REMAKE DE UN VIEJO DRAMA
Hacer política en el marco de una realidad socioeconómica del Uruguay y creer que se contará con la benevolencia del votante porque el presidente tiene una buena imagen es, como mínimo, una supina ingenuidad.
Estamos en el tercer mundo, jugando el repechaje para bajar.
El lastre público nos coloca en el podio de los países más caros. Cerca de un millón de personas, de tres, se eternizan en situación crítica.
El 25% está en la informalidad, fuera de la seguridad social y en la incertidumbre de subsistir trabajando o no comer.
Un sistema de seguridad social fundido, insostenible.
Crédito internacional agotado por pagar solo intereses y endeudarnos para hacer infraestructura vial.
Gasto en seguridad pública que compite con la informalidad y el lucro del narcotráfico.
Un crecimiento exponencial de 16.000 presos, con un promedio de 25 años de edad, cuya reincidencia supera el 80%, y una fiscalía que negocia penas excarcelables a granel.
Un sistema de salud desintegrado, en caída libre para todos los prestadores privados, que no mejora la salud pública.
Una reforma educativa que maquilló algunos centros educativos, conservando una inutilidad absoluta para preparar niños y jóvenes para el segundo cuarto del siglo XXI.
Si el votante tiene que elegir entre quien le propone “no retroceder” a algo que lleva al menos 50 años estancado, parece una broma.
Obviamente, el cambio que ofrecían quienes se patinaron los mejores 14 años económicos del país y lo dejaron peor era una opción ridícula, que presagiaba una remake de un viejo drama.
La pregunta es: ¿por qué repetimos, una y otra vez, esta competencia absurda entre quienes se dicen liberales, sin la audacia para decir lo que hay que hacer, repitiendo recetas caducas?
Y por otro lado, ¿qué les hace pensar a los votantes frentistas que una cara diferente va a hacer algo distinto de lo que nos llevó a la inflación, la crisis de deuda, el desempleo y la informalidad, sin mejorar la pobreza?
Unos saben lo que hay que hacer, pero no tienen la fortaleza para enseñar el camino y llevarlo adelante con convicción.
Otros repiten ideológicamente lo mismo, aunque haya fracasado estrepitosamente donde se ha aplicado, y terminan restringiendo las libertades, sin permitir la crítica, la rebeldía, la libertad de opinar, porque no admiten que fracasan siempre.
El cálculo electoral genera el desastre. La división entre estatistas a fondo y cuasi estatistas tímidos no mejora el grosero daño.
Desarticular este monstruo que devora la producción, el trabajo, el crecimiento, y la posibilidad de instalarnos en la modernidad parece imposible. Y lo es, sin avanzar primero en la batalla cultural.
Algunos ocultan más, otros menos, que sostener este gasto público es insostenible con nuestra producción, nuestra escala país y con TODAS las promesas de cambiar la pisada al votante. Esto hace crecer al partido de los desencantados, los anulantes, los que votan por obligación, los llamados antisistema que, en realidad, son los que dicen la verdad. A veces por rédito puramente electoral.
La culpa no la tiene el chancho, al que se le quiere hacer vegano.
Primero, hay que enseñar que no vamos a crecer sin propiedad privada. El natural afán de mejorar de cada individuo es lo único que potencia su interés en producir recursos.
Segundo, hay que enseñar que los países que tienen un gasto público insoportable, con prestaciones públicas costosas e inservibles, condenan a igualar a todos en la pobreza.
Tercero, hay que enseñar —y es la madre de todas las batallas— que el sacrificio de devolverle al que invierte y genera oportunidades el dinero que se dilapida en miles de oficinas absolutamente inútiles es el lastre que jamás va a permitir condiciones equitativas para vivir mejor. Simplemente, porque es un "sálvese quien pueda"; y los que mejor lo saben son quienes ocupan y cobran del Estado, o sea, de los demás, trabajen o no, sean útiles o inútiles.
Si siempre hacemos lo mismo, no vamos a estar igual, vamos a estar peor. Nadie vendrá a solucionar nuestra pereza, nuestra impericia, nuestra vanidad, nuestra comodidad costosa de vivir de lo ajeno.
Nos esperan cinco años de retroceso en un mundo que no nos espera. Un drama que van a sufrir más los que están peor. Los que no pueden especular o irse.
No conmueve a quienes van a estar cómodamente sentados en un despacho, jugando al Tetris, mientras la realidad golpea a los de afuera.
Nunca es triste la verdad; lo que no tiene es remedio. Si no enseñamos a la gente el camino de salida, aceptamos su costo. Si no enseñamos el daño que nos causa a TODOS ese enorme costo político, el problema no serán estos cinco años. La remake de un viejo drama que realmente no queremos cambiar se va a profundizar.
Y quizás, con semejante drama, en el fondo del tacho, los uruguayos entendamos, por el vaso indebido, la única solución que el sistema político de castas mutantes se niega a explicitar.