LA INEXORABLE CORRUPCIÓN IDEOLÓGICA - Parte 4 por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano

El síndrome de Diógenes es un trastorno que se caracteriza por el abandono personal y social, la acumulación de objetos, desperdicios y basura en la casa, y el aislamiento voluntario. 

Este síndrome, que suele afectar a personas de edad avanzada, implica un deterioro de la higiene personal, una alimentación deficiente, y a menudo, una falta de conciencia de la propia enfermedad. 

Podría decirse que personas con formación cultural suficiente y recursos a nivel de ingresos medios y altos puede y debe superar dicho síndrome, incluso tratándose médicamente.

Pero en algunos personajes esto no sucede nunca.

Pueden ser presidentes, secretarios de presidencia, ministros, dirigentes sindicales de alto nivel, el sueldo que se les paga por su alto cargo es equivalente o supera los 5.000 dólares mensuales, y siguen viviendo al margen de su realidad económica.

Han generado un personaje que se tragó a la persona.

Pueden haber vivido como muchísimas personas circunstancias de pobreza que fue superada hace varios años, pero, no pueden cambiar esa impostura.

Perderían esa condición de pobres eternos indispensable para catequizar desde allí a los realmente pobres, conseguir convencerlos que los siguen representando, que son los más sensibles a su situación, y que si los votan, estarán eligiendo a gente de su misma condición que conoce el dolor.

Esa cultura del pobrismo es absolutamente falsa, cuando pueden se desacatan y surge el desesperado por un viaje oficial, una cena de lujo, un automóvil, una vida que como pueden por su ingreso, merece condiciones mejores.

Lo insólito en estos casos es que integran una cofradía política que les extrae la mayor parte de su ingreso, les exige vivir con un salario que fija e impone a su antojo el “partido” o sea los que dominándolos viven seguramente mucho mejor que ellos, pero también consiguen esa posición exhibiendo un síndrome político de Diógenes.

Aquellos que se votan sueldos de dignatarios a costa de la ciudadanía, en muchos casos, especialmente viniendo del Interior del país a cumplir sus funciones, viven en covachas solidarias, asqueados de compartir una pobreza que en sus departamentos de origen no soportan.

Es una cucarda ostentar que tienen el más recóndito origen de pobreza, se bañan poco, visten miserablemente, no se atienden médicamente porque resisten como los pobres.

Eso los unifica en un sacrificio identitario que les otorga patente de “buenismo”; lo demás son oligarcas homosexuales.

Es curioso también, que esta situación les impone perder a veces ingresos profesionales, pero lo soportan hasta el límite de tolerancia física por unos ideales que los hacen reducirse a la pobreza por necesidad política.

Por cierto, que sus cabecitas están ancladas en esas necesidades y en satisfacerlas bajando a todos los demás a su desesperante condición, que no es humilde, es directamente POBRE.

Se les impone como en una secta el ascetismo al consumo mínimo. Cualquier exceso exhibido es reprobado.

Si en realidad se sacaran el balde de Diógenes, se darían cuenta que sus sueldos les permiten, no solamente vivir dignamente, para eso la ciudadanía les concede beneficios especiales para que puedan dignamente ser sus representantes, sino que, en el caso de que los consideraran excesivos, debieran exigir a todo reducirlos hasta que se elimine la pobreza.

De lo contrario están robando al pueblo que dicen defender. Votan sueldos de ricos para entregarlos a la militancia política.

Una reverenda tontería, no resuelven su situación, no resuelven las de sus “compañeros de lucha”, no pagan sus obligaciones fiscales, legales, tributarias.

Se siente impunes para no hacerlo, y además violan las normas con la misma impunidad de sentirse Diógenes.

Convencen a sus familiares de que esa es la forma digna de vivir, convencen a sus votantes, quieren exigir a todos que promuevan la rebeldía contra el sistema ahogándolo en el incumplimiento de las obligaciones que nos permiten, y, les permiten, vivir en una sociedad tolerable.

Es un ejemplo de hipocresía supina, igualar para abajo, mientras ellos roban al sistema que hay que explotar (en el sentido violento de la palabra).

¿Quién les pagaría el suculento sueldo mensual si nadie pagara sus obligaciones?

Les parece que es justicia social vivir de los que trabajan y son responsables con las obligaciones que ellos mismos votan; o simplemente, viven mejor lamentablemente que otros a los que ellos debieran dar condiciones para salir de la pobreza.

En el marco de una sociedad que respeta la propiedad y derechos que se ganan honradamente trabajando y sosteniéndolos a ellos, mientras los atacan y defenestran, les suman el desaire de su incumplimiento injustificado y hostil.

Con la excusa del síndrome de Diógenes la van de vivos, no escapan a los viajes parlamentarios, a las cenas en embajadas, a la vidurria de sentirse dioses del olimpo.

La excusa hipócrita para no hacer lo que prometieron para ya, y aquello para los que los votaron creyendo que servían y podían cambiar su realidad, es simplemente, “anduve entre ustedes, yo también tenía un carro de caballo…”.

Si se bajaran de su pedestal de pobres, verían que la realidad es mucho más compleja que dar excusas; hay que trabajar, tener capacidad, se más exigentes en cumplir sus obligaciones, y respetar a todos desde un gobierno.