LA DEMOCRACIA MÓRBIDA
José Gervasio Artigas, a partir de libros como “El sentido común” de Paine y “El contrato social” de Rousseau, produjo conceptos liberales básicos como: “Mi autoridad emana de vosotros, y ella cesa ante vuestra presencia soberana”. Supremo respeto al valor del demos (pueblo) por el kratos (gobierno).
De aquellos orígenes liberales, la organización posmoderna fue mutando del respeto de la voluntad de los representados, a su avasallamiento por diversas formas, y en su peor versión, un retorno a los autoritarismos.
Ha sido solo cuestión de tiempo para que los tres poderes independientes, aúnen su voluntad para pasarle por encima a sus representados, avanzando sobre sus derechos, según el momento ideológico extremo de la política.
Han impuesto el relato de que ellos, y no sus súbditos, conocen mejor cómo utilizar sus recursos (de los representados) para brindarles lo que ellos quieren.
Para lograrlo, han montado un monstruo enorme, socio inútil abusador de cada ciudadano, que va creciendo sin control ni medida, para refinar las “necesidades mayoritarias”, y avanzar sobre los recursos que se requieren para satisfacerlas. Devuelven lo ajeno, con un fee que queda en las manos porosas de esos intermediarios, de aquella “voluntad popular”.
Han desplazado la existencia real de los propios individuos, asumiendo que un porcentaje de la minoría mayor que los vota castiga el futuro de todas las otras.
Desafiando cualquier individualismo metodológico, los intérpretes de lo que el “pueblo quiere”, cual analistas terapéuticos, hacen lo que se les antoja. Abusan del dinero de los que producen más, considerando eso “justicia social”. Castigan al que más trabaja y es exitoso. Odian la meritocracia. Como Peter Pan inverso, roban al que trabaja para repartirse la mayor parte con el aparato del Estado. Mantienen a los empobrecidos por falta de trabajo, en estado de vigilia eterna. Público objetivo de sus “desvelos” electorales.
“La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados” (Marx, Groucho).
Aplican el mismo razonamiento confiscatorio de bienes ajenos para resolver mal: la salud; la educación; la seguridad social; el trabajo; los parques; el cuidado de las mascotas; la energía eléctrica; el dinero depositado; los edificios donde vive la gente; el medio ambiente; los buses y los trenes; los taxis, o la recolección de basura.
Hayek, explicó el orden espontáneo: la creación de recursos depende de interrelacionar miles de millones de intercambios diarios. Ningún humano tiene capacidad para conocer cuáles son aquellas necesidades experimentadas en cada momento por todos, cuáles son las cantidades y calidades de los medios que, cómo integrarlos económicamente para que resultaran en algo que las satisficiera.
La producción estatal de cualquier cosa niega la posibilidad privada de hacerlo mejor y a menor costo. No puede calcular con acierto el uso racional de los recursos porque no es omnipresente ni omnisapiente. Por eso han fracasado todos los sistemas públicos de producción planificada, y seguirán fracasando. La intervención del burócrata destroza el sistema de precios que forman el productor y el consumidor libremente. Asigna siempre deficientemente los recursos a las diversas prioridades sociales. Y aún peor cuando se corrompe.
Los ejemplos del avance mórbido de la actividad pública son todos fallidos. A mayor intervención más abuso, y peores resultados.
La alternancia se convierte en ilusoria, en nepotismo o clientelismo de toma y daca; mano de obra complaciente para la simulación electoral.
Los pueblos anestesiados creen que esa situación es insuperable. Se resignan a las normas fabricadas para mantenerlos domesticados. Algunos individuos se acomodan al poder, otros viven de esquivarlo.
Esos feudos inexpugnables se hacen eternos dueños electorales del poder político. Hacen mórbido el sentimiento democrático republicano. Reiteradamente prometen volver a corregir lo que justifican periódicamente que habría que hacerlo, mientras pasan a reclamar el óbolo para la urna.
Los otros poderes conocen la partitura y cantan a coro: salven a …nosotros.
La proximidad al poder da vida a esa oclocracia decadente que nunca tendría posibilidades de competir meritocráticamente, si no fuera por la penosa circunstancia de que los cargos políticos están al alcance de inútiles sin referencia. Es difícil pedirles cuentas, usan los fueros para impunidad penal, o designan a los encargados de su control.
Nada interrumpe la paz del cementerio de las causas justas, como no sea algún reclamo “impertinente” por el abuso que hacen de los recursos liquidando a quienes los producen, al trabajo, al ahorro, la inversión, la educación, la seguridad y la vida misma.
La corrupción inicial es ocupar un cargo sin ninguna preparación ni responsabilidad por ello. A partir de allí, toda la otra, es simplemente una consecuencia de encontrarse en el lugar adecuado en el momento en que aparece un prebendario a asociarse.
El inicio de la debacle que carcome toda la sociedad: corrupción, una pandemia que contagia. Convierte en, sálvese quien pueda de quedar desempleado, en la informalidad, en el desamparo de la pobreza o la indigencia.
El derrape de la libertad responsable ha causado esta enfermedad mórbida en estado terminal a la democracia y al republicanismo.