MORIR DE IDEOLOGÍA

Churchill dijo que la democracia es la necesidad de inclinarse de cuando en cuando ante la opinión de los demás. También afirmó que el problema de su tiempo era que los hombres querían ser importantes y no útiles.

De tan importantes como algunos se creen, nos estamos muriendo como país.

La aristocracia es el gobierno de los mejores y, además, define una forma de gobierno en la que el poder soberano radica en un número reducido de personas a quienes se les atribuye ser las más calificadas tanto para gobernar como para elegir a los gobernantes.

Hoy nadie asumiría en términos democráticos un gobierno así, entre otras cosas, porque no nos pondríamos de acuerdo sobre quiénes son los más capaces e inteligentes.

En una oligarquía, la sabiduría o la inteligencia son los únicos criterios para identificar a las personas que deben gobernar, pero al final preferimos la democracia, el gobierno del pueblo. Sin embargo, no son dos modelos incompatibles: lo ideal sería que, a través del voto, se eligiera a los mejores.

Para ello, se debe intentar que los mejores tengan interés por lo público, por los problemas de sus conciudadanos; y eso, en general, no ocurre.

Por el contrario, tenemos a los mejores dirigiendo empresas, llevando la excelencia a su profesión, o yéndose del país, pero no les motiva lo público. Es comprensible; se ha deteriorado el ejercicio de la política, rodeado de quienes piensan primero en un sueldo antes que en servir.

En la democracia representativa, todos los electores están habilitados, en igualdad de condiciones, para postularse, dando como resultado no el gobierno de mayorías cualitativas, sino cuantitativas.

Queremos tener suerte y que, al final, aquellos a quienes elijamos, además de ser los mejores, lo hagan bien; no tarde, mal o nunca.

Para Platón, los "mejores" eran los filósofos, buscadores de la verdad y de un claro sistema ético. Para Aristóteles, pocos ejercen el poder en beneficio de todos. Y cuando no lo hacen, la aristocracia se convierte en oligarquía, un gobierno de facción. Según James Mackintosh, la oclocracia es la autoridad de un populacho corrompido y tumultuoso, como el despotismo del tropel, nunca el gobierno de un pueblo.

En democracia, a veces gobiernan los facciosos, aquellos que solo piensan en sí mismos y en los suyos, y no en el bien general. Los que se empeñan en hacer lo que no saben hacer, y el problema es que todos acabamos pagándolo. Por más que se nos dé la alternancia, el daño ya estará hecho.

Algunos países con antecedentes comunistas siguen teniendo partido único, autocracia en lo gubernativo, pero no han tenido más remedio que conceder libertad económica para sobrevivir a la catástrofe de encerrarse y manejar la producción planificada desde el gobierno.

Eso conforma sociedades débiles en los derechos sociales y políticos, regidas por un "gran hermano". Capitalismo de Estado, frágiles en lo económico, que dependen de que se permita crecer el afán de mejorar (lucro) y la apertura comercial, controlada e impuesta por un gobierno corporativo eternizado, que apenas tolera esa libertad.

Nuestra sociedad juega al empate. Un empate frustrante para unos, y luego, para otros, que nos lleva a los bandazos.

Ya todos gobernaron. El lastre que dejó la izquierda lo arregló, en parte, el actual gobierno, sin concretar cambios estructurales que dieran oportunidad a una mayoría de creer que es mejor.

La vuelta de la izquierda nos retrotrae a lo andado hacia el estatismo. Viejos fantasmas vuelven a empantanar al otro 50 % que debe tirar del carro.

El futuro ministro de Economía se ha proclamado "liberal de izquierda": liberal en lo político, de izquierda en lo económico. Este oxímoron no saldrá bien. Choca con dinosaurios ideológicos absolutamente intransigentes que asumen que ahora el botín les toca a ellos.

Churchill también dijo que un optimista ve una oportunidad en toda calamidad, y un pesimista, una calamidad en toda oportunidad. Los gobiernos, por malos que sean, no deberían cancelar nuestra libertad para realizar nuestro proyecto de vida.

En una democracia en la que una mitad quiere imprimirle una dirección antiliberal a la otra mitad, hacen falta gobernantes responsables, con principios y valores, que piensen en el bien de todos y no solo de los suyos, que unan y no dividan; que, en suma, trabajen para todos aquellos que les han dado la legitimidad para gobernar y no para sí mismos.

En tiempos de la cuarta revolución industrial, en que la tecnología marca un nuevo tiempo, dependemos cada vez más, como país, de gente capacitada, excelente, con méritos elevados y valores superiores a la circunstancia, que se decida y se dedique a lo público, a gestionar cuidadosamente los intereses de sus conciudadanos.

Al final, si eso sucede, a todos nos irá bien, y evitaremos caer en sesgos ideológicos fracasados una y otra vez.

El liberalismo permite interpretar la realidad con cabeza abierta. Hacerlo con el balde ideológico siempre es peligroso, puesto que de ideología también se muere.

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