LA DEGENERACIÓN PARLAMENTARIA - Parte 1

En el pensamiento político de Platón, y de Polibio, las formas puras de gobierno (monarquía, aristocracia, democracia) decaen con el tiempo y se convierten en formas políticas degradadas (tiranía, oligarquía, demagogia). Polibio plantea un sistema político que combine los tres sistemas, de tal modo que cada elemento sirva de contrapeso a los otros dos.

Es posible que se esté cumpliendo su deseo: la tiranía está haciendo estragos en el Poder Ejecutivo, la oligarquía carcome al Poder Judicial, y, obviamente, la demagogia campea en el Poder Legislativo.

La institución del Parlamento o las Cortes aparece en la Edad Media, todavía con un sistema estamental. Surgieron una serie de asambleas que opusieron una serie de contrapoderes a la monarquía, que fueron limitando su poder, para controlar los desmanes de la corona, evitar un rey demasiado poderoso, o, cuando quería extender su influencia a base de guerras y requisas.

En aquellos lugares donde se creó una floreciente clase media propietaria, las cortes y parlamentos tenían mucha más probabilidad de resistir a la Monarquía-Estado que empezó a tener fuerza a partir del Renacimiento.

A partir del siglo XIX se instalan los parlamentos con partidos políticos. Una división en corporaciones representativas de sus propios intereses, que devino en parcelas de poder político, agencias de empleo para demagogos, y una pléyade sub aristocrática de burócratas acomodados.

El régimen parlamentario vigente acusa anomalías que será imperioso corregir con urgencia, so pena de claudicar otra vez en abuso del pueblo.

Los legisladores ingresan con la sapiencia electoral a flor de piel, tienen propuestas superadoras para cada problema humano; pero, únicamente sentados en sus bancas reconocen sus incapacidades. Contratan miles de lacayos a sueldo (nuestro) para asesorarlos.

No hay que extrañarse del carácter ficticio con la realidad más acuciante con que se disfraza el actual Parlamento. Como escribiera Mariano José de Larra hace dos siglos, allí “…todo el año es carnaval”.

No solamente en el aspecto político, tan dado a la escenografía artificiosa, se ha supeditado la ley a la política.

Se impone como antiguamente cumplir el mandato del Poder Ejecutivo, exponiendo los parlamentarios una pobre expresión crítica, político-formativa, y cultural.

En contra de lo que se pregona, en el Parlamento actual apenas se «parla». No se producen auténticos debates. Su lugar, lo ocupan monólogos para la tribuna, horrorosos, improvisados, incoherentes, aún si son leídos.

Se sucede una continua improvisación, aburrida, desgastante y recurrente a corroídos preceptos ideológicos, que no cuenta, siquiera, con una lectura precedente.

Para evitar mayores calamidades y exponer supina ignorancia, se disciplina en el voto por Sector. Pero la exigencia ha degenerado en bloques inconmovibles, o en grupúsculos anárquicos que abusan de la libertad de voto, ajenos de alguna incidencia racional y ética en interés de todos.

Se ha invertido el objetivo primigenio que impulsó la creación de la actividad parlamentaria: restringir el gasto del Ejecutivo. Ahora, los parlamentarios son degenerados fiscales. No solamente no restringen el abuso sobre sus representados, sino que apelan a semántica técnica para crear nuevos látigos tributarios sobre la espalda de sus representados.

Con vocación de rey mago, recogen cartitas de corporaciones e individuos, y pelean por incluirlas en el presupuesto, para recordárselos en la etapa electoral.

Tienen una especial sensibilidad social consigo mismo. Consiguen unanimidad de voluntades para su mínimo común salarial. Votan solidariamente para sí sueldos excéntricos, privilegios y exenciones tributarias, excluidas al común de los mortales.

Meses antes de las elecciones, la actividad parlamentaria se traslada a la «campaña» electoral. Cobran su abultado salario para dedicarse al autobombo. En casos más obscenos piden licencia; cobran el titular y el suplente a costa de “los nabos de siempre”.

Se consume inútil tiempo parlamentario en participar en tertulias televisivas. Un abuso que es alivio, suspende la invectiva parlada, y frena la compulsión legal inútil que castiga a la sociedad.

La crítica más feroz de actualidad, es que, consumen un esfuerzo desproporcionado en elaborar leyes ideológicas, doctrinarias, excluidas del interés general. Todas lo son, pero, algunas alteran el orden constitucional con modificaciones éticas de gran alcance. Las llaman “discriminaciones positivas”, un oxímoron.

En el Uruguay han llegado a sobreponerse a la soberanía popular votando una ley interpretativa que derogó la decisión mayoritaria plebiscitada de equiparar en la amnistía a quienes fueron llamados a defender la Institucionalidad en contra de quienes la avasallaron. Ganaron por anomia y abulia parlamentaria, los abusadores.

Se dijo del modélico Parlamento inglés que podía transformar cualquier cosa, menos convertir a una mujer en varón o a la inversa. A tal propósito están abocados varios parlamentos, tratando de imponer la autopercepción como una realidad, imponen todo lo contrario de lo que estamos viendo objetivamente.

Usan la ley que vota una minoría para vivenciar la falacia de que todos pensamos lo mismo que ellos. Penan hasta el disenso. No nos dejan expresar siquiera que estamos en desacuerdo. Nos obligan a no expresar que un asesinato legalmente consentido, es eso.

Arman relatos ideológicos disolventes de la armonía social y nos obligan a aceptarlos por imposición legislativa.

Construyen una sociedad utópica para ellos, excluyente hasta el oprobio del que no piense, actúe y defienda su ideología. Simplemente, totalitarismo parlamentario. Se les nota, les cuesta mucho reconocer la realidad de su abuso a los demás, visualizar que también existimos.

La impudicia con que atacan a la propiedad de sus representados es obsesiva. Nuevas cargas tributarias, cada vez más novedosas en su denominación, para hacer siempre lo mismo: despilfarro inútil de dinero ajeno. Desde la ocupación compulsiva de viviendas privadas a la regulación de aplicaciones informáticas virtuales, el ingenio para abusar de lo ajeno está a flor de piel.

Veremos en el próximo otras distorsiones del parlamentarismo.

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