LA CULTURA DE LA CANCELACIÓN - Parte 1
Un manifiesto de julio de 2020 que llama a fortalecer la democracia y el Estado de derecho publicado en la revista HARPER'S por intelectuales de diversas procedencias e ideología, fue recibido entre gritos y piedras por la misma intransigencia a la que criticaba.
Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura, Adela Cortina, Fernando Savater y Carmen Posadas, entre otras decenas de representantes del mundo de la cultura, el periodismo o la empresa, firmaron la siguiente carta en apoyo al Manifiesto de la Revista Harper’s.
Somos de la opinión que la carta remitida a HARPER’S por escritores e intelectuales de diversas procedencias y tendencias políticas, dentro de una corriente liberal, progresista y democrática, contiene un mensaje importante.
Queremos dejar claro que nos sumamos a los movimientos que luchan no solo en Estados Unidos sino globalmente contra lacras de la sociedad como son el sexismo, el racismo o el menosprecio al inmigrante, pero manifestamos asimismo nuestra preocupación por el uso perverso de causas justas para estigmatizar a personas que no son sexistas o xenófobas o, más en general, para introducir la censura, la cancelación y el rechazo del pensamiento libre, independiente, y ajeno a una corrección política intransigente.
Desafortunadamente, en la última década hemos asistido a la irrupción de unas corrientes ideológicas, supuestamente progresistas, que se caracterizan por una radicalidad, y que apela a tales causas para justificar actitudes y comportamientos que consideramos inaceptables.
Así, lamentamos que se hayan producido represalias en los medios de comunicación contra intelectuales y periodistas que han criticado los abusos oportunistas… represalias que se han hecho también patentes mediante maniobras discretas o ruidosas de ostracismo y olvido contra pensadores libres tildados injustamente de machistas o racistas y maltratados en los medios, cuando no linchados en las redes.
De todo ello (despidos, cancelación de congresos, boicot a profesionales) tienen especial responsabilidad líderes empresariales, representantes institucionales, editores y responsables de redacción, temerosos de la repercusión negativa que para ellos pudieran tener las opiniones discrepantes con los planteamientos hegemónicos en ciertos sectores.
La conformidad ideológica que trata de imponer la nueva radicalidad –que tanto parecido tiene con la censura supersticiosa o de la extrema derecha- tiene un fundamento antidemocrático e implica una actitud de supremacismo moral que creemos inapropiada y contraria a los postulados de cualquier ideología que se reclame «de la justicia y del progreso».
Por si fuera poco, la intransigencia y el dogmatismo que se han ido abriendo paso entre cierta izquierda, no harán más que reforzar las posiciones políticas conservadoras y nacionalpopulistas y, como un bumerán, se volverán contra los cambios que muchos juzgamos inaplazables para lograr una convivencia más justa y amable.
Desde estas líneas recabamos el apoyo de quienes comparten la preocupación por la censura que se ejerce sobre el debate acerca de determinadas cuestiones que quedan convertidas en nuevos tabúes ideológicos, que se suponen intocables e indiscutibles.
La cultura libre no es perjudicial para los grupos sociales desfavorecidos: al contrario, creemos que la cultura es emancipadora y la censura, por bienintencionada que quiera presentarse, contraproducente. Tal como opinan los firmantes del manifiesto Harper’s, «la superación de las malas ideas se consigue mediante el debate abierto, la argumentación y la persuasión y no silenciándolas o repudiándolas».
La radicalización de posiciones extremas ha conducido a una democracia formal, apenas legal, ajena por completo a la democracia sustancial, plena, que aplica para el bienestar de TODOS los ciudadanos.
Vivimos este tiempo de enfrentamiento violento y radical, en el que el diálogo, los buenos modales, la confrontación leal de ideas para alcanzar la superación ha dejado paso del concepto de adversario, porque piensa distinto, al de enemigo porque es algo que hay que exterminar.
El enemigo es el que abusa o atenta ilícitamente contra el derecho del otro, y ese es directamente un delincuente, que debiera ser juzgado y condenado por la Justicia.
La tipología de delincuente se ha desplazado del ámbito jurisdiccional a un concepto difuso extensivo al que osa piensa diferente.
Esta distorsión llega al extremo de exonerar de responsabilidad penal al que comulga en ideología. Abonado por una justicia tardía, omisa, que no es tal.
La mayoría, aunque sea relativa, avanza sobre la minoría, aplicando la cancelación directa o paulatinamente; asegurándose de que no exista otro pensamiento en las decisiones políticas.
El avance de la corrupción del político ha contribuido a esta cultura de cancelación, desvirtuando su legitimidad relativa para construir impunidad. Es avasallado el respeto a la opinión de la minoría, saludable intercambio libre de ideas y posiciones, que ha construido en Occidente sociedades libres y prósperas, justas, respetuosas del orden legal, corresponsables de aciertos y errores.
No brindar explicaciones, sujetarlas a un balde mental preestablecido, esconde la imposibilidad de explicar con transparencia los efectos de sus decisiones. Un ámbito oscuro que hay que defender con gritos e insultos. Lleva incluso a la falacia ad hominem, refutar en función del carácter o atributo del emisor, en lugar de discernir sobre el argumento contrapuesto en sí mismo.
Estamos asistiendo a una definición putativa de democracia, ya no es gobierno de TODO el pueblo. Se canceló el derecho natural a argumentar sobre las decisiones que nos involucran.
Se canceló al contradictor, negándole la oportunidad conjunta de construir algo que se acerque a la verdad circunstancial, a la justicia, a la razón como síntesis.
La cancelación NO ES DEMOCRACIA, es una forma de AUTORITARISMO.