LOS DESAFÍOS DE UN GOBIERNO LIBERAL - Parte 2

Dijo Margaret Thatcher: "El socialismo siempre fracasa cuando se acaba el dinero… de los demás".

Las diversas variantes que subsisten del socialismo perviven porque las personas tienen instinto de conservación, consumiendo menos hasta el nivel de subsistencia. Resiste la decadencia, se adapta hasta extremos insoportables y, cuando intenta resistirse, está en una dictadura.

Los países experimentan la decadencia porque la izquierda frena el ordenamiento de la economía y la sustentabilidad de la producción de recursos. Intenta destruir para alcanzar el poder. Cuando gana, lo consigue.

La virtud del “progresista” es ser conservador del daño; evitar que el sistema político ajuste los gastos incompatibles con los recursos productivos.

En el manual progre, no son políticos, son militantes para destruir el sistema. Paralizarlo para exhibir sus falencias y usarlas como argumento contrario.

Es imposible considerarlos adversarios. Medirlos con valores occidentales o asimilarlos al desarrollo económico que ha permitido reducir la pobreza da error.

En su programa, no es demérito ser canallas, vividores, corruptos. Es trabajar por la utopía igualitaria: liquidar a los ricos para hacerlos pobres, menos a los que detentan el poder.

Aprovechan la ignorancia y la estupidez de la gente; se abrazan a serpientes para avanzar sobre lo ajeno, sin importar derecho, sacrificio o ley.

Churchill sentenció sobre la progresía: “Muchos miran al empresario como el lobo que hay que abatir; otros lo miran como la vaca que hay que ordeñar; pero muy pocos lo miran como el caballo que tira del carro”.

La mirada que exponen los “revolucionarios”, “terroristas”, cretinos útiles a la “sociedad sin clases” fue la del lobo que hay que abatir con la violencia.

Los condujo a perder por goleada luego de la caída del Muro de la Vergüenza y del “subsidio” para la guerrilla desde el lado oriental.

La posición actual apunta a “ordeñar la vaca” hasta dejarla anémica; matarla junto a los que vivan de su leche.

La extinción de la producción, el debilitamiento de la economía, la paralización y el retroceso del crecimiento económico ocurren justamente en un cambio de mundo, en el que la tecnología está generando bienes y servicios a precios accesibles, salteando el costo abusador del “redistribuidor”.

Imponen trabas a la producción y el comercio, aumentan sin límite la burocracia, multiplican miles de reglamentaciones y aplican una parafiscalidad extintiva del trabajo.

El cambio que implica pasar de la cultura de la corrupción a la cultura de la libertad no es tarea únicamente de un gobierno liberal.

Es un cambio mental en la gente. La reversión al ahorro, la inversión y el trabajo productivo. Va directamente en contra del asistencialismo eternizado.

En el caso de que un liberal acceda al gobierno, además de cumplir con los requisitos para validarse como tal, resulta imprescindible que sirva de ejemplo para cambiar radicalmente la cultura del pobrismo-asistencialismo, la herramienta de explotación indispensable para “ordeñar” a la sociedad.

Depender de la política para tomar decisiones o, peor aún, para subsistir, implica vivir sin esfuerzo, pero ser esclavo. Narcotiza. Crea una dependencia intransferible; la cultura del "yo pido y me tienen que dar", que además los condiciona electoralmente.

El liberal es autónomo, responsable de conseguir los medios para superarse y vivir de su propio esfuerzo.

Corromper al electorado aplicando la corrupción como sistema no es únicamente la acción delictiva de apropiarse de lo ajeno para hacer política. Es asumir que, por la asistencia del Estado, se controla al pobre y a los dependientes. No tiene solución sin un cambio radical.

Los nuevos “derechos” son infinitos; alguien tiene que proveerlos. Atentan contra los derechos humanos naturales; educan en protestar para recibir, degenerando paulatinamente a la persona: lloro para que me den; dependo del que está arriba.

La corrupción supone la pérdida del honor. Desde el político, difumina corrupción en todo el ámbito público y privado. En el cohecho y la coima participan: el político, el burócrata y un personaje cómplice que, con protección política, deriva el monto adicional que pasa al coimero; lo pagará otro.

Este tipo de costumbre provoca un espiral vicioso contrario a valerse por sí mismo. Distorsiona la acción privada. Convence de que es fácil vivir de prestado, abusar del crédito público, conseguir excepciones privilegiadas, pescar en la pecera de un Estado cerrado al que se accede por dependencia del poder. Impide la competencia leal y fomenta prebendarios acostumbrados a robar con protección legal.

El sistema político va incorporando la corrupción al precio al consumidor, lo obliga a sujetarse a monopolios públicos y privados. Contra ese abuso, nadie lucha. Cambia la meritocracia por el acomodo.

Va acelerando la destrucción del sistema productivo, que intenta protecciones para soportar el abuso público: se endeuda, traslada costos al consumidor. Conforma una asociación para expoliarlo.

Se suma otro chupasangre: la dirigencia sindical ideologizada, que abusa de su posición dominante derivada del poder. Negocia disruptiva, violenta y espuriamente.

El sistema político inflacionario le da fundamento para luchar: recuperar derechos del trabajador contra el supuesto abuso patronal. Es la misma expresión de la extorsión del “redistribuidor”. El origen de la depreciación salarial es la inflación. Las restricciones salariales y laborales se deben a la falta de productividad, una carga que restringe la competitividad.

El empresario, perdiendo rentabilidad, tiene que coimear o evadir para subsistir. La carga tributaria es insoportable. Aumentar salarios arriesga la producción. Sincerar la rentabilidad significa cerrar. El gasto público le aumenta impuestos, la inflación le baja ventas, los sindicatos reclaman pérdida salarial, el “ordeñado” se agota para mantener su ingreso.

Ordenar la macroeconomía no es suficiente para convencer a los inversores de que cambió el sistema de expolio.

Hay que darles seguridad de que ahora lucrar no es malo, que el sindicato no atentará contra su esfuerzo, que el Estado no lo confiscará con impuestos, que abandonó el principio socialista de castigar a quien tiene más por trabajar más, aunque genere más recursos y sea un benefactor social de empleo.

A los desafíos de un gobierno liberal se suma la urgencia de mostrar ventajas generalizadas sobre el populismo asistencialista que lo ataca. El cambio cultural mental tomará una generación: de no esperar de arriba, sino de sí mismo.

Superarse es una tarea individual. Fracasar es una oportunidad de aprender. Llorar no es propio de adultos incapaces de entender la realidad. Hay que tener resiliencia para adaptarse, ser empático con quienes debemos aprender y sentir orgullo de que lo conseguido es por responsabilidad y mérito propio.