EL GOBIERNO DE LOS IGNORANTES

Dijo Winston Churchill: “La principal diferencia entre los humanos y los animales es que los animales nunca permitirían que los lidere el más estúpido de la manada”.

La carencia de liderazgo acorde a los desafíos del segundo cuarto de siglo XXI que iniciaremos, es alarmante.

La política ha degenerado en recibir a los más demagogos, a los más irresponsables, incluso, a los más penalmente responsables de grandes fraudes en contra de sus conciudadanos.

El filosófico tango de Raúl Seixas y Enrique Santos Discépolo, “Cambalache”, advertía: “Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor. Ignorante, sabio o chorro, pretencioso o estafador. Todo es igual, nada es mejor ¡Lo mismo un burro que un gran profesor! No hay aplazaos, qué va a haber, ni escalafón. Los inmorales nos han igualao. Si uno vive en la impostura.Y otro afana en su ambición. Da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón.”

Es cierto que la sociedad toda ha perdido calidad cultural; se siente en todos los ámbitos. Pero donde más se siente es en la política y los políticos. Esos personajes que asumen en el papel la condición de ejemplos conductores de la vida pública.

Hace muchísimos años que dejamos de tener líderes. Hace muchísimos años que quienes intentan serlo, son solo remedo de aquellos grandes hombres que privilegiaban el bien común a sus intereses personales o partidarios.

Estamos en manos de una runfla de incapaces que ni siquiera ensayan una autocrítica severa al momento de evaluar los desastres que heredamos uno tras otro.

Ninguno satisface plenamente a una enorme mayoría que los detesta. Los que sostienen a una circunstancial mayoría están interesados exclusivamente en salir de una situación con una piola tirada desde el poder.

Todos hemos perdido la convicción de que los que gobiernan ayer u hoy han hecho todo su esfuerzo por cumplir con el servicio público y la representación. Poco o nada han hecho por dejar mejor la sociedad que recibieron.

Y peor aún, los que los suceden comparten esa vocación por parcelar el gobierno de acuerdo a los votos de sus coaligados, lo que reproduce que los que apenas representan a una minoría mínima (vale en el caso la redundancia) se siente con derecho adquirido a participar en un cargo sin ningún otro mérito que haber juntado votos.

Todos los candidatos se sienten con capacidad para ocupar cualquier cargo. Todos son ignorantes, mal formados, ineptos para la función que puede tocarles por voto apenas recibido; pero, el cargo se acepta como una cucarda partidaria. Se hará lo que se pueda. Más bien poco y malo.

Para peor, el Leviatán del Estado ha crecido en tamaño y complejidad, por lo cual los requisitos que debiera cumplir un candidato son cada vez más exigentes. Especialmente, tener cabeza abierta para trabajar en equipo, hacer auditoría de gestión, controlar, superar no conformidades, y ajustar cada vez más el presupuesto a una acción eficaz y eficiente.

La responsabilidad está absolutamente ausente. Los guía, la audacia de compararse con otros anteriores, que también lo ejercieron con impudicia.

Algunos creen ingenuamente, por no haber tenido antecedentes en la burocracia política, que podrán domeñar otros sectores porque manejan la asignación de recursos. Ingenuidad supina.

En el Estado manda quien más grita, quien más reclama, quién más mandones maneja.

El gobierno es una alternancia de irresponsables, que creen que lo harán mejor, sin ningún basamento técnico, ético, o moral.

Ignoran lo suficiente para considerarse capacitados.

Ya vendrán adulones, que se dirán técnicos, con “cartoncito” o no, a reclamar su espacio asesor, aportando proyectos inverosímiles, que nadie antes encaró, pero que ahora, sí se puede.

Toda esa inepcia la pagamos todos los que aún tenemos algo que defender. Por eso el desánimo de saber que será cada vez menos.

No anima tampoco como hace siglos, que el marco intelectual político internacional dirija las acciones con sensatez.

Estamos jugados a que la presión exponencial de la tecnología los obligue a reducirse hasta casi desaparecer. Dejando que cada uno pueda cumplir su proyecto de vida sin las restricciones de los incapaces que se creen sabios.

Lo más triste es que su ignorancia, ocupando cargos de responsabilidad y decisión, incrementa la ignorancia de quienes esperan una oportunidad para superar su amarga condición de analfabetos, ahora también, tecnológicos.

Su costo, sumado al de los vagos e incapaces incrementa el gasto público, costo adicional de ineficacia e ineficiencia. Otro factor multiplicador de pobreza al incrementar la demanda de MÁS recursos. Así, se hace cada vez más inalcanzable conseguir resultados mejores para los más infelices.

El gobierno de los ignorantes dilapida, succiona sin piedad a los que se esfuerzan, tienen que inventarlos, y soportarlos.

Siguiendo la veta tanguera discepoleana, diríamos:

“Ya nos tenés bien requeteamurados. No puedo más pagar tantos impuestos, ni oírte así, decir tanta pavada.

¿No te das cuenta que sos un engrupido? ¿Te creés que al mundo lo vas a arreglar vos?

¡Si aquí, ni Dios rescata lo perdido! ¿Qué querés vos? ¡Hacé el favor!”

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