OBSESIÓN FA TAL
Un gobierno de izquierda, indican los manuales de CME (capitalismo militar de estado), tiene como objetivo, en todos los casos, estatización del capital de actividades privadas, multiplicar el empleo público como herramienta para concentrar ese capital en un circuito controlado y que vuelva a quienes detentan el poder, avance sobre la propiedad privada, confiscarle su capital, sin correspectiva indemnización, ideologización sobre la educación y la cultura a los efectos de modelarla desde la niñez para sostener y justificar en el poder a quienes concentran el capital de la sociedad.
Objetivamente, estamos frente a un modelo de organización económica cerrado, centralizado y planificado, que agota la producción, evapora el consumo, y obliga necesariamente al control policíaco para evitar reacciones connaturales a la explotación esclava de la sociedad por sus dueños.
Cuenta Carlos Alberto Montaner, abogado expatriado cubano, que a principios del siglo XX regresó a Cuba un gallego muy pobre, semianalfabeto, que pocos años antes había ido a pelear a la Isla por cuenta de su derrotada España. Lo repatriaron, pero volvió. Tenía el fuego del emprendedor y advirtió que Cuba era una tierra de oportunidades.
Cuando murió, medio siglo más tarde, dejó una fortuna de unos siete millones de dólares (hoy serían 100), varias docenas de trabajadores, una finca azucarera grande en la que funcionaban un cine, una estafeta de correo y una escuela. Se llamaba Ángel Castro, era el padre de Fidel, Raúl y otra decena de hijos. Murió antes de que sus descendientes inventaran el nefasto CME.
La familia imperial cubana está integrada actualmente por Raúl Castro, su hijo Alejandro, coronel formado en Moscú en las escuelas de inteligencia del KGB, y el nieto y guardaespaldas del general-presidente Raúl Guillermo, apodado el Cangrejo.
Los tres, como toda la población, perciben que el país se hunde en la miseria, pero están paralizados por el terror a perder el poder. A estas alturas reconocen, que el Capitalismo Militar de Estado no funciona, y saben que sus reformas, los lineamientos, han fracasado, pero insisten en marchar hacia el abismo sin prisa, pero sin pausa.
El CME es el modelo económico puesto en marcha por Fidel desde los años noventa, “orgullosamente” diferente al chino y al vietnamita. Los iguala en restringir las libertades personales, pero además, no suelta el capital ajeno bajo ningún concepto.
¿Por qué no funciona? Esencialmente, por dos razones vinculadas a la naturaleza humana: porque no está basado en incentivos sino en el temor a los castigos. Si algo aprendimos del conductismo es que los refuerzos positivos tienden a reproducirse, mientras que los negativos producen el efecto contrario. En segundo lugar, el CME prohíbe y reprime el ímpetu de los emprendedores, que es el principal motor del desarrollo y el progreso de cualquier sociedad.
Las principales fuentes de riqueza de Cuba están en las dos mil quinientas empresas medianas y grandes del país, todas concentradas en el ámbito estatal, preferentemente dirigidas por militares, mientras las actividades menores de servicio (restaurantes, pequeñas pensiones, payasos de fiestas particulares y un sinfín de minucias) darían trabajo al grueso de una población cuidadosamente vigilada para que no acumule capital y así privarla de su potencial poderío político, acumulación de capital para defenderse de los tiranos.
Objetivamente, estamos frente a un modelo de organización económica centralizado y planificado, sustentado en el mecanismo escolástico clásico: todas las verdades ya han sido descubiertas por los padres de la patria, y lo único que le queda a la sociedad es verificar constantemente la sabiduría de los próceres.
De esa estupidez se deriva otra: ya han sido formulados los 500 proyectos que aguardan en Cuba a los capitalistas extranjeros que quieran invertir y “beneficiarse” de la mano de obra dócil y barata que abunda en el país.
La planificación centralizada es eso: todo ha sido pensado y elaborado. No hay espacio para la improvisación y la creatividad. Tampoco para el mercado ni la competencia, esos inventos diabólicos del liberalismo.
En opuesto al perfil de las naciones modernas exitosas, en el que todas están sujetas al crecimiento mediante lo que Hayek llamaba el orden espontáneo. La economía crece libremente, sujeta al mecanismo de prueba y error, guiada por el impulso de los emprendedores con sus esfuerzos espasmódicos, en las que unas veces ganan y otras pierden, porque si algo es seguro en un régimen de libertad económica es que no existe la menor seguridad de permanecer rico. Los consumidores son los que deciden y son impredecibles.
El economista Wilfredo Pareto lanzó la hipótesis del 80-20. El 20% persigue sueños, trabaja incansablemente, se esfuerza con denuedo, inventa, innova, fracasa y se vuelve a levantar, y tira hacia delante del 80% restante. Una reducida parte de ese 20% alcanza un éxito económico tremendo, pero perseguirlos en nombre de la igualdad, además de un crimen, es una absurda injusticia.
Si Jeff Bezos es el hombre más rico del planeta es porque ha revolucionado la venta directa por medio de Amazon, y si Amancio Ortega es el más poderoso de España debido a las tiendas Zara es algo admirable que ha multiplicado el trabajo digno de millones de personas y resultado de dar servicio a otros tantos. Sólo los condenan unos descerebrados de esa izquierda reaccionaria y mercantilista que continúa sin entender cómo se crea, esparce o destruye la riqueza.
Uruguay es un gran país. Dios le ha dotado de grandes recursos naturales y tiene condiciones productivas sin graves inclemencias climáticas. Supo tener una época de gran desarrollo que se extendió entre fines del siglo XIX hasta mediados de la década de 1940. Período en que llegaron, miles de inmigrantes que sabían que la posibilidad de progresar era grande.
El gran déficit de nuestro país, lo generaron muchos de sus gobernantes.