FRIEDMAN LES GANÓ LA ELECCIÓN
En su artículo “La venganza de Milton Friedman”, publicado en Law and Liberty, Iain Murray señala qué ganó Trump porque la inflación importa.
La inflación es un plus tributario que se suma al sacrificado contribuyente, para soportar el gasto público que no cubre el gobierno con impuestos y endeudamiento.
Es falsificar el valor de la moneda por el Banco Central, jugando con el costo del dinero y la emisión monetaria. Emitir una cantidad adicional a la reposición de la moneda que se destruye, afecta directamente el poder adquisitivo: comprar requiere poner más billetes.
El efecto directo es la pérdida del poder adquisitivo. Es un castigo adicional, no explícito, de carga fiscal. Se le escurre al parlamentario, que la ignora o hace la vista gorda.
No es deuda pública explícita, que obliga a reintegrarla.
Es, en definitiva, un “negocio” político ilícito; camuflar que gasta más de lo presupuestalmente autorizado. Un fraude encubierto contra ricos y pobres, que padece más éste, ya que tiene menos posibilidad de especular, y más necesidad de aplicar su escaso dinero a cosas esenciales.
La inflación acumulada, producto de que no se ajusta el gasto a la capacidad contributiva, atenta directamente contra la credibilidad. Un político que estafa no es confiable.
La confianza es el factor esencial para hacer la previsión de la persona y del emprendedor sobre cuánto le costará la misma cosa en el futuro inmediato. Perder la confianza condena a perder el gobierno, por no hacer la reducción necesario del gasto, aunque sea por responsabilidad anterior.
El presidente Biden hizo explícita la conexión: «Milton Friedman ya no dirige el espectáculo». Pero resulta que Friedman tenía razón, aumentar el gasto e imprimir dinero es una receta segura para producir inflación. Y los votantes odian la inflación tanto como la sobrecarga tributaria ineficaz.
“Milton Friedman está fuera de juego”. En los 80 era atacado como «monetarista» por gente que no tenía ni idea de lo que era la política monetaria. Los gobernantes ideologizados, que se sobran en los extremos del manejo económico, gastan obscenamente la plata de la gente, pero, lo siguen vituperando.
Es increíble que, en el siglo XXI, se cuente con información multiplicada al éxtasis al alcance de cada gobernante, no se den cuenta de que el costo país es caro y se rechaza.
Ese costo país no es otra cosa que lo que el precio de tener de socio obligatorio a un irresponsable en el gasto, como casi la unanimidad de los gobernantes. Que prometen cambiarle la vida a la gente, sin reconocer que esa no es su función.
Lo único que deben hacer es no complicarla. Adecuar el gasto político, frenar las presiones corporativas, los diversos intereses que les crean la ilusión de ser omnisapientes y omnipresentes, sentirse “empresarios”, multiplicar el gasto insustentable al que paga la cuenta.
No aprenden de tantas elecciones perdidas, que el gasto público indiscriminado, el único cambio que produce es empeorarla.
Lo que se reconoce es aliviar el peso del gasto público. Única forma de generar oportunidades para realizar mejor los proyectos individuales.
Es la iniciativa personal para buscarle la vuelta para superar las condiciones de base de la pobreza. Es el esfuerzo que cada uno esté dispuesto a realizar, el que ha superado las condiciones de base naturales generando recursos para sí y para toda la sociedad.
Nunca hubiéramos llegado a este tiempo de multiplicación de oportunidades y recursos si hubiéramos dependido de un político.
La demostración histórica del poder productivo del sector privado es irrefutable.
“NADA PODEMOS ESPERAR SINO DE NOSOTROS MISMOS”, es una sentencia de Artigas que quienes nos representan debieron haber internalizado.
Y así, algunos se vuelven ricos y comparten con la sociedad abierta sus creaciones, permitiendo mejorarlas, emularlas, o superarlas. Otros pierden pie por conservadores, irresponsables, desactualizados, temerosos, o cobardes. El gobierno es únicamente un espectador de lujo.
El momento cúlmine del ganador, le confiere la responsabilidad de demostrar que lo que se prometió era viable, sustentable, y realizable. La honradez, requisito necesario, pero no suficiente para gobernar, requiere además capacitación y talento para formar cuadros creíbles. Ser consciente de que no va a pasar a la historia por lo que hace, sino por lo que evite.
Los perdedores apostaron a sostener una realidad equivocada, ajena a la realidad que afectaba al elector. Es imprescindible la autocrítica serena. La desconexión del ego sublime que inventa enemigos que socavaron un gasto para hacer cosas por la ciudadanía. Reconocer las equivocaciones para manejar las prioridades. Evitar repetir el fracaso por complicar a los administrados, a los emprendedores. Camuflar la realidad con falsedades.
Friedman advirtió lo que Hayek señaló antes: la fatal arrogancia de creerse que manejan a todos, y saben administrar mejor que ellos. Asignar recursos ajenos sin cuidarlos. Alejarse de los que tienen que ganárselos manejándolos equilibradamente para vivir con la restricción de no gastar más de lo que produce, siempre con muchísimo esfuerzo.