COMO SE CONSTRUYEN VALORES

Marco Atilio Régulo, encarnó desde hace muchos siglos: el respeto a la palabra dada. Fue un general romano del siglo III antes de Cristo. Peleó en la primera de las Guerras Púnicas, contra los Cartagineses. Después de algunos éxitos militares, Régulo fue hecho prisionero, y lo mandaron a Roma para negociar la paz o el intercambio de prisioneros.


Se comprometió a volver a Cartago en caso de no poder cumplir con su misión. Esa promesa era su muerte. Los prisioneros de entonces eran atormentados desde el primer día con castigos sin fin. Y a Marco Atilio el cumplir su palabra de volver sin cumplir le iba a costar la vida.


Cuando volvió a Roma habló al Senado: los convenció de la inconveniencia de pactar con los cartagineses. ¡No debían llegar a ningún acuerdo con ellos! “Nuestros prisioneros son viejos como yo, y los de Cartago, jóvenes y valientes capitanes.” Eso ponía en riesgo al Imperio, por lo que, pese a las advertencias, volvió a Cartago a cumplir con su palabra.


Esta historia fue un elemento esencial en la educación del ciudadano romano: trasmite amor a la Patria, responsabilidad, convicciones éticas y morales, anteponer el interés colectivo al propio, dar credibilidad en las promesas aún en las peores condiciones. Lo que los propios romanos llaman “mos maiorum”, las costumbres y comportamiento de los antepasados. Eran como un faro para los jóvenes. Roma fue grande porque amó sus tradiciones, su Historia grande y también las más pequeñas, como la de Régulo, alguien que prefirió morir a romper su palabra. Porque una vida sin honor no es verdadera vida.


Nosotros heredamos esos valores. Se fueron desleyendo en el marco de una cultura hedonista. Un apretón de manos; la palabra empeñada, valían más que una escritura: el honor personal y familiar era el tesoro más grande que una persona asumía la obligación de respetar.


Después llegaron la codicia sin límites, las ambiciones, y arruinaron todo. Confundieron a la sociedad, postrándola ante su majestad el dinero, la conveniencia, o la comodidad. En la niebla profunda los faros no se ven.


Si Marco Atilio Régulo hubiese carecido de esos valores, y hubiese incitado a Roma al canje de prisioneros, hubiera puesto en jaque a la civilización base del humanismo. Y hoy no estaríamos admirando su determinación, su coraje y su amor por lo que era: un verdadero ciudadano romano, ni quedarían valores heredados de una época histórica ejemplar.


La confianza, un recurso cada vez más escaso, que construyó imperios, hizo negocios prósperos, determinó que el voto era el depósito de esperanza.


Un presidente dijo: “Si en la campaña política hubiese dicho lo que iba a hacer, nadie me votaba”. Reconoció que había mentido, como se ha vuelto una costumbre en casi todos los candidatos. Sin arrepentimiento, se creen que por mentirle a los electores para que los voten, son un “vivo bárbaro”. En su ambición no comprenden el ejemplo de descrédito en valores que transmiten. La mentira es siempre un mal; siempre nos perjudica.


El diagnóstico de Zygmunt Bauman, desde cuando en el año 2000 formuló su teoría en “Liquid Modernity”, es que la peor consecuencia de todo ello es el individualismo reinante. La renuncia a un humanismo imprescindible.


Bauman usó la metáfora de que habíamos pasado de ser guardabosques a jardineros. De proteger al territorio de cualquier interferencia humana, preservar el equilibrio del ecosistema natural, el mundo premoderno había dado paso a una modernidad con jardineros. Que asumen que no habría orden en su jardín si no fuera por su diseño y cuidados, arrancando las malas hierbas.


“Somos indiferentes a los pobres porque hemos ahogado el impulso natural a ayudar al otro, las normas éticas están en crisis total porque lo que prima ahora es la competencia”. Que, en Bauman, corresponde a los cazadores, aquellos que en el jardín luchan encarnizadamente por obtener la presa porque no saben hacer otra cosa. No batallan por sobrevivir, ni siquiera por mantener un orden natural o artificial, sino que cazan, compiten por inercia sin tener en cuenta sus consecuencias. Olvidan, en esa competencia al prójimo, porque abandonaron los valores.


El mundo posmoderno es mucho peor; se le ha borrado el rostro humano. Bauman pontificó contra la superficialidad del momento, tanta información y tan poco tiempo para profundizar, tanto tuit y tan poca base detrás.


El concepto “mundo líquido”. Se ha convertido en eslogan. De ahí la controversia con respecto a su figura, que dedicó toda su vida a luchar contra el totalitarismo, pero sus ideas acabaron inspirando neo populismos.

Están haciendo agua desde los Estados a las familias, pasando por los partidos políticos, a los gobiernos que ya no mandan, no son confiables.


El mundo líquido es el estado fluido y volátil de la actual sociedad, sin valores demasiado sólidos, en la que la incertidumbre por la vertiginosa rapidez de los cambios ha debilitado los vínculos humanos.


En la sociedad líquida, recuperar dos siglos de valores esenciales amputados implica muchos años. Eso sí, debemos tener esperanza. Sin ellos no habrá sociedad armónica, ética, moral, vivible.

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