceso cultural, acrecer la pobreza económica y mental, convenciendo que el asistencialismo es el camino solidario, igualitario y de justicia social.

Todo lo que antes el Estado hacía eficaz y eficientemente en cumplimiento de sus obligaciones normales: seguridad, justicia, y defensa, lo han deteriorado, arrastrando al colapso al resto de las actividades públicas que llaman paradójicamente la nueva agenda de derechos. Han hecho que la obesidad mórbida del gasto público esté colapsando, y con ella, las actividades esenciales.

Atlas no da más.

En nuestro país, como en la mayoría de los occidentales, está en crisis todo lo público. Obligan a Atlas a soportar con impuestos que multiplican exponencialmente, nuevos ministerios, nuevos cargos políticos, una educación pública fracasada, tanto como la salud pública, la seguridad pública, la justicia pública, las fallidas empresas públicas, la previsión social pública, la seguridad social pública, y la heterogeneidad de acciones públicas que agregan para avanzar sobre todo recurso.

Nos levantamos para ver el humor del político a cargo. Cómo nos impactarán nuevos impuestos sobre nuestra economía doméstica.

Los progresistas conservadores avanzan asumiendo que los recursos de todos son de ellos.

Esto fomenta especuladores que ante la inseguridad económica del sistema lucran con préstamos al consumo. Duplican la carga de los que aún pueden pagar servicios privados, además, de los servicios públicos inútiles. Una cadena de publicistas del conservadurismo progre cada día trabajan en pos de justificar el avance sobre los recursos ajenos, exponiendo que hay más necesidades que atender.

Las empresas privadas nacionales se acostumbraron a depender del gobierno. Hacen una penca en el período electoral para apostar a ganador. Auspician a los progre conservadores; perder sus prebendas equivaldría a exponerse a competir con el lastre del costo abultado de sostener al Estado; que les condicionen la viabilidad productiva a préstamos públicos, perder exenciones públicas, soportar licitaciones abiertas, estar expuestos a convenios de pago de deudas públicas imparcialmente.

Los que aspiran a un empleo público, dado que Atlas está agotado, saben que el progre conservadurismo tiene su ventanilla siempre abierta. Ellos jugarán a que trabajan poco y nada, y el gobierno juega a que les paga poco y nada. Queda la expectativa de la presión sindical comunista, de ajustar salarios superiores a otro impuesto infame sujeto a la veleidad del gobierno: la inflación. El impuesto inflacionario lo pagan todos, es de fácil recaudación (está incluido en todos los precios) y su monto varía según la vena del gobierno. Se suma a otros impuestos siempre insuficientes invento de los progre: al trabajo, a la pasividad, al ingreso proporcional para financiar la salud pública.

El peso del Estado progre conservador hace imposible cumplir con todos los impuestos departamentales y nacionales. Igual, agrega el impuesto inflacionario que ajusta según el sobre endeudamiento presupuestal. Evadir es un deporte nacional de sobrevivencia. Ya habrá una amnistía política cuando requieran más recursos al haber superado la curva de Laffer.

Nos acostumbran a sobrevivir a un Estado cada vez más anómico, más inoperante, al que agregan nuevas actividades, abarcando (socializando) las que se funden en el sector privado, para que el progre conserve sus privilegios. Desapareció la igualdad ante la ley.

El Uruguay, como la mayoría de los países infectados de progresismo conservador, no da más.

El último gobierno intentó levemente ordenar el gasto. Fue eficaz enfrentando a la pandemia y a la sequía, pese a que Atlas estaba agotado. Prometió perseverar en reducir el déficit fiscal. Poner a dieta a los que viven del Estado.

La respuesta contundente de la mayoría fue: NO QUIERE CAMBIAR.

El destino inexorable de otro gobierno progresista conservador de la decadencia.

Mienten que continuarán con el orden fiscal.

Avanzarán más sobre ATLAS, que se sacude los hombros haciendo que más personas caigan de su nivel de vida a la pobreza.

Ese es su negocio.

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