LA RECETA MARXISTA PARA DESTRUIR LA ECONOMÍA por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano

Un estudio del Pew Research Center señala que el problema real de la sociedad actual no es la desigualdad.

En ninguna de las diferentes categorías económicas: economías avanzadas, emergentes y en desarrollo, la desigualdad aparece como el problema más importante.

En las economías avanzadas el problema principal es la deuda pública (64% vs 56% desigualdad). Las economías emergentes ven como mayor problema el aumento de los precios (77% vs 60%). Las economías en desarrollo creen que el mayor problema es el desempleo (86% vs 60%).

No todo se centra en la desigualdad, aunque a la izquierda le sirva de excusa política.

El marxismo perdió el interés en enfocarse en reducir la pobreza, esto es, intervenir menos en la economía y permitir que crezca.

Su objetivo es todo lo contrario, la mayor intervención pública posible.

La desigualdad es síntoma de una sociedad que crece, que tracciona a los sectores más postergados.

Lo contrario es justamente el estancamiento o el retroceso; una sociedad intervenida y pobre.

Como dice Pedro Schwartz, “no me importa la desigualdad porque no soy envidioso, me importa la pobreza”.

Pero estamos llenos de envidiosos, que prefieren un Estado interventor, agobiante sobre los que generan recursos.

La izquierda anticapitalista, el último dinosaurio viviente, critica al capitalismo por considerarlo generador de pobreza.

Las sociedades con políticas de izquierda fracasaron estrepitosamente.

Multiplican y exportan la pobreza.

El capitalismo la reduce de forma sistemática y atrae a los expatriados.

El estatismo gigante destruye sistemáticamente recursos multiplicando pobreza.

Durante los últimos 35 años el mundo ha visto la mayor reducción de pobreza de la historia.

Según el Banco Mundial, mientras en 1980 el 43% de la población mundial vivía en condiciones de pobreza extrema, en 2016 por primera vez el porcentaje es menor del 10%.

La apertura económica y comercial de los países más poblados del planeta, China e India, han permitido sacar de la pobreza a más de mil millones de personas en unas pocas décadas.

La receta: capitalismo. Inversión, producción, consumo, multiplicación de recursos, libertad comercial.

Es imposible sostener la tesis contra toda evidencia, de que el capitalismo genera pobreza; y que el socialismo la elimina.

Toda la política de izquierda está abocada a decorar y multiplicar la pobreza.

Erradicarla atenta contra esos intereses.

El problema para ellos ya no es la pobreza, que donde aplicó el “Manifiesto Comunista” ha multiplicado, sino, la diferencia estadística entre ricos y pobres en un momento dado.

Thomas Piketty no muestra interés por analizar las causas de la pobreza, pero dedica cientos de páginas a criticar lo ricos que son los ricos.

La desigualdad económica toca nuestras fibras sensibles.

Su negocio es explotar esos sentimientos con fines políticos.

El mensaje es: la desigualdad es el principal problema, hay ricos y pobres; para combatir la desigualdad es imprescindible aumentar el poder intervencionista del Estado, subsidiar con plata de otro, crear burocracia de control de la riqueza.

Utilizan el poder de imperio desnaturalizado como herramienta impune para destruir la economía, echándole la culpa a otro del desastre.

La violencia de arrebatar la riqueza a los ricos y atender con burócratas a masas crecientes de pobres, aumenta la intervención del Estado y financia a militantes.

Lo repiten continuamente los medios ideologizados: el mundo se ha convertido en el sitio más desigual.

La realidad pura y dura indica que no es verdad.

La desigualdad es mucho menor de lo que se dice en relación a la renta media, una vez que se corrigen los principales sesgos con los que presentan las cifras.

La principal causa generadora de desigualdad no es ni las diferencias salariales ni las rentas del capital, como intentan vender, sino la extraordinariamente elevada tasa de desempleo.

Y si hay algo que se dispara cuando la izquierda llega al poder es el desempleo.

Porque estatiza recursos con argumentos falaces, que debieran haberse destinado a inversión productiva, que diera oportunidades de ascenso social.

La batalla de las ideas en torno a la cuestión de la desigualdad ha de librarse a dos niveles.

El empírico, cuánto es el desempleo, el subempleo, y la informalidad.

Y, desde el punto de vista filosófico: la desigualdad económica no es necesariamente negativa.

En donde hay más millonarios como en China, hay millones menos de pobres.

El problema es la pobreza, el desempleo, la falta de oportunidades o la escasa movilidad social.

Y esto lo resuelve únicamente el sector privado.

Lo que puede ser justo o injusto es la forma de adquirir dicha riqueza.

Si la obtenemos mediante privilegios o prebendas estatales, sí podremos considerarla injusta; pero, si se ha adquirido mediante trabajo, ahorro e intercambios voluntarios, dicha riqueza será perfectamente legítima, digna de elogio, y beneficiará a toda la sociedad.

El ideal al que deberíamos aspirar no es a una sociedad igualitaria, sino a una sociedad próspera, que permita que la gente viva lo mejor posible y desarrolle en paz sus proyectos vitales.

Para lograrlo, nada es más útil que defender el respeto a la libertad y a los derechos de propiedad de las personas.

Ese es el marco institucional en el que todos, ricos y pobres, tienen más posibilidades de prosperar, crecer y alcanzar altos niveles de bienestar.

Son precisamente esas instituciones atacadas por la pandemia demagógica de la izquierda, las que pretenden quebrantar quienes insisten que la desigualdad económica es el principal problema de la sociedad actual.

Quieren destruir los valores base de nuestro sistema institucional. Destruir recursos para cumplir sus funciones elementales.

Sustraer al sector privado todo lo que puedan arrebatarle con el argumento que son insuficientes.

Disimulan su intención aviesa imponiendo gastar más recursos en subsidiar la pobreza, en lugar de permitir generar oportunidades de ascenso social.

Malgastan recursos en burocracia que debieran destinarse a erradicar la espiral viciosa de la pobreza.

Aman acumular al capital con la excusa de “redistribuirlo”.

Impiden que se invierta en el sector económico productivo que realmente soluciona pobreza.