TOTALITARISMO RELIGIOSO
Estamos
enfrentados a un tiempo crítico, en el que ya no hay lugar para la
moderación, la grandeza, la comprensión de la naturaleza humana.
Leo Strauss, un judío alemán que se refugió en Estados Unidos escapando del bárbaro despotismo ideológico que se había apoderado de su patria, fue un hombre honorable y un pensador antitotalitario hasta la médula. Fue un crítico penetrante de lo que él llamaba «el Estado universal y homogéneo».
Despreciaba el nazismo y el comunismo. Llegó a sentir un profundo respeto por la moderación y el sentido común que aún caracterizaban a la democracia liberal angloamericana a mediados del siglo XX.
En su ensayo de 1965, «Las tres olas de la modernidad», Strauss insistía en que la «crisis de nuestro tiempo», la incapacidad de la razón moderna para defenderse adecuadamente de las críticas «historicistas», no implicaba necesariamente una «crisis práctica», ya que «la superioridad de la democracia liberal sobre el comunismo, estalinista o post-estalinista, [era] suficientemente obvia».
La democracia liberal todavía recibía «un poderoso apoyo de una forma de pensar, “el pensamiento premoderno de nuestra tradición occidental”. Esa tradición recordaba a los hombres y mujeres modernos que los derechos deben ir acompañados de deberes, que la búsqueda de placeres mezquinos y míseros no agota la vida del alma, y que el reconocimiento de la distinción no arbitraria entre lo correcto y lo incorrecto, el bien y el mal, era crucial para una vida bien vivida. Esa tradición premoderna aún tenía un amplio lugar para los héroes y los santos.
Eso no significa que nuestra tarea consistiera simplemente en recibir esa tradición: teníamos que continuarla y renovarla.
En un ensayo de 1962, «Educación liberal y responsabilidad» Strauss subrayaba la necesidad de cultivar discretamente una «aristocracia» liberalmente educada dentro de la sociedad de masas, de utilizar las libertades que posibilita la democracia moderna para cultivar la excelencia humana a través del estudio de los Grandes Libros. Tales «puestos avanzados» de excelencia humana, como los llamó Strauss, «pueden llegar a ser considerados por muchos ciudadanos como saludables para la república y como merecedores de darle su tono».
De los «fracasos grandiosos de Marx y Nietzsche», «el padre del comunismo» y «el padrastro del fascismo», respectivamente, Strauss extrajo esta importante conclusión: «la sabiduría no puede separarse de la moderación y de ahí [la necesidad] de comprender que la sabiduría requiere una lealtad sin vacilaciones a una constitución decente e incluso a la causa del constitucionalismo». Tal moderación «nos protegerá contra el doble peligro de las expectativas visionarias de la política y el desprecio poco varonil» por ella.
Leo Strauss admiraba a Churchill, el «indomable y magnánimo estadista», tanto por su heroica lucha contra Hitler («el tirano demente») y el hitlerismo como por su amplio conocimiento de la «amenaza a la libertad que suponían Stalin y sus sucesores».
«No menos importantes que sus actos y discursos son sus escritos, sobre todo Marlborough, una mina inagotable de sabiduría o comprensión política, que debería ser lectura obligada para todo estudiante de ciencias políticas».
El ennoblecedor ejemplo de Churchill, insistió Strauss, debería recordar a todos los estudiantes de política que «debemos entrenarnos a nosotros mismos y a los demás en ver las cosas tal como son, y esto significa sobre todo ver su grandeza y su miseria, su excelencia y su vileza, su nobleza y sus triunfos, y por lo tanto no confundir nunca la mediocridad, por brillante que sea, con la verdadera grandeza».
En el mes de marzo próximo los uruguayos nos aprestamos a encarar un retroceso doloroso. Un acto eleccionario volvió el gobierno a una especie ideológica religiosa retrógrada. La que ignorando restricciones presupuestales, arrasó con los recursos del Estado que aportamos los ciudadanos, sin distinguir entre acciones buenas o malas, corrupción o ineptitud, necesidad solidaria o asistencialismo, resolver la pobreza o incentivarla, crear más derechos o destruir a los esenciales.
Debería no ser tan recalcitrante la angustia, si no fuera que, en estos últimos cinco años se intentó reparar en parte el desastre heredado. Es frustrante no continuar ese camino.
Nos espera la incertidumbre de grado, el desparpajo que asaltará los recursos ajenos como propios.
Se ha demostrado empíricamente que en política, creerse que se sabe todo, es el camino de buenas intenciones al infierno.
Ausente la moderación, avanzada la egolatría, conculcada la razón y el realismo, el desastre de una coalición armada de retazos ideológicos extremos puede retrotraernos a un totalitarismo ideológico, que ha aplicado impunemente su soberbia de manual marxista. Ese que nunca leyeron, pero cuyas diversas interpretaciones imponen religiosamente. Convertirnos todos en acólitos o expatriarnos.
Cuestión de fe totalitaria de semidioses, humanos, débiles, falibles, incapaces, absurdos, con hambre fanática de poder. Obseso de cumplir una misión. Grandes destructores.
Nada bueno puede esperarse.
Queda apostar a que un tibio presidente, antes de ser desbordado, recapacite sobre el destino caótico, la clausura que sus monjes quieran imprimirle a la Patria.
Leo Strauss, un judío alemán que se refugió en Estados Unidos escapando del bárbaro despotismo ideológico que se había apoderado de su patria, fue un hombre honorable y un pensador antitotalitario hasta la médula. Fue un crítico penetrante de lo que él llamaba «el Estado universal y homogéneo».
Despreciaba el nazismo y el comunismo. Llegó a sentir un profundo respeto por la moderación y el sentido común que aún caracterizaban a la democracia liberal angloamericana a mediados del siglo XX.
En su ensayo de 1965, «Las tres olas de la modernidad», Strauss insistía en que la «crisis de nuestro tiempo», la incapacidad de la razón moderna para defenderse adecuadamente de las críticas «historicistas», no implicaba necesariamente una «crisis práctica», ya que «la superioridad de la democracia liberal sobre el comunismo, estalinista o post-estalinista, [era] suficientemente obvia».
La democracia liberal todavía recibía «un poderoso apoyo de una forma de pensar, “el pensamiento premoderno de nuestra tradición occidental”. Esa tradición recordaba a los hombres y mujeres modernos que los derechos deben ir acompañados de deberes, que la búsqueda de placeres mezquinos y míseros no agota la vida del alma, y que el reconocimiento de la distinción no arbitraria entre lo correcto y lo incorrecto, el bien y el mal, era crucial para una vida bien vivida. Esa tradición premoderna aún tenía un amplio lugar para los héroes y los santos.
Eso no significa que nuestra tarea consistiera simplemente en recibir esa tradición: teníamos que continuarla y renovarla.
En un ensayo de 1962, «Educación liberal y responsabilidad» Strauss subrayaba la necesidad de cultivar discretamente una «aristocracia» liberalmente educada dentro de la sociedad de masas, de utilizar las libertades que posibilita la democracia moderna para cultivar la excelencia humana a través del estudio de los Grandes Libros. Tales «puestos avanzados» de excelencia humana, como los llamó Strauss, «pueden llegar a ser considerados por muchos ciudadanos como saludables para la república y como merecedores de darle su tono».
De los «fracasos grandiosos de Marx y Nietzsche», «el padre del comunismo» y «el padrastro del fascismo», respectivamente, Strauss extrajo esta importante conclusión: «la sabiduría no puede separarse de la moderación y de ahí [la necesidad] de comprender que la sabiduría requiere una lealtad sin vacilaciones a una constitución decente e incluso a la causa del constitucionalismo». Tal moderación «nos protegerá contra el doble peligro de las expectativas visionarias de la política y el desprecio poco varonil» por ella.
Leo Strauss admiraba a Churchill, el «indomable y magnánimo estadista», tanto por su heroica lucha contra Hitler («el tirano demente») y el hitlerismo como por su amplio conocimiento de la «amenaza a la libertad que suponían Stalin y sus sucesores».
«No menos importantes que sus actos y discursos son sus escritos, sobre todo Marlborough, una mina inagotable de sabiduría o comprensión política, que debería ser lectura obligada para todo estudiante de ciencias políticas».
El ennoblecedor ejemplo de Churchill, insistió Strauss, debería recordar a todos los estudiantes de política que «debemos entrenarnos a nosotros mismos y a los demás en ver las cosas tal como son, y esto significa sobre todo ver su grandeza y su miseria, su excelencia y su vileza, su nobleza y sus triunfos, y por lo tanto no confundir nunca la mediocridad, por brillante que sea, con la verdadera grandeza».
En el mes de marzo próximo los uruguayos nos aprestamos a encarar un retroceso doloroso. Un acto eleccionario volvió el gobierno a una especie ideológica religiosa retrógrada. La que ignorando restricciones presupuestales, arrasó con los recursos del Estado que aportamos los ciudadanos, sin distinguir entre acciones buenas o malas, corrupción o ineptitud, necesidad solidaria o asistencialismo, resolver la pobreza o incentivarla, crear más derechos o destruir a los esenciales.
Debería no ser tan recalcitrante la angustia, si no fuera que, en estos últimos cinco años se intentó reparar en parte el desastre heredado. Es frustrante no continuar ese camino.
Nos espera la incertidumbre de grado, el desparpajo que asaltará los recursos ajenos como propios.
Se ha demostrado empíricamente que en política, creerse que se sabe todo, es el camino de buenas intenciones al infierno.
Ausente la moderación, avanzada la egolatría, conculcada la razón y el realismo, el desastre de una coalición armada de retazos ideológicos extremos puede retrotraernos a un totalitarismo ideológico, que ha aplicado impunemente su soberbia de manual marxista. Ese que nunca leyeron, pero cuyas diversas interpretaciones imponen religiosamente. Convertirnos todos en acólitos o expatriarnos.
Cuestión de fe totalitaria de semidioses, humanos, débiles, falibles, incapaces, absurdos, con hambre fanática de poder. Obseso de cumplir una misión. Grandes destructores.
Nada bueno puede esperarse.
Queda apostar a que un tibio presidente, antes de ser desbordado, recapacite sobre el destino caótico, la clausura que sus monjes quieran imprimirle a la Patria.