ALGO HUELE MAL EN NUESTRA DEMOCRACIA
Oikos en griego equivalente a casa, conjunto de bienes y personas que constituía la unidad básica humana. Incluye más allá de la familia nuclear, a los ayudantes y los animales que vivían juntos en un marco doméstico.
El oikos funcionaba como una unidad biológica, antropológica, económica y social autárquica, «era el centro a cuyo alrededor estaba organizada la vida», a partir del cual no solo se satisfacían las necesidades materiales, incluyendo la seguridad, sino también las normas y los valores éticos, los deberes, obligaciones y responsabilidades, las relaciones sociales y las relaciones con los dioses.
Dirigir un oikos significaba tanto manejar una granja como el gobierno y el mantenimiento de la paz en la familia.
Aristóteles describe el oikos como una «comunidad constituida naturalmente para la satisfacción de las necesidades cotidianas», cuyos miembros se definen como aquellos que han sido criados con un mismo alimento.
La koinonía, sería el campo de estudio llamado macroeconomía, sumaba la administración pública con las interacciones privadas, tendría su base en la oikonomía.
La raíz del poder etático es reunir los intereses de los individuos, defenderlos, y conciliar las actividades para ese objetivo superior: el buen gobierno.
Desde que alguien detentó el poder sobre otros, se llegó a la institución del emperador, la monarquía absoluta, los tiranos, los dictadores, que costaron sangre sudor y lágrimas erradicar.
La misma democracia bastardeada por quienes no piensan primero en el interés de todos sus conciudadanos, tiene herramientas de resistencia legítima a desobedecer al poder del Estado.
La ideología quebró el quicio de anteponer al individuo y su familia en el republicanismo democrático, acercando la democracia al totalitarismo. Quedaron despojados de todo salvo del sistema electoral.
La minoría se convirtió en la mal llamada oposición, tirando al trastero la colaboración para el mejor gobierno.
Se le pasa olímpicamente por arriba a la realidad del oikos, protegerlo, bregar porque se desarrolle para servir al interés colectivo, convivir en paz y armonía.
Asistimos en este siglo XXI, luego de tantísimas experiencias opresivas, a una distorsión de la democracia que huele mal. Huele a segregación ideológica, a soberbia, a imposición. Una remake del absolutismo.
La división artificial entre izquierdas y derechas, que tanto daño produjo a la humanidad, fue una excusa para detentar el poder para abusar de los demás. Detestan el respeto a la libertad que nos iguala. Esquivan el orden natural para bien de toda la humanidad. Quieren un Estado exclusivamente con sus ideas; para la opresión de quien piensa diferente.
Una elección, mínimo común denominador de la democracia, define minorías, no debiera ser para la cancelación de una por la otra. Nada hay para festejar si unos tienen que soportar la dictadura de una parte por la otra. Nada democrático es que se tolere con asco el gobierno hasta llegar a la próxima elección, suplicando porque no gane el enemigo.
Suiza ha dado muchísimas lecciones al mundo. Una de ellas, que produjo una verdadera descentralización del poder, entre los 26 cantones. La norma constitucional establece que, todo lo que no se delega en la autoridad confederal, se queda en los cantones. A nivel nacional se puede regular relaciones exteriores, seguridad, defensa nacional y civil, algunas cuestiones generales sobre la educación, cultura, y aspectos ambientales.
En cuanto al poder político en su dimensión horizontal, hay un lema general de toda la política suiza: “Uno para todos, todos para uno”.
El Consejo Federal de 7 integrantes se reparte con una fórmula milenaria. Dos asientos les tocan a los tres partidos que alcanzan mayor cantidad de bancas, con la restante para el cuarto.
Todo ciudadano suizo que haya cumplido los 18 años de edad posee el derecho a decidir sobre asuntos políticos concretos. Los suizos son convocados cuatro veces al año a votar sobre distintos temas de interés general para sus propias vidas. La iniciativa popular permite a la ciudadanía presentar propuestas al pueblo. Si logran 100.000 firmas en un plazo de 18 meses, entra en la consulta.
Otro formato es el referéndum facultativo de decidir si las leyes federales y decretos de la Asamblea Federal se mantienen o desechan. Pueden decidir sobre lo aprobado por los partidos políticos que ellos mismos votaron.
La tercera forma es el referéndum obligatorio, ratificación por el voto popular de cada modificación constitucional que adopte el parlamento suizo.
Es otra forma de pensar la democracia en su dimensión directa. Suiza es una verdadera confederación, a diferencia de Uruguay, que también tiene estos mecanismos, pero son utilizados por la ciudadanía. Y resiste la descentralización permitiendo un gobierno centralizado todo poderoso.
Huele mal que el ciudadano esté alejado de las decisiones del poder político. Para unos el presidente y su corte, es iluminado, honesto, capaz, creativo; para otros exactamente lo opuesto, pero no hay chance de zafar.
Huele mal, que no utilizamos herramientas constitucionales para compartir el poder. Cuando se ha hecho, ha sido para defender intereses ideológicos y corporativos.
Huele a quemado, tener tan frenados los derechos individuales.