EL MITO DE LA DESIGUALDAD

La izquierda ha impuesto un relato perverso sobre desigualdad: “hay que combatirla porque multiplica la pobreza”.

La verdad es el efecto contraproducente del intervencionismo económico de la política, explotando términos como “promoción de la igualdad y equidad”, que multiplica y eterniza el número de pobres.

Desconocen adrede la importancia del desarrollo económico propiciado por los modelos de mercado abierto y libre comercio, única experiencia comprobada de mejorar oportunidades.

Desde la caída del “socialismo real” la izquierda reinventó su retórica política confrontativa, con discursos de la “lucha contra la desigualdad”.

De forma acrítica y cobarde, este relato ha sido incorporado por pseudo-liberales de centro-izquierda y derecha, que no se animan a ordenar el gasto público, devolviéndole recursos a los sectores productivos para que el crecimiento económico los multiplique, y permita formar, educar y reinsertar a los sectores más desfavorecidos.

En nombre de la “lucha contra la desigualdad” sostienen un Estado con un gasto político insoportable, encubriéndolo con propuestas de castigar con impuestos a las rentas “altas” y los grandes patrimonios,

Las tesis de Piketty o los trabajos de Oxfam, que pretendieron reforzar el intervencionismo económico, con la excusa de la desigualdad, para desestabilizar las economías privadas, penetrándola con corrupción estatal, han sido refutadas con evidencia.

Pensar en “suma cero”, que lo que gana un individuo o grupo social lo pierde otro, o que la gente sólo puede enriquecerse a costa de los demás, promueven políticas gubernamentales de redistribución de los ricos a los desaventajados. El crecimiento de la mentalidad “suma cero” se elevó en las crisis de los años 70 del siglo pasado. Tiene que ver con la envidia del éxito ajeno, la desmotivación para el esfuerzo ante el convencimiento de que no aporta recompensa, o el desaliento del desarrollo económico a largo plazo. Ignora adrede que, sin creación de riqueza la redistribución de recursos a los más infelices es hipocresía.

Estos relatos populares en votos, traducen preferencia por políticas económicas obsesionadas con penalizar, obstaculizar, gravar y perseguir la creación de riqueza. Creando un emprendimiento paralelo de amiguismo, corrupción e informalidad, imprescindible para subsistir en ese expolio.

En los últimos doscientos años la población mundial se ha multiplicado por ocho, pero la renta media se ha multiplicado por quince.

Durante este periodo la tasa global de pobreza ha caído del 90 al 9 %, la esperanza de vida ha aumentado de menos de 30 a más de 70 años y el analfabetismo se ha desplomado.

En las décadas más recientes, la mortalidad infantil se ha reducido hasta por debajo del 4 %, la prevalencia de la desnutrición ha caído un 25 por ciento y los años de vida perdidos por enfermedades han bajado un 30 %.

Es falso que el ahorro de recursos privados para invertirlos a largo plazo (capitalismo), haya conducido al colapso y desigualdad del bienestar. Los indicadores de desarrollo han mejorado para todos de forma sustancial.

La igualdad no es sinónimo de progreso y la desigualdad no implica menos prosperidad. Hay países con estructura de ingresos muy equitativa, y niveles de renta per cápita de otros más desiguales en ingresos. La desigualdad no implica que no mejoren todos, aún los pobres.

Los países con economías más libres tienen un nivel de renta diez veces mayor que el de los modelos socialistas e intervencionistas, y la desigualdad de renta es menor.

Un mayor peso del Estado en la economía conduce a una mayor desigualdad, absorbe y gasta mal los recursos, quitando espacio para asistir a la formación laboral de los más pobres.

En términos de riqueza promedio, el patrimonio del ciudadano medio se ha multiplicado por siete durante el último medio siglo, sobre todo por la mejora de las tasas de vivienda en propiedad y el crecimiento del ahorro financiero aplicado a inversión y generador de empleo.

El porcentaje de riqueza en manos del 1 % más acaudalado ha caído. Está repartida en miles de accionistas de diverso caudal. La riqueza controlada por las élites económicas suponía el 75 % del total a comienzos del siglo XX, y ahora su peso relativo ronda el 25 %.

Desde 1960, el costo relativo de numerosos bienes y servicios ha experimentando una de las mayores caídas del mundo desarrollado en el número de horas de trabajo requeridas para obtener ingresos para necesidades básicas. La abundancia observada en el acceso a tales recursos es hoy 18 veces mayor.

Los ricos suben y bajan, no son los mismos de mañana. El 70 por ciento de los grandes patrimonios a nivel mundial corresponden a personas hechas a sí mismas desde 0 con creatividad y esfuerzo.

La incidencia de los gravámenes sobre la renta tiene un peso anecdótico sobre la reducción de la desigualdad. El efecto del Impuesto sobre el Patrimonio aumenta la desigualdad de ingresos.

Las políticas inflacionarias resultan tremendamente regresivas, igual que con la ineficiencia de las transferencias y ayudas sociales eternas. El “Estado de Bienestar” tiene un efecto menor en la reducción real de la desigualdad de ingresos, pero devastador en el crecimiento de las oportunidades.

La clave está en bajar la presión fiscal y ordenar y hacer eficaz el gasto del Estado.

Limitar el crecimiento económico aplicando impuestos al sector medio y alto, reduce natalidad, ajusta el gasto familiar por el asfixiante control del recaudador, y MULTIPLICA LA POBREZA. Produce una competencia desleal: el que puede evadir impuestos crece y el aportante decrece.



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