EL ESTATISMO MUTANTE - Parte 1

En 1990 los economistas Rudi Dornbusch, alemán, y Sebastián Edwards, chileno, escribieron “La macroeconomía del populismo en América Latina”, publicado en el Journal of Economic Perspectives.
Explican las diferentes etapas del ciclo populista en la región, que, como todo ciclo, vuelve al punto de partida. Promete resolver su propia culpa.

Comienza con una expansión fogueada por un crecimiento no sostenible del Estado, le sigue el estancamiento, cuando el modelo empieza a evidenciar sus falencias, ante la falta de incentivos a la inversión. Y, finalmente, la crisis, cuando el modelo colapsa bajo su propio peso ante la imposibilidad de generar crecimiento genuino.

Dicho ensayo refleja la historia económica de América Latina de los últimos 20 años. Su acierto quedó de manifiesto con la publicación de los últimos datos de pobreza de la región, un porcentaje similar al que teníamos en 2004. Casi dos décadas de profundización del estatismo para que, con idas y vueltas, tengamos la misma tasa de pobreza.

Para salir de este ciclo se necesita un diagnóstico correcto. Muchas veces se confunden soluciones con los paliativos.

Por ejemplo, hablamos de pobreza y pensamos en la asistencia social. Hablamos de indigencia y discutimos profundizar el rol asistencialista, los comedores y refugios. Son medidas importantes para aquellos que las necesitan, pero, son los paliativos diseñados para ayudar a las personas que están en una situación vulnerable.
 Los mantiene estancados.

No son la solución a la indigencia y la pobreza. Abusar del asistencialismo ha generado corrupción, desorden del gasto clientelar, no forma personas para escalar en el trabajo, sino vagos, mano de obra informal que sirve al narco menudeo, poblando las cárceles de familias asistidas.

La variable que mejor explica la mejora en la calidad de vida, la reducción de la pobreza, la mejora en la salud, acceso a educación y demás, es el crecimiento económico.

No porque derrame dinero al que no tiene, sino porque genera recursos para, oportunidades laborales, dignifica formándolos. Deja de considerarlos un problema, para darles herramientas que les permita realmente superar su condición de base y ascender económica y socialmente.

O sea, sin crecimiento, no podemos apostar a solucionar nada más.

Necesitamos ordenar la macroeconomía del gasto público, devolver recursos al sector privado, para que los aplique mejor que el político o el burócrata. Aliviar el peso del Estado, para empezar a crecer.

Apostar a una reducción de la pobreza multiplicando el gasto político estatal, destruir la sustentabilidad de la macro sin crecimiento económico, es como querer contener una inundación con un balde. No cambiará la tendencia.

Nuestros países necesitan una verdadera revolución del crecimiento, sin la cual los debates sobre desarrollo, salud, educación, e inclusión, son prácticamente estériles en tiempos de cambios cuánticos.

Los recursos productivos debieran reorientarse hacia las actividades competitivas con los monopolios públicos. Cuando se crea competencia se abre la caja de pandora que el burócrata oculta; se multiplica eficiencia, corrigiendo el abuso público. Implica abandonar la cultura del proteccionismo, poner en evidencia el desastre del emprendedurismo de Estado, exponer el gasto fútil de recursos que enterraron.

El sector público debe cambiar su lógica de funcionamiento. Dejar de ser un generador de rentas para grupos particulares y, en cambio, ser un garante de reglas de juego para todos, igualitariamente. Sin politiquería carísima, privilegios, prebendas o corruptelas, que, tienen su origen en un político o burócrata con escritorio y secretaria.

La reforma del Estado no se hace pensando solo en las generaciones actuales, sino en las futuras.
Profundizar el modelo estatista implica, no solamente que ahora viviremos peor, sino que por varias generaciones pagarán ese alto costo sin haber tenido posibilidad de decidir.

Países estancados, que proyectan tasas de crecimiento negativas, o vinculadas a circunstancias externas, condenan a todos por igual al estancamiento, al retroceso, o la pobreza.

El estatismo gastó tantos recursos que el sector privado no tiene potencial para despegar. Si los estatistas dejaran crecer los recursos, inicialmente habría un despegue del sector productivo, luego, más recursos para aplicar sensatamente a la reducción de la pobreza. La recuperación se sentiría pronto, y se proyectaría sustentable en la confianza de la estabilidad.

La macroeconomía aplicada por el "populismo" hace hincapié en el crecimiento y la redistribución del ingreso, minimiza los riesgos de la inflación y el financiamiento deficitario, las restricciones externas al crédito y la reacción de los agentes económicos ante las políticas "agresivas" que operan fuera del mercado.

Las experiencias de política estatistas en diferentes países y periodos tienen rasgos comunes desde las condiciones iniciales: la motivación demagógica e irresponsable de las políticas, el argumento falaz de que las condiciones del país permiten repartir más ahora, cuando en realidad lo que se necesita es parar el abuso del gasto público insostenible.

Lo aplican, intransigentemente, pese a evidencias empíricas inexorables de catástrofes crecientes hasta el colapso final.

Las políticas populistas de estatización fallan siempre; y cuando fallan, lo hacen siempre a un costo inmenso para los que supuestamente iban a ser favorecidos.

Y para todos los demás, salvo los corruptos estatistas mutantes, que exigen más asistencialismo ante el desastre que causaron.

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